23/12/2007
Especial 2007
El juicio de 11M
Texto de Ignacio Orovio
LA HORA DE LA JUSTICIA El 11-M ya es Historia. Historia con mayúscula: judicial, política y contemporánea. Algunas incógnitas aún revolotean en el aire. Muchas de las reflexiones están por hacer. Que sea historia no significa que haya concluido. Más allá del hecho, el fenómeno no ha hecho más que empezar. La policía española es ahora una de las que mejor conocen las entrañas de las células yihadistas, pero nadie puede bajar la guardia. En cualquier caso, la sentencia sirvió para poner fin a tres años de pábulos y basura informativa.

El juez de la Audiencia Nacional Javier Gómez Bermúdez presidió el tribunal que juzgó a los acusados por el atentado del 11-M
El atentado activó para muchos años el estado de alerta, la suspicacia y la autoexigencia de calidad de los agentes de los cuerpos policiales
Algunos de los pábulos darían risa si no hubiera 192 muertos (191 en los trenes y un agente de policía en Leganés) de por medio. Como aquel que establecía la conexión vasco-árabe en que un preso islamista (que conocía a uno de los suicidas) tenía un diario en euskera: lo usaba como mantel en la celda.
No sólo había ese prisma interior. Doscientos medios informativos de todo el mundo se acreditaron para seguir el juicio. El primero contra una gran célula yihadista celebrado en el mundo occidental y civilizado.
La judicatura, el tribunal y Gómez Bermúdez en particular saben muy bien qué es Guantánamo y quisieron que la justicia española, como pata de un Estado y como cuerpo, demostrara que quien la hace la paga y, sobre todo, que quien no, no.
De ahí la sentencia, con la absolución de algunos acusados (o de algunas de las acusaciones que tenían sobre los hombros): no tan sorprendente. Muy técnica. ¿Suave? El contraste con la matanza pesa. La conciencia colectiva esperaba el mismo ensañamiento: una civilizada crueldad por parte de los jueces, toda la severidad posible.
Tras la sentencia, al 11-M le quedan pocas asas como arrojadiza arma política, pero vienen elecciones. Las anteriores –y su resultado– están demasiado ligadas al atentado como para que nadie se olvide. Ahora es el propio juez quien está en entredicho, por culpa del libro La soledad del juzgador, escrito por su mujer, la periodista Elisa Beni. ¿Una fatal concesión a la vanidad?
Parece poco probable que tamaño atentado pueda repetirse. Es un indicador macabro, pero el número de víctimas es proporcional al número de bombas y, por tanto, al de dinamita (robada) y, por tanto, al de terroristas implicados y, por tanto, al de posibles errores en la preparación. Lo cual se combina con que tamaño atentado ha activado para muchos años el estado de alerta, la suspicacia y la autoexigencia de calidad de los agentes de todos los cuerpos policiales.
Todo eso convierte en potencia policial a España, que sigue sin reflexionar severamente sobre cómo cuatro de los que participaron en su boom inmobiliario (cuatro de los suicidas eran albañiles, oficiales de pladur o pintores de brocha), cómo un narco del hachís sin papeles, cómo uno de sus becados en económicas, vendedor ambulante y de pisos y cómo uno de sus presos (por pertenencia al GIA argelino) licuaron tal cantidad de odio contra sus vecinos como para volar cuatro trenes y matar a 191 personas, herir a casi 2.000 y difundir para siempre el pánico en el ambiente.
Se sabe perfectamente cómo lo hicieron. El porqué –el porqué profundo– continúa siendo una incógnita.
No sólo había ese prisma interior. Doscientos medios informativos de todo el mundo se acreditaron para seguir el juicio. El primero contra una gran célula yihadista celebrado en el mundo occidental y civilizado.
La judicatura, el tribunal y Gómez Bermúdez en particular saben muy bien qué es Guantánamo y quisieron que la justicia española, como pata de un Estado y como cuerpo, demostrara que quien la hace la paga y, sobre todo, que quien no, no.
De ahí la sentencia, con la absolución de algunos acusados (o de algunas de las acusaciones que tenían sobre los hombros): no tan sorprendente. Muy técnica. ¿Suave? El contraste con la matanza pesa. La conciencia colectiva esperaba el mismo ensañamiento: una civilizada crueldad por parte de los jueces, toda la severidad posible.
Tras la sentencia, al 11-M le quedan pocas asas como arrojadiza arma política, pero vienen elecciones. Las anteriores –y su resultado– están demasiado ligadas al atentado como para que nadie se olvide. Ahora es el propio juez quien está en entredicho, por culpa del libro La soledad del juzgador, escrito por su mujer, la periodista Elisa Beni. ¿Una fatal concesión a la vanidad?
Parece poco probable que tamaño atentado pueda repetirse. Es un indicador macabro, pero el número de víctimas es proporcional al número de bombas y, por tanto, al de dinamita (robada) y, por tanto, al de terroristas implicados y, por tanto, al de posibles errores en la preparación. Lo cual se combina con que tamaño atentado ha activado para muchos años el estado de alerta, la suspicacia y la autoexigencia de calidad de los agentes de todos los cuerpos policiales.
Todo eso convierte en potencia policial a España, que sigue sin reflexionar severamente sobre cómo cuatro de los que participaron en su boom inmobiliario (cuatro de los suicidas eran albañiles, oficiales de pladur o pintores de brocha), cómo un narco del hachís sin papeles, cómo uno de sus becados en económicas, vendedor ambulante y de pisos y cómo uno de sus presos (por pertenencia al GIA argelino) licuaron tal cantidad de odio contra sus vecinos como para volar cuatro trenes y matar a 191 personas, herir a casi 2.000 y difundir para siempre el pánico en el ambiente.
Se sabe perfectamente cómo lo hicieron. El porqué –el porqué profundo– continúa siendo una incógnita.
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