06/01/2008

La historia que nació con Juan Carlos I

Texto de José Martí Gómez
Ilustraciones de Krahn
El rey Juan Carlos heredó una jefatura del Estado autoritariay la convirtió con ayuda de un buen puñado de cabezas en una monarquía parlamentaria en un país democrático. Dos coetáneos de Juan Carlos I, José Martí Gómez y Fernando Krahn, perfilan su papel en ese tiempo de transición
y generosidad con ayuda de algunos de sus protagonista
El Rey y Suárez se llevaron siempre bien hasta la última etapa. Don Juan Carlos percibía que Adolfo estaba agotado. Le habían agotado en la UCD, donde convivían demasiados caudillitos

Comienzos muy duros
A.O.– Suárez y yo, incitados en cierta medida por el Rey, habíamos establecido una gran amistad acoincidir en el primer gobierno de la monarquía. Al despachar por primera vez con don Juan Carlos al ser nombrado ministro, le pregunté, no sé si ingenua o audazmente, con quién de los miembros del gobierno me podría entender mejor pensando en sus intereses, y el Rey me respondió: “Ya le he dicho a Adolfo que se entienda muy bien contigo y te digo lo mismo a ti, porque creo que formáis un buen tándem”. Y efectivamente lo formamos durante toda la etapa en el gobierno Arias, hasta el punto de estar permanentemente en contacto y tener largas conversaciones sobre cómo se tenían que hacer las cosas. De manera que cuando Suárez fue nombrado presidente, me telefoneó para decirme que me esperaba en su despacho a las nueve de la mañana del día siguiente. Nos reunimos y empezamos a hablar del nuevo gobierno dejando de lado, porque de eso habíamos hablado ampliamente, lo que pensábamos que se tenía que hacer.
Adolfo no paraba de fumar Ducados Internacionales. Hasta tres cajetillas diarias. Yo le ayudaba fumándome sus cigarrillos. Comer comía muy poco. Básicamente, tortillas a la francesa, que le gustaban esponjosas, bien hechas. En este aspecto no nos entendíamos. Yo he sido siempre hombre de bien comer.
Los primeros meses del gobierno Suárez fueron durísimos. Estuve veintitantos meses con Adolfo y fueron como veintitantos años. Dicen que los políticos debemos habituarnos a desayunar un sapo. No fue sólo uno. Nos tragamos muchos sapos. Todas las mañanas despertábamos con problemas. La tensión máxima se vivió con la semana trágica de Madrid, que culminó con el asesinato de los abogados del despacho de Atocha y vino precedida por varias muertes y secuestros de los Grapo. Días tensos en los que para desestabilizar el país se unieron la extremísima derecha y la extrema izquierda. Pero vivimos al mismo tiempo la satisfacción de ver cómo se aprobaba la ley de la Reforma Política y cómo la transición avanzaba con el Rey soportando bien, con enorme valor y serenidad, las presiones y la tensión. No dudó en lo que se tenía que hacer. No se movió hacia posiciones más cómodas.
Pasado un tiempo, toda la clase política era consciente de que se tenía que hacer algo ante la situación de deterioro del último gobierno de Suárez. El que diga lo contrario miente. Tarradellas fue el que lo explicitó mejor con aquella frase contundente de que era preciso dar un golpe de timón. Pero nadie pensaba ni quería que ese golpe de timón fuese una solución militar. El país no estaba preparado ni quería un golpe de esa naturaleza.
(Mientras comíamos quisquillas, Carmen Díez de Rivera me contó lo que decía Suárez sobre el pueblo español: “Más que correr hacia la democracia corre para que no le caigan encima los cascotes del franquismo”. Eran unos tiempos en los que en el Lotti primero y L’Orangerie después, hoteles de París en los que vivía exilado, Rafael Calvo Serer aún se declaraba juanista ydefinía a don Juan Carlos como “hijo y heredero del conde de Barcelona, impuesto por un poder absoluto”. “Es desagradable ver cómo mucha gente está traicionando a don Juan”, me decía en los tiempos de cambios de camisa. En las sedes de las asociaciones de excombatientes con placas de urbanismo imaginario en sus pasillos –Plaza del Caudillo, Calle de la Legión, Paseo de la Victoria...– se hacía escarnio del Borbón entre copas y conferencias. En un piso de París utilizado por el PCE para contactos esporádicos de su secretario general, moviendo frenéticamente las piernas y sacando cigarrillos del bolsillo como por arte de magia, Santiago Carrillo ironizaba sobre el Rey. Le llamaba Juanito. En las sobremesas políticas madrileñas se hablaba de Manolo y de Adolfo, de Enrique, de Felipe y de José María y de muchos más. También de Juanito.
El viajero llegado de provincias preguntaba:
–¿Quién es Juanito?
Le respondían:
–El Rey, catalán, currante, majete.

Entre vecinos
(Porque aquellos años los catalanes éramos vistos como majetes y currantes, y Suárez era visto como audaz. Según Carmen Díez de Rivera, inolvidable musa de la transición, amén de audaz y simpático, Suárez era calculador al tomar decisiones. Una de ellas fue abordar en el momento oportuno al vecino de escalera Morodo para sugerirle que él y Tierno debían conocer al Rey porque lo de la democracia iba en serio. El factor humano tuvo un papel curioso en aquel tiempo de vértigo. Si Suárez era convecino de Morodo, Osorio vivía en la misma escalera que Carlos Ibarra y al retirarse a casa por las noches el vicepresidente del gobierno se encontraba algunas veces en el portal con gente de la Platajunta que iba a conspirar al piso de su vecino. Al cabo de unos años, Suárez le vendió su piso a José Oneto, director de Cambio16, una de las revistas que jugaron a fondo por la democracia, e Ibarra vendió el suyo a Luis Roldán, director general de la Guardia Civil. Un escolta de paisano paró a Osorio cuando salía con su coche, le ordenó que bajase del vehículo y sin identificarse le exigió que mostrase su documentación. Osorio se la mostró al tiempo de presentarse: “Coronel auditor de la Armada”. Asegura que no es cierto que le ordenase ponerse firmes. “Sí le dije que en el futuro fuese más ­educado”.)

A. O.– En las elecciones de junio del 77, alguien, no sé quién, había convencido a Adolfo de que podía sacar más de doscientos diputados. Yo nunca lo creí. Adolfo me dijo: “He hablado con Felipe González y me ha dicho que las cosas estaban claras: qué él era la izquierda y que yo soy la derecha, y le he contestado que yo iba a gobernar en el centroizquierda y le iba a pasar por la izquierda”. Yo le dije: “Nunca he sido de centroizquierda y no pienso serlo, y en esta obra que representamos a ti te ha tocado el papel de una derecha abierta, europea, liberal, no el papel de una vieja derecha anquilosada, pasada de moda, como a González le ha tocado el papel de la izquierda. Si vas a gobernar en centroizquierda, conmigo no cuentes”. Le retiré no mi amistad, pero sí mi colaboración.
El Rey y Suárez se llevaron siempre bien. Existía entre ambos sintonía por razones de edad, y nadie puede negar que Adolfo tenía características humanas muy especiales, una gran simpatía personal, un gran atractivo en el contacto directo y una manera de ser que al Rey le gustaba. Con Adolfo, don Juan Carlos se encontraba cómodo. Se llevaron muy bien hasta la última etapa. Cuando presentó la dimisión, creo que sus relaciones con el Rey estaban considerablemente deterioradas porque don Juan Carlospercibía que Adolfo estaba agotado. Le habían agotado en la propia UCD, donde convivían demasiados caudillitos, diputados gracias a él y que luego se consideraron personas importantes. Más que cansado, Adolfo estaba harto, y el Rey percibió que ya no resolvía muchos de los problemas que se planteaban.
Fernández Miranda, una figura importante de la transición, le dijo al Rey en más de una ocasión, y también yo se lo había repetido, que don Juan Carlos legitimaría la corona el día que pudiese gobernar con el PSOE. Algunas personas han dicho que el Rey es proclive a la izquierda. Creo que no es proclive ni a la izquierda ni a la derecha, pero sabía que en el momento que pudiese gobernar con una representación de la izquierda su legitimidad sería mayor porque le haría sentirse Rey de todos los españoles.
A don Juan Carlos no le hubiese gustado que el PSOE ganase las elecciones del 77 porque el cambio habría sido demasiado brusco y difícil de digerir. Sin embargo, cuando el 82 Felipe González gana las elecciones, las cosas ya eran distintas y al PSOE lo aceptaban muchas fuerzas reales, no políticas, de la sociedad. Era el momento adecuado para un cambio. Y tengo que decir que, a mi juicio, González estuvo muy a la altura de las circunstancias. Fue un gran presidente y contribuyó al afianzamiento de la institución monárquica y de la figura del Rey.
(Existe coincidencia general en que a don Juan Carlos le vino muy bien la victoria socialista. Bobillo lo resume con una frase: “La monarquía española seguía la tradición británica del Gobierno de Su Majestad, sea del color que sea el partido gobernante”. Luego tiene un papel el talante del primer ministro. El Rey se entendió muy bien con el Suárez de los primeros años y con González, pero con José María Aznar no hubo química. Algo parecido parece le ocurrió a Isabel II con Margaret Thatcher. La llegada de Blair debió de ser un respiro para la reina como quizá lo ha sido para el Rey la llegada de Zapatero. El ego de Aznar le impedía en muchas ocasiones quedar en segundo plano.)

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