06/01/2008

La generación que creció con el Príncipe

Texto de María del Mar Rodríguez
Ilustraciones de Jordi Labanda
Don Felipe cumple 40. Sus compañeros de generación son los primeros españoles que merendaron delante de la tele y llenaron las universidades y las listas del paro. Se iniciaron en política dentro de la Unión Europea y han encarnado sin mucho ruido la ruptura con las costumbres tradicionales. Si algo colectivo les define, es el individualismo
 
Los nacidos en el 68 se hicieron mayores de edad con el referéndum de la OTAN, el ingreso en la Unión Europea y la desmovilización de la izquierda

Con las primeras militares
De vuelta a casa le esperaba la formación militar propia de su condición de heredero de la Corona. El alférez Borbón pasó por las academias superiores de los tres ejércitos en una España donde seguía siendo obligatorio el servicio militar y la verdadera lotería para los quintos era salir excedente de cupo. Años más tarde se produciría la quiebra del sistema. El Príncipe ingresó en unas fuerzas armadas con todavía escasa participación en misiones internacionales, cuyos cuerpos generales estaban formados exclusivamente por varones de nacionalidad española. Pero las cosas empezaban a cambiar. Don Felipe recibe el despacho de teniente el año en que se licencian las primeras mujeres militares de la historia de España. “El Príncipe vivió esta situación muy de refilón, pues las poquísimas mujeres que recibimos con él el despacho pertenecíamos a cuerpos comunes”, explica la comandante médico Belén Rivero, primera española que ingresó en la Armada y compañera de promoción del Príncipe en Marín.
Concluida su formación castrense, don Felipe se incorpora a una universidad donde no hay ningún tipo de distinción por géneros o clases sociales. Los niños del baby boom constituyen la primera generación que cursa masivamente estudios superiores. Más de un millón y medio de alumnos pueblan, abarrotan, las aulas en el año 1989. Es la etapa de la temida selectividad, los PNN, los números clausus y la obsesión paterna por que sus hijos elijan “una carrera con salidas”. La generación mejor preparada de la historia de España se enfrentaría a unas cifras de desempleo dramáticas y desorbitadas, cercanas a los tres millones de personas. Algunos analistas consideran que este inesperado revés de aquellos niños que crecieron despreocupados jugando con los Madelman y las Nancy, disfrutaron del entusiasmo juvenil de los felices ochenta a ritmo discotequero, e hincaron codos en la universidad con espíritu de sacrificio, marca en buena medida algunos rasgos de la llamada generación X. Salidos de las fábricas de parados, se vuelven pragmáticos e individualistas o buscan el refugio de papá y mamá. Es la generación de los eternos peterpanes, acusados de no abandonar del todo el hogar familiar. ¿No pudieron o no quisieron hacerlo? ¿Los padres de la posguerra les sobreprotegieron? ¿No estaban mentalizados para esa primera dificultad profesional?
Si su entrada en la vida laboral y adulta no fue un camino de rosas, su debut como ciudadanos con derechos democráticos fue un tanto peculiar. Su estreno en las urnas se produce en 1986, con el referéndum de la OTAN. ¿Por qué ellos, que habían seguido con especial aprovechamiento todas las lecciones de Epi y Blas, eran incapaces de entender la pregunta de marras? “Para muchos de nosotros fue la primera decepción de la democracia, nos dimos cuenta de que los políticos cambian cuando llegan al poder. Fue un momento de gran desilusión para los jóvenes de la izquierda moderada, porque se habían generado muchas expectativas, y para los más conservadores supuso seguramente el primer encuentro con el cinismo político”, explica Paloma Aguilar, profesora de Ciencias Políticas de la UNED.
Los españoles nacidos en 1968 vivieron toda su época universitaria bajo el signo del felipismo, para bien o para mal. “A Felipe González hay que reprocharle que provocó la desmovilización de los jóvenes de la izquierda. En las manifestaciones contra la OTAN se dio cuenta de que los jóvenes le molestaban, y decidió desmovilizar a sus juventudes.” Esta situación, explica el profesor José Ignacio Torreblanca, contribuiría aún más a provocar cierto desapego en los jóvenes por las cuestiones políticas en unos años, los universitarios, de tradicional activismo. “En todo caso, el cambio fundamental con la generación de nuestros padres –añade– radica en que los motivos de protesta son principalmente internacionales, es una generación muy marcada por lo internacional.”
Alcanzaron la mayoría de edad el año en que España ingresaba en la Unión Europea, el año del referéndum de la OTAN y la llegaba al poder de Mijail Gorbachov en la Unión Soviética. Vivieron en directo la primera guerra del Golfo y tomaron conciencia del horror con las masacres de Ruanda.
Pero el horror a veces no estaba tan lejos. El terrorismo de ETA parecía dispuesto a dejar su hilo de muerte en la memoria infantil, juvenil y adulta de toda la generación. En no pocas ocasiones, sus acciones criminales truncaron para siempre la vida de quienes crecieron felices con los payasos de la tele. Miguel Ángel Blanco nació precisamente en 1968. Su secuestro y posterior asesinato dejaron al país en estado de shock. “Es cierto que ETA ha acompañado a esta generación de forma trágica, pero creo que hoy hemos conseguido una deslegitimación del terrorismo, de los fanatismos en general, que no había cuando éramos niños, y somos conscientes de que amenazan las cosas buenas que hemos conseguido juntos”, afirma al respecto Maite Pagazaurtundúa, presidenta de la Fundación de Víctimas contra el terrorismo.
El afán colectivo de vivir en paz y en democracia, de modernización, de no perder el tren de los tiempos, podría englobarse en ese conjunto de cosas buenas. Barcelona’92 es quizá uno de esos espejos donde encontrar los hitos de modernidad de la generación del Príncipe. “Aquella olimpiada fue especial para los deportistas de mi edad, era nuestra gran oportunidad de dar lo mejor de nosotros mismos, de demostrar lo que éramos capaces de hacer”, confiesa Fermín Cacho. Su ritmo imparable al afrontar la última recta en la final de los 1.500 metros, esos brazos levantados tras cruzar la meta, conforman quizá el icono imborrable que simboliza el espíritu colectivo que hizo posible el triunfo del 92.

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