Olímpicos Lucha
Maider Unda

La Mina, cantera de luchadores
Sus anillos dobles, sus poderosos músculos, su piel aceitunada, sus pesadas joyas les confieren un aspecto temible, pero en verdad son como los santos. No se meten en peleas. Son los chavales del club de lucha grecorromana del adrianense barrio de La Mina, del barrio del Vaquilla, del Bronx del Besòs. Faltan dedos en las manos para contar todos los campeones de España, especialmente en las categorías más jóvenes, criados en estas estigmatizadas latitudes de la periferia barcelonesa.
Chavales secos, austeros, monosilábicos, espartanos… Hay que ser muy duro, muy íntegro, para dedicar horas y horas a un deporte tan minoritario y sacrificado, tan alejado de la fama y las cámaras de televisión, mientras que los que nunca han ido ni querido ir a la escuela, quienes jamás han pronunciado la palabra disciplina, son los que conducen los coches más caros, quienes arrastran los collares más brillantes e inspiran respeto y miedo. Sí, para practicar este deporte hay que ser un luchador.
Pero es que si alguien les sorprende fumando un porro o faltando a clase serán expulsados de manera inmediata del club que ha llevado el nombre de La Mina por los tatamis de medio planeta. La culpa de que los niños de este barrio cuenten ahora con modelos de conducta alternativos la tiene en buena parte el batallador Juan Carlos Ramos.
Juan Carlos nació a principios de los años setenta en el campamento de barracas de Montjuïc. Un año después se convirtió en uno de los primeros vecinos de La Mina recién construida. Su infancia transcurrió a través de los años más duros del gueto. Ganó once títulos de España y una retahíla de campeonatos internacionales. Trajo la fiebre de la lucha a su barrio, la lucha por salir adelante y romper con el destino escrito. Sí, definitivamente, la lucha es un deporte de gente que no se conforma.
Texto de Luis Benvenuty
















