Especial 2007
El juicio de 11M

Los acusados en el juicio por los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid, que costaron la vida a 191 personas
El peor atentado de la historia de Europa (el de Lockerbie, Escocia, en 1988, causó más muertos, pero era un avión procedente de Libia que estalló en el aire) fue juzgado en la Audiencia Nacional, en Madrid, entre mediados de febrero y mediados de julio del año que concluye. El 31 de octubre, 21 personas fueron condenadas y siete quedaron absueltas. Los siete hombres (un economista, un narcotraficante, un ex preso yihadista y cuatro trabajadores de la construcción) que se suicidaron en Leganés el 3 de abril del 2004, a las tres semanas de la masacre, al verse rodeados por la policía, fueron los principales responsables de ésta, pero no eran objeto de juicio, y eso parece haberse olvidado en muchas de las lecturas realizadas sobre el caso desde que el 31 de octubre se dictó sentencia.
El grueso del comando fue fanatizado por el economista Serhane ben Abdelmajid, el Tunecino, y financiado y organizado por Jamal Ahmidan, el Chino. Ambos se suicidaron en aquel piso. Se adoctrinaron por internet (estrenando una vía que obliga a reorientar la lucha contraterrorista), tanto en su ideología como en su modus operandi, aunque persisten dudas: ¿realmente se puede montar una bomba siguiendo las instrucciones por pantalla?
Se ha cerrado el caso, pero vendrán sus flecos: recursos judiciales, nuevos datos, nuevos juicios (algunos de los últimos arrestados están pendientes del banquillo) y probablemente nuevos detenidos, aunque la atención policial y judicial irá con las semanas y los meses posándose sobre otras cosas.
La mayor parte de la judicatura española es conservadora, pero primero es judicatura. Sabía, y era especialmente consciente el presidente del tribunal que juzgó el atentado, Javier Gómez Bermúdez, qué estaba en juego. Era mucho más que un resultado electoral (o su legitimidad), mucho más que tres años de trifulcas entre los dos grandes partidos políticos españoles y, por supuesto, mucho más que tres años de pábulos, flecos convertidos en cortinas y basura informativa.
El tribunal sabía que había un metajuicio: una vista oral sobre sí mismo. No sólo como presunto agente interior, al servicio de uno u otro bando: cada testigo citado, cada pregunta, cada “no procede” de sus señorías ante determinadas preguntas iba a ser interpretado.
La estrategia de Bermúdez fue impecable, de una extrema pulcritud jurídica: vamos a llamarlos a todos. Que hablen, que sean interrogados. Algunos se frotaron las manos al conocer que el juez había accedido a llamar a determinados testigos. ¿Que alguien dice que ETA está detrás del atentado? Que venga ETA. ¿Que los expertos se contradicen sobre la composición de la dinamita? Que vengan, que se contradigan en público. ¿Que la célebre mochila que no estalló, y que desmadejó la trama, no estuvo custodiada todos los minutos antes de ser descubierta y desmantelada? Que vengan los agentes, pregúntenles, háganles caer en contradicción si pueden, que alguien averigüe si pudo ser una prueba interpuesta para llevar directamente a los árabes, descartar a nuestros terroristas habituales y que los socialistas subieran al gobierno.
El resultado judicial fue demoledor para los de la conspiración, aunque estaba igual de claro en la investigación ciclópea del juez instructor, Juan del Olmo.








