20/07/2008

Fútbol sin muros

Texto de Soledad Puértolas
El éxito de la selección en la Eurocopa remite a la omnipresencia del fútbol en la sociedad española pero también muestra la nueva imagen de un país que se sacude viejos complejos.

 Villa ya había marcado cuatro goles en los dos primeros partidos

A nadie le asustaban esos gritos, sin embargo. Mi madre y mis tías, aún alrededor de la mesa del comedor, imperturbables ante la conmoción acotada de la sala de los fumadores, susurraban cotilleos ciudadanos y peleas con criadas.
Me intrigaba tanto aquel mundo masculino que le pedí a mi padre que un día me dejara ir al estadio con él y, aunque se resistía, ante tanta insistencia mía, no tuvo más remedio que llevarme a ver un partido de fútbol a La Romareda, ese lugar que tanto mencionaba, el escenario de los partidos. Vagamente recuerdo un cielo nublado. Mi padre, con gabardina y sombrero. Voy de su mano, en el tranvía, rodeados de hombres, hacia La Romareda. Mi padre saluda a algún conocido y yo le aprieto más la mano. En el estadio, nos sentamos en la grada. Alguien nos ha dado unos almohadones. Duros, llenos de bultos. Apenas veo el campo, pero mi padre me dice que me siente cada vez que me pongo de pie. Luego saca del bolsillo unos bocadillos dchorizo envueltos en unas servilletas. Se los dio mi madre, recuerdo, antes de salir. Me lo como entero, con un hambre terrible. Despacio, para que dure mucho, para estar entretenida, porque la verdad es que me estoy aburriendo. No veo nada, todos opinan a mi alrededor, también mi padre. Nadie me hace caso, nadie me explica nada. Lo único que se les ocurre cuando me miran es reírse un poco, una risita rápida –“Ay, la niña, ¿te gusta el fútbol?, ¿lo estás pasando bien?”–; no esperan que yo les conteste, ya tienen los ojos fijos en el campo. Se levantan, alzan las manos, se quedan roncos de tanto gritar. De vuelta a casa, estoy agotada. Ni siquiera sé si ganó el equipo de mi padre. No recuerdo su cara a la vuelta del estadio, si estaba alegre o desanimado. El recuerdo se deshincha como un globo.
En 1964, Marcelino, jugador del Zaragoza, metió un gol en la portería rusa. Así ganó España aquel campeonato de Europa. Ese gol se comentó en todas las tertulias, no sólo en las reuniones de hombres. Todos supimos que Marcelino, el agente de la victoria, era del Zaragoza.
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