08/04/2007

Búnkers

La gran muralla de Franco

Texto: Fèlix Badia y Antoni F. Sandoval
Fotos: Andoni Canela
La frontera pirenaica está salpicada de miles de búnkers que nunca llegaron a usarse. Cubiertos de vegetación y de olvido, han visto pasar a su lado a quienes iban o venían de las pistas de esquí. Es la Línea P, una obra faranóica que debía preservar España de una invasión aliada que nunca ocurrió.
Las troneras de un búnker cerca del nacimiento del río Baztán, en Navarra.

Cuentan en Camprodon, en el Pirineo de Girona, ya muy cerca de la frontera, que a principios de los años 50, en plena posguerra, un vecino quería construirse un chalet de veraneo. La autorización no la debía conceder el Ayuntamiento, sino el capitán Laguna, que se encontraba al mando de un destacamento de guarnición en aquella zona. Pero convencer al capitán Laguna no era fácil: la casa iba a bloquear la línea de tiro de un búnker cercano, y el oficial no podía permitir que la defensa de España quedara comprometida por el capricho de un civil. Fue un año de tiras y a flojas, pero al final se llegó a una decisión salomónica.  La casa se podría construir, pero “en los sótanos de las cuatro esquinas del chalet habría que dejar unos espacios donde poder colocar dinamita para volar la edificación en caso de que fuera necesaria la utilización militar del fortín", explica Manel Pujol, entonces un joven contratista de obras de Camprodon.  Hoy, la casa sigue aún en pie, y, también, muy cerca, el fortín, aunque ya cubierto de vegetación y olvidado, tras el paso de los años. El búnker del capitán Laguna no es una fortificación aislada, el valle de Camprodon está sembrado de construcciones de este tipo.

Unos años antes, en 1944, Lluís Esteva estudiaba en La Seu d.Urgell, unos 130 kilómetros al oeste de Camprodon. El tráfico de camiones pesados y el trajín de los militares eran extraordinarios. Y lo fueron en los dos o tres años siguientes, porque, al parecer, el ejército se traía algo importante entre manos. La imagen de esas tropas quedó grabada para siempre en la mente de Lluís Esteva, que se fijó a sí mismo, a sus 12 o 13 años, el objetivo de averiguar cuál era la razón de tanto movimiento. Mucho después, a mediados de los noventa, Esteva empezó a investigar junto con otros dos estudiosos unos búnkers que poblaban la carretera que lleva de Martinet a La Seu. Parecían pensados para repeler un ataque desde el norte, pero ¿por qué precisamente en Martinet? La pregunta le llevó a un militar retirado, el coronel Del Pozo, quien le hizo ver que aquellas fortificaciones no eran en absoluto aisladas. Formaban parte de uno de los proyectos más faraónicos y a la vez ignorados de Franco, una línea de búnkers desde Irún hasta el cabo de Creus -pasando por el fortín del capitán Laguna- para prevenir una invasión desde Francia. Era la Línea Pirineos.

Un búnker para cañón anticarro en El Port de la Selva (Girona)

El historiador francés Lluís Esteva, que, junto con el también historiador Jean- Louis Blanchon y el geógrafo Pere Serrat, fueron los primeros estudiosos que investigaron con rigor la llamada militarmente Línea P, habla con pasión de una infraestructura de defensa que hasta hace pocos años fue secreto militar -técnicamente, aún lo es- y que resulta sorprendente si se tiene en cuenta la costosísima inversión que requirió en una España sumida en la miseria de la primera posguerra. Una infraestructura que, en realidad, y a pesar de su coste, tanto en términos económicos como de recursos humanos, nunca fue utilizada. Ni siquiera fue terminada. “Los planes iniciales hablaban de un total de 10.000 búnkers, pero sólo se llegaron a construir entre 4.500 y 5.000, aun así, un número enorme de construcciones”, señala Esteva. Un esfuerzo tan imponente como inútil. Fortificaciones en lo alto de las montañas, otras perfectamente camufladas por los ingenieros o invadidas por la vegetación tras décadas en desuso. Y unas pocas pegadas a la carretera, viendo cada fin de semana de invierno el éxodo de turistas hacia las estaciones de esquí, completamente ajenas a su significado. Puestos para fusiles ametralladores, cañones antitanque, ametralladoras, antiaéreos, espectaculares complejos de túneles subterráneos...

Miedo a una invasión
El fantasma de una invasión desde Francia estuvo presente en las mentes de la jerarquía militar vencedora de la Guerra Civil casi desde el mismo momento en que finalizó el conflicto. José Manuel Clúa, un historiador que ha estudiado la Línea P en Aragón, explica que en septiembre de 1940  ya existían unos primeros planes para fortificar los Pirineos Orientales. El objetivo era impermeabilizar los pasos fronterizos para evitar un posible ataque que tuviera como finalidad restaurar la República. Pero pocos meses más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, los acontecimientos internacionales dieron un giro. “En la entrevista que mantuvieron en Hendaya Franco y Hitler -explica Lluís Esteva-, este último le contó los planes alemanes para invadir la Unión Soviética para 1941. En ese momento, Franco pensó que la apertura de ese frente podía llevar a los alemanes a la derrota y empezó a prepararse para una Francia liberada y en poder de los aliados, que pudiera convertirse en una plataforma para una invasión sobre España”.

En Girona se conoce la Línea P como la “Línea Gutiérrez”, debido al segundo apellido de uno de los ingenieros militares que participaron en su diseño en aquella zona. En 1943, el año de la severa derrota alemana en Stalingrado, se revitalizaron los planes de fortificación, y al año siguiente ya se estaba sembrando febrilmente de búnkers todo el Pirineo. La idea de construir una fortificación de estas características era común en la Europa de entreguerras y en la Segunda Guerra Mundial. La Línea Maginot, por ejemplo, hizo creer a los franceses -de forma equivocada- que su país era inexpugnable ante un ataque alemán. Y los propios alemanes llevaron a cabo sus ambiciosos proyectos, tanto para contener una invasión por tierra, como para acorazar la costa atlántica de Francia. Mussolini construyó el Vallo Alpino, y los griegos, la Línea Metaxas. El proyecto de la Línea Pirineos dividía la fortificación en un total de 169 núcleos, los llamados centros de resistencia, que contarían con entre 60 y 80 búnkers conectados entre sí por trincheras o túneles, protegidos por una franja de alambradas y, en algunos casos, campos de minas. La dotaci ón de cada centro de resistencia se situar ía entre 400 y 500 personas, lo que eleva a 70.000 el número de soldados encargados de defender esta barrera contra una invasi ón enemiga. Sin embargo, la estructura se quedó a medias, y nunca se llegaron a destinar a ella las tropas previstas. 


Un búnker entre colinas cerca de Garriguella, en el Empordà (Cataluña)

Pero, independientemente de la cantidad de edificaciones finalmente construidas, lo que llama especialmente la atención es lo faraónico de este proyecto en un momento de extrema carestía para la población española. Cada nido de ametralladoras, por ejemplo, requería 100 kilos de hierro, y un puesto anticarros, 700. Para construir cada uno de los búnkers más simples eran necesarias tres toneladas y media de cemento, en un momento en que el país apenas disponía de ese material. “No es de extrañar que un porcentaje elevado de ese cemento no llegara a su destino -explica Lluís Esteva-, sino que fuera utilizado por algunos mandos militares como negocio paralelo”. El rearme del ejército franquista en aquellos años, una estrategia en la que se engloba la Línea P, hizo disparar el presupuesto de Defensa de los 2.350 millones de pesetas de 1942 a los 3.500 de 1948.

La construcción de la línea defensiva tenía tal prioridad, cuenta Manel Pujol, que “en todo el valle de Camprodon no había Portland más que para hacer fortines” y si alguna vez él lo necesitó para alguna obra civil, “tenía que ponerme de acuerdo con un brigada sin que se enteraran sus superiores y me sacaba unos sacos del almacén donde ellos guardaban los materiales”.

Una defensa anticuada
Paradójicamente, la única invasión que tuvo lugar fue la que protagonizaron los maquis, especialmente en Val d’Aran a finales de 1944. Pero esta operación guerrillera no influyó, al menos desde el punto de vista militar, en la construcción de la Línea P.”.Los maquis son parte de una guerra de guerrillas, y la Línea Pirineos no está pensada en absoluto para eso, su objetivo es defender a España de una penetración de mayor envergadura”, señala José Manuel Clúa.

Pero ¿estaba la Línea P preparada para rechazar una invasión a gran escala? Hay opiniones encontradas al respecto. Para unos, la línea podría haber sido eficaz para contener una invasión convencional a través de los Pirineos por los pasos fronterizos, de hecho, los únicos puntos por los cuales podían entrar tropas convencionales con material pesado. Pero, en el caso concreto de las fortificaciones de Aragón, Clúa considera que se cometieron demasiados errores: “Búnkers demasiado elevados, otros demasiado bajos, algunos con líneas de tiro obstruidas. Hubo demasiados fallos”.

En cualquier caso, en lo que todos están de acuerdo es en que la Línea Pirineos estaba pensada siguiendo los conceptos militares propios de la Guerra Civil, pero no de la Segunda Guerra Mundial. En ese último gran conflicto, los ejércitos aliados habían utilizado con éxito el desembarco y los lanzamientos masivos de paracaidistas, tácticas todas ellas prácticamente desconocidas para los militares franquistas.

Ferran Sánchez, en “Maquis y Pirineos: la gran invasión”, explica los planes aliados para una posible invasión, que consistían en un lanzamiento de paracaidistas en Madrid que cortara los principales núcleos de comunicaciones, tomara los centros de poder y cogiera a contrapié al grueso del ejército español, que se encontraba justamente en el Pirineo. Por lo tanto, en una guerra moderna, el ataque, probablemente, no habría tenido lugar a través de la frontera francoespañola. Pero a pesar de que las estrategias y los medios militares habían cambiado, el proyecto de la Línea P siguió adelante. Miles de hombres y cantidades ingentes de recursos fueron movilizados, y decenas de pueblos de todo el Pirineo notaron los efectos, para lo bueno y para lo malo, de aquella movilización. Se calcula que una media de 12.000 hombres estuvo trabajando en la construcción de los búnkers en toda la zona, de ellos numerosos ex mineros asturianos, expertos en el uso de explosivos. Sin embargo, ningún preso republicano trabajó en esta infraestructura defensiva. 

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de: Samuel Alto García | 04/11/2008
La historia me parece interesantísima y realmente animan a ver éstas construcciones que ya forman parte de la história. Lástima que las imágenes no están a la altura. Hace tres o cuatro años vi un reportaje parecido en Geo alemania y las imágenes eran espectaculares.
de: maria rosa fernandez rodriguez | 11/09/2007
Cuántas veces me conto mi padre, ya fallecido, los tres años que pasó en los Pirineos catalanes levantando fortificaciones, aunque a los militares no les decían para que las hacían. Apenas sabian que habia guerra en Europa. Mi padre recordaba que habia pasado muchisimo frio, hambre y penalidades.
de: Amayuelas | 26/08/2007
¿A qué región te refieres? Estoy interesado en el tema. Vivo en el Alt Empordà (Girona), y dos de estas imágenes son de aquí. Quería saber si hay libros, mapas,... que recojan estos bunkers. Gracias.
de: gabriel alvarez | 11/08/2007
Hola a todos; Me he enterado que han abierto estos búnkers y hacen una guía turística por los mismos, pero no sé con quién ponerme en contacto ni más información sobre ésto... ¿alguien sabe algo más?
30 de noviembre
30 de noviembre
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