06/01/2008

La generación que creció con el Príncipe

Texto de María del Mar Rodríguez
Ilustraciones de Jordi Labanda
Don Felipe cumple 40. Sus compañeros de generación son los primeros españoles que merendaron delante de la tele y llenaron las universidades y las listas del paro. Se iniciaron en política dentro de la Unión Europea y han encarnado sin mucho ruido la ruptura con las costumbres tradicionales. Si algo colectivo les define, es el individualismo
 
Esta generación inauguró el permiso de paternidad, el divorcio sin búsqueda de culpables y las uniones legales de personas del mismo sexo. Era el triunfo de los derechos individuales
El fin del hogar tradicional
Pero la modernidad no era sólo cosa de arquitecturas, de grandes ceremoniales ni de un repleto medallero olímpico. Si la generación del rey Juan Carlos se había caracterizado por los proyectos colectivos, la del Príncipe estaba llamada a poner el énfasis en la conquista de los espacios privados y personales a la hora de encarar su  futuro. El propio don Felipe, al casarse con Letizia Ortiz, una profesional divorciada de clase media, hacía gala de un margen de maniobra en sus elecciones personales del que no había gozado ninguno de sus antecesores.
La menor presión por el qué dirán se reflejaba en una conquista de derechos individuales que ponía fin al modelo de nuestros padres, al hogar tradicional, a la familia tradicional, terminaba con el único estereotipo de varón proveedor. Había llegado la hora de la generación que inauguraba el permiso de paternidad, el divorcio sin búsqueda de culpables y las uniones legales de personas del mismo sexo. “Ojalá que algún día no seamos noticia. De pequeños sufrimos humillaciones, de mayores tuvimos que dar la cara. Mi gran alegría será que la próxima generación sea tomada con toda normalidad, sea cual sea su opción personal”, comenta Jesús Vázquez al respecto.
¿El énfasis en lo individual determina ciertos rasgos de esta generación? “Quizá lo que más diferencie a nuestra generación de la que nos precedió fue la falta de un gran proyecto colectivo. Un proyecto que, además de servir como referente vital, se convirtiese en una fuente de oportunidades profesionales, como sucedió para la primera generación nacida y formada tras la Guerra Civil. Ese proyecto fue la transición, con todo lo que ello implicaba en términos de construcción y ocupación de nuevos espacios de poder. Nosotros nos vimos muy condicionados por esa realidad. Siempre nos han tratado con cierta condescendencia, como midiéndonos con el rasero de su gran obra.” Este punto de vista expresado por José María Martínez Madrigal, jefe de organización y proyectos de la Universidad Complutense, es compartido por otros coetáneos que consideran que las relaciones entre ambas generaciones no son del todo armónicas. “La transición es el periodo mejor valorado de nuestra historia, y cuando tratamos de aportar sobre él una mirada propia, sus protagonistas reaccionan con mucha virulencia. Piensan que no sabemos lo difícil que fue y consideran que nuestra crítica es irresponsable. Vemos de otra manera esos años, no tenemos el sentimiento de culpa ni el miedo continuo a que una construcción así se vaya a desmoronar. Aceptando las reglas del juego, hay que admitir que el disenso es parte del juego democrático”, señala la profesora Aguilar.
Sobre la generación que ahora roza los cuarenta, y que empieza a dar su propia visión de los hechos, parece pesar una incógnita todavía no resuelta. A veces parecen tener la sensación de haberse convertido en una generación puente, que no ha terminado de sustituir a la anterior y ya se ve desbordada por la siguiente. La sobrevaloración de los valores juveniles y el salto tecnológico hacia el mundo digital parecen dar la razón a los más pesimistas. Pero hay quien ve en esta generación una gran capacidad para asimilar los cambios y un bagaje vital que les ha hecho fuertes y maduros. Sea como sea, parece que les ha llegado la hora de la verdad, y sólo ellos podrán resolver esta incógnita.
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