La vida en forma de tabla

Zarautz se llena de surfistas cuando hay olas, aunque sea invierno y el agua esté a diez grados, o verano como en esta imagen, durante el último campeonato
Cuando pasea por Zarautz, a Aritz Aramburu lo paran por la calle. También le piden autógrafos. Aprobó la selectividad mientras competía. Ahora está entre los cuarenta mejores del mundo. Es uno de los surfistas más completos de Europa. Es un héroe local.
Luce mechas amarillas, como casi todos los surfistas. Dicen que lo de teñirse es una leyenda urbana. Son el sol, el agua y la sal los que proporcionan ese característico color a sus medias melenas. Lucen cuerpazo bronceado y visten de surferos: chanclas hawaianas, bañadores bajos de cintura y largos hasta la rodilla. Sus camisetas –con suerte, de las marcas que les esponsorizan– y su gorra. Y ellas, bikini. Cuanto más pequeño, mejor.
¿Tanto se liga? “Eso también es una leyenda”, asegura Mario Azurza. Y se ríe a carcajadas. Mario es de Zarautz y también está en lo alto de la lista de los surfistas españoles. Además de amigos, Aritz, Mario, Txaber Trojaola y Hodei Collazo son riders del San Miguel Surf Team. Todos empezaron “en plan autodidacta, mirando mucho a los buenos y surfeando con gente mejor que tú”, apunta Mario Azurza. Hoy todos entrenan como profesionales. Y detrás tienen un preparador incondicional: Aitor Francesena. Se refieren a él como “el yayo”. Francesena vio que estos chavales prometían. Creyó en ellos y los hizo crecer como deportistas sin que dejaran de estudiar, que tiene su mérito.
“La verdad, no hay mucho tiempo para ligar”, afirma Aritz Aramburu. No hay mucho tiempo para hacer otra cosa que no sea estar dentro del agua. Lo sabe bien su pareja, Arancha Bringas, con la que sale desde hace tres años. Esta madrileña, ahora ya afincada en Zarautz, le diseña tablas y bañadores al campeón. “Depende de las olas, pero normalmente entrenamos, al menos, dos o tres horas dentro del agua y luego otras tres fuera del mar, en el gimnasio, corriendo…”, explica. A eso hay que añadir los viajes de promoción para las numerosas marcas que les esponsorizan y también los campeonatos. Sin buenos resultados, no hay dinero. Y sin dinero, no hay circuito profesional: “Estar en el circuito mundial puede costar unos 50.000 euros…”, calcula Mario Azurza.

De hippies a empresarios
Él, sobrino del escultor Eduardo Chillida; ella, nieta del fundador de Angulas Aguinaga. El surf les atrapó. Iñigo Letamendia fue campeón nacional, y Marian Azpiroz empezó a hacer ropa para surferos. Dejaron sus anteriores trabajos y vivieron al ritmo de las olas, moviéndose con su furgoneta-hogar. Criaron a dos hijos (que empezaron a leer bajo las palmeras en playas remotas) y fueron ampliando su negocio, Pukas. "Al principio, no teníamos un duro ni nos importaba; hemos hablado mucho entre nosotros y hemos podido hacer lo que queríamos... Para disfrutar, hay que hacer bien las cosas", afirma Marian Azpiroz.
Esta prueba, organizada por el Club de Surf de Zarautz, se recuperó hace cinco años, y desde hace tres, con la entrada de su actual patrocinador, la marca de cerveza San Miguel, la prueba no hace más que ganar en prestigio, en premios y en ambiente: con conciertos diarios –grupos de la escena indie como We are the Standard, Delafé y las Flores Azules, Zenttric, Kerobia y The Sweet Vandals pusieron la banda sonora al último certamen– y numerosas actividades paralelas a las olas.
En la edición de este año, en la que el mar se resistió los primeros días con una inusual calma, el surfista brasileño Gabriel Medina (17 años) volvió a asombrar con sus técnica y sus giros imposibles. El chico voló sobre las olas y ya ha entrado en el selecto grupo de los 34 mejores surfistas del mundo. Una lista encabezada por Kelly Slater y en la que figuran otros cracks como Mick Fanning u Owen Wright.

Surfistas dirigiéndose a la playa en Zarautz
“Cuando era un crío, se celebraba aquí una prueba del Campeonato del Mundo y muchos alucinábamos viendo a los mejores surfeando, queríamos ser como ellos”, explica Aritz Aramburu. Aquel campeonato era el Pukas Pro. No se entendería lo que hoy es el surf en este país sin Iñigo Letamendia (cofundador de Pukas) y su mujer, Marian Azpiroz. Hubo otros pioneros en Zarautz –el libro Lo que han traído las olas, de Lázaro Echegaray y Mikel Troitiño (Zarautz, 2007), da buena cuenta de ello–, pero Iñigo Letamendia y su mujer hicieron de su pasión no sólo un modo de vida, sino también un modo de ganársela y, más tarde, de convertirla en referente mundial.
Con las tablas que salen de su fábrica, llamada Olatu (ola en Euskera), el hawaiano Sunny Garcia (amigo de la familia desde los 17 años) lo ha ganado casi todo. La marca Pukas surfea en todo el mundo bajo los pies de puntales como Damián Hardman, Derek Ho o Taj Burrow y, claro, la cantera de Zarautz. Además, tienen licencia para fabricar en Europa las tablas de otras marcas estadounidenses y australianas.
Hay que situarse a finales de los años sesenta, en el famoso Mayo del 68. Y no en una calle repleta de jóvenes rebeldes, sino en la playa de la Concha de San Sebastián: “Un chico trajo unas tablas de Francia y las probé. Fue una sensación impresionante… Pronto formamos una cuadrilla e íbamos de aquí para allá, de playa en playa”, recuerda Letamendia. En esa época, sin trajes de neopreno; y en esas playas del norte, con el agua casi helada, a él y al resto tenían que masajearles con alcohol al salir del mar para que entraran en calor.







