01/04/2012

Tres veces superviviente

Violet Constance Jessop

Texto de Eduardo Martín de Pozuelo
No sólo sobrevivió al hundimiento del Titanic. También al del Britannic y al accidente del Olympic, los tres mejores transatlánticos de su época. La biografía de Violet Jessop, una camarera irlandesa que nació en la Pampa argentina, supera lo imaginable

El Titanic zarpa en su viaje inaugural, que fue también el último y se convirtió en el naufragio más famoso de la historia.

Violet Constance Jessop, la camarera que sobrevivió a los accidentes de los tres transatlánticos de la White Star Line.
Quizás el capitán Edward Smith, que se ahogó con su barco, o el radiotelegrafista Phillips, que murió en su puesto emitiendo la señal de socorro hasta el último instante, sean algunos de los tripulantes del Titanic más recordados cuando se habla del naufragio del transatlántico más célebre de la historia. Sin embargo, ni uno ni otro, ni ninguno de los célebres multimillonarios que viajaban en el buque pueden arrebatar a Violet Jessop, una humilde camarera, azafata en primera clase, haber acaparado la biografía más intensa de las 2.228 personas que iban a bordo el día del naufragio que cumple su centenario el día 15 de este mes.

Entre la tripulación del Titanic sólo había 23 mujeres, tres de las cuales perecieron. El resto se salvó, y entre ellas estaba Violet Jessop, joven, bella y luchadora. Una mujer a la que la vida deparó un destino extraordinario, pues sobrevivió a los tres accidentes que experimentaron los tres mejores barcos de la naviera White Star o, lo que es lo mismo, quizás los tres mejores barcos de una época. Violet Jessop salió indemne en 1911 del Olympic, que casi naufragó tras un abordaje fortuito; sobrevivió al hundimiento del Titanic, en 1912, y se salvó del naufragio del Britannic, hundido en 1916 durante la Primera Guerra Mundial. Tres barcos hermanos, pertenecientes a la Clase Olympic, tres peripecias imponentes y una mujer, Violet Jessop, para contarlas.

Este mes se cumplen cien años del naufragio del Titanic, que, sin ser el más catastrófico en víctimas de la historia (este triste récord lo ostenta el Wilhelm Gustloff, en 1945), ha pasado a convertirse en el mito que encierra una lección general de humildad pese a que ningún técnico de sus astilleros, los Harland & Wolff de Belfast, afirmara, como tantas veces se ha dicho, que fuera insumergible. En cambio, es cierto que sus constructores pregonaron, ufanos y orgullosos, desde el mismo día que comenzó a levantarse desde la quilla, que el Titanic era la más grande y mejor máquina jamás construida por el ser humano. Y era verdad. Su construcción congregó la admiración pública de propios y extraños, de modo que su leyenda nació antes de ser botado. Su dramático viaje inicial, que le llevó a terminar destrozado en el fondo del océano, fue una señal para una época que también comenzaba a irse a pique. No se percibió en aquel instante, pero su fracaso técnico y social fue la pantalla en la que se proyectó trágicamente un modo de entender una vieja sociedad en evolución que no tendría cabida en el turbulento siglo XX, escenario del sufragio universal, de revoluciones, de guerras civiles y de dos guerras mundiales casi sucesivas.

Más de dos mil personas iban a bordo, y los pasajeros más poderosos, ricos o afamados acapararon las biografías e historias que emanan desde entonces del Titanic, un sonoro sustantivo que irremediablemente absorbe protagonismos.

Sin embargo, el Titanic no era un hijo único. Al contrario. Tuvo dos hermanos de singular parecido: el Olympic y el Britannic, que también experimentaron accidentes, apenas recordados, eclipsados por el drama de su célebre pariente. Es cierto que el Olympic salió relativamente bien parado de su lance y que acabó sus días desguazado, final natural para un barco; pero el Britannic, el más joven de los trillizos, terminó en 1916 en el fondo del mar Egeo. Y como eslabón que une a los tres barcos, emerge una humilde mujer que iba para pastora de ovejas en Argentina y que terminó sus días en una casita del Reino Unido después de haber vivido y superado los accidentes del Olympic, del Titanic y del Britannic: Violet Jessop.

Uno de los botes salvavidas del Titanic, fotografiado en la mañana del 15 de abril por J.W. Barker, pasajero del Carpathia

La biografía de Violet Constance Jessop es un icono de la supervivencia y al mismo tiempo un sólido retrato del recorrido de las clases trabajadoras que malvivieron el auge de una nueva soberbia humana que se forjó en Occidente a comienzos del siglo XX con el maquinismo inmoderado y la industrialización pesada. Un camino formado en el paisaje de un clasismo que muchos imaginaban inamovible, en el que grandes contingentes de trabajadores al límite de la pobreza emigraban de Europa a América llevando como equipaje la certeza del sacrificio al que estaban condenados para salir adelante y malvivir. Parias, aparentemente anodinos, sólo contemplados como dato estadístico, que dependían de algún hecho extraordinario para salir del sendero sin vistas por el que transitaban, para alcanzar excepcionalmente una posición visible. Y ese hecho extraordinario acaeció con la bella Violet Jessop, una mujer poseedora de una elegancia natural que se diría que no le correspondía a la hija de un pastor de ovejas irlandés perdido en la inmensidad de la Pampa argentina en los albores del siglo pasado. Esta es su historia.

Violet Jessop, nacida el 2 de octubre de 1887 en la Pampa, cerca de Bahía Blanca (Argentina), era irlandesa de sangre y cultura. Sus padres, William y Katherine, a la que llamaban Kelly, habían emigrado al Nuevo Mundo huyendo de una desolada Irlanda. Era la mayor de nueve hermanos, seis de los cuales sobrevivieron: Violet, William, Phillip, Jack, Patrick y Eileen. Sus ojos grandes, verdes grisáceos, siempre llamaron la atención. Devota católica como sus padres, llevaba en su delantal un rosario, pues creía fuertemente en el poder de la oración, hasta rozar la superstición.
 
Una vida dura y la alimentación precaria dieron paso a la tuberculosis. Fue su primera gran prueba de supervivencia. Los médicos la desahuciaron, pero, inexplicablemente, Violet superó la enfermedad y prosiguió con su rutina. Era fuerte, y el destino aún le reservaba muchas más pruebas que superar. Y llegaron. Un mal día, su vida en Argentina se vio súbitamente interrumpida por la muerte de su padre. Kelly, la madre, tuvo que hacerse cargo de la familia y no encontró mejor solución que emigrar de nuevo, esta vez a Inglaterra. Buscó trabajo y lo encontró de camarera en la naviera Royal Mail Line (RML), que hacía, entre otras, la ruta de las Indias. Violet, todavía una cría, pudo estudiar en un colegio, obviamente católico, y ocuparse de una de sus hermanas. Los otros hermanos fueron al orfanato. El trabajo de Kelly no daba para más, y así eran aquellos tiempos para aquellas gentes.

Al poco, la fatalidad volvió a cebarse en los Jessop al enfermar la madre. Violet se puso a trabajar para sacar adelante a los suyos. Le costó que la aceptaran de camarera en la misma línea que su madre. Resulta que Violet tenía 21 años y, aunque a comienzos del siglo XX y para la vida cotidiana o el matrimonio era una mujer madura, para el trabajo en los barcos era demasiado joven. La costumbre establecía que para atender a los pasajeros se contrataba a mujeres que le doblaran la edad. Corría 1908, y Violet era una mujer que asumía con determinación la responsabilidad de sustituir a su madre enferma como cabeza de familia. Pero su 1,60 de estatura sin tacones, su juventud, belleza y elegancia natural se convirtieron en una desventaja casi infranqueable. En una entrevista de trabajo le dijeron que su aspecto podría provocar problemas con los pasajeros o la tripulación. Y, tras varios intentos, optó por afearse. No se maquilló, no se arregló y utilizando ropa vieja monocolor logró aparentar diez años más. Entonces la contrataron para servir a los pasajeros de tercera. Años después explicó que su físico había sido causa de algunas anécdotas, como la de haber recibido tres propuestas de matrimonio en un mismo viaje, y una de ellas, ¡de un adinerado pasajero de primera clase!

Imagen de un grupo de trabajadoras del Titanic, entre las que se encuentra Violet Jessop, la tercera por la derecha


Pero Violet no se conformó con la Royal Mail y buscó mejora en otras compañías. Y la encontró, sin exagerar, en la pujante White Star Line, siempre en crecimiento y dispuesta a contratar en sus barcos a personal con experiencia. Y es que la White Star era en ese instante una potentísima naviera que competía universalmente en el transporte transoceánico, cada vez más solicitado por las clases altas, por los nuevos profesionales, por la emigración masiva y por el comercio mundial.
Frente a la White se encontraba la célebre Cunard Line, también británica, y las no menos poderosas compañías alemanas Norddeutscher Lloyd y la famosa Hapag. Obviamente, la aviación estaba en sus albores y no contaba en esta carrera, y el ferrocarril ni saltaba todos los continentes ni competía en eficacia con los cada vez más veloces, confortables y más grandes barcos transoceánicos. Esta competencia explica el porqué de la construcción de los tres supernavíos de la Clase Olympic (el Titanic y sus hermanos Olympic y Britannic), que superaban a los entonces colosales Lusitania (hundido en la Primera Guerra Mundial) y Mauretania de la Cunard y a los buques germanos Kronprinz Wilhelm, Kaiser Wilhelm II y Kronprinzessin Cecilie.
 
Sin embargo, Violet no estaba del todo a gusto con la idea de trabajar en la White Star, que frecuentaba latitudes más altas y frías que la Royal Mail. Además, entre los empleados de la White corría la historia, en parte cierta, de que los pasajeros de la White Star eran más exigentes, estirados y antipáticos que los de la Royal Mail, una línea que, digamos, navegaba más al sur.
 Finalmente, en 1910, se enroló en la Star, primero en el First Majestic, y luego fue transferida al Olympic, de camarera. Diecisiete horas de trabajo al día por dos libras y diez chelines al mes. O sea, unos siete euros de hoy, más cama y comida. Su jefe, es decir el capitán, era Edward Smith, afamado marino que siempre mandaba los mejores barcos de la compañía.
 
Pese al recelo inicial, Violet se sintió bien en el Olympic, que era muy lujoso, con ebanistería, mobiliario y decoración magníficos. Como en todos los barcos, en primera clase había más servicio que pasajeros, proporción que se invertía a medida que se bajaban niveles sociales.

Violet se encontraba a bordo del Olympic el 20 de septiembre de 1911, cuando, cerca de la isla de Wight, chocó con el crucero de guerra británico HMS Hawke. Aunque es una cuestión controvertida, parece ser que el Olympic, mandado por Smith, fue responsable del accidente. Por suerte, los dos barcos soportaron el impacto y lograron regresar a la costa muy dañados, pero sin que hubiera que lamentar pérdidas humanas. La peregrina explicación para el grave accidente es que el tamaño del Olympic y su poderosa estela habían absorbido al Hawke, lo que provocó la colisión.
En mayo de aquel año (1911), se había botado el Titanic y se anunciaba su puesta en servicio inmediata. Trabajar en el magnífico Titanic era una tentación que ningún empleado de la White Star quería dejar escapar, salvo Violet, que se encontraba contenta en el Olympic. La White quería tripulantes experimentados para su flamante y ya famoso Titanic, y Violet acabó cambiando de barco, presionada por amigos y familiares, que la convencieron de que formara parte de un buque tan importante como aquel, que superaba a cualquier otro en adelantos y belleza.

Violet embarcó en el Titanic en Southampton vestida con un largo traje marrón. Durante el corto periodo de tiempo que pasó a bordo, conoció a Thomas Andrews, un personaje que surge en las historias del Titanic y que sabemos que alcanzó el respeto de la tripulación gracias a la propia Violet.
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de: José Luís Delisau Rodríguez | 02/04/2012
La interacción entre dos buques que navegan muy próximos uno de otro a un mismo rumbo o a rumbos contrapuestos es un fenómeno en aquella época poco conocido pero que hoy está perfectamente estudiado y medido y depende de los desplazamientos y calados de los buques implicados, de su velocidad, de la distancia que los separe y de la profundidad de las aguas en que naveguen. Hoy en día es un fenómeno estudiado exhaustivamente en los canales de experiencias hidrodinámicas y los capitanes y los prácticos de puerto lo tienen muy en cuenta en sus maniobras. Por ello no tiene nada de "peregrino" que pudiera haber sido una de las causas de la colisión.
de: Carlos do Carmo | 01/04/2012
¡Que obsesión con el Titanic! El hundimiento del transatlántico Wilhelm Gustloff produjo más de 9.000 muertes y nadie se acuerda de él ni de quien lo provocó (los rusos). Decenas de naufragios mucho más dramáticos que el del Titanic han quedado en el olvido gracias a una mediocre película y un gran marketing. ¡Así se escribe la historia!
de: crabby | 31/03/2012
Me encanta este bonito relato sobre una mujer que nació en circunstancias humildes y duras, y sin embargo logró sobrevivir nada menos que tres catástrofes. Parece que todo su vida, Violet se entregada a servir a los demás, como hija de su papá y su mamá, como hermana de sus hermanos menores, como camarera, como enfermera... hasta que al final, pudo vivir tranquilamente en su casita en el campo. Es una historia muy hermosa. Gracias.
de: Ramon Rojas Almuzara | 31/03/2012
Magnífic reportatge. Felicito a qui l'hagi redactat per la seva excel.lent tasca. Enhorabona.

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