06/01/2008

La generación que creció con el Príncipe

Texto de María del Mar Rodríguez
Ilustraciones de Jordi Labanda
Don Felipe cumple 40. Sus compañeros de generación son los primeros españoles que merendaron delante de la tele y llenaron las universidades y las listas del paro. Se iniciaron en política dentro de la Unión Europea y han encarnado sin mucho ruido la ruptura con las costumbres tradicionales. Si algo colectivo les define, es el individualismo
 
La generación del Príncipe se crió ante la tele de dibujos animados japoneses, bailó con el boom musical de grupos españoles y fue la primera que cursó masivamente estudios superiores
Aquel día no hubo colegio. Tampoco los siguientes. La muerte de ese señor viejecito que mandaba tanto trajo aquel año un agradable anticipo otoñal de las esperadas vacaciones de Navidad. Sucedieron también otras cosas inusuales. Un hombre de ojeras grises lloriqueaba en la tele: “Españoles, Franco ha muerto…”. Liberados de clases y deberes, enfundados en trencas y verdugos, la calle fue el escenario de los comentarios infantiles de lo que cada uno vivía en casa. “Mi madre está preocupada y no hace más que llorar”, “pues mi padre me ha dado paga extra”, “el abuelo ha dicho que lo que está pasando es historia y nos tiene todo el día pegados a la tele”. Hasta entonces, la historia estaba en los libros de texto; ahora salía en televisión y se podía ver desde el cuarto de estar. A la imagen del señor lloroso le sucedieron interminables colas de gente pasando delante del féretro. Y luego, no se sabe muy bien cómo, aquellos niños tuvieron conciencia de que había concluido una película y comenzaba otra diferente y más entretenida. “Venid a casa a ver la coronación, que hemos comprado una tele en color.” Y, en efecto, allí, en medio de multitud de señores de corbata negra como sacados de la vieja película, había una señora vestida de rosa y tres niños rubios. ¿Qué hacían ellos dentro de la tele? ¿Qué hacían ellos dentro de la historia?
Aquel 22 de noviembre de 1975, tal vez los niños españoles nacidos a finales de los años sesenta intuyeron que alguien de su edad no iba a ser de mayor ni astronauta ni futbolista, como ellos soñaban, porque seguramente su destino estaba ligado a aquella curiosa ceremonia. Felipe de Borbón y Grecia tenía entonces siete años. Era uno de los más de seiscientos cincuenta mil españolitos nacidos en 1968, en pleno y tardío baby boom patrio. Con las aulas a rebosar y los niños adornados con hombreras y coderas, el desarrollismo había permitido una prosperidad que trajo juguetes míticos, el 600, alguna escapada a Benidorm y, por supuesto, la tele. “La televisión fue nuestra ventana al mundo. Fuimos la primera generación que creció junto a ella y vivimos su magia de una forma muy especial.” Jesús Vázquez, como tantos otros, se crió con la huella imborrable de aquellos personajes que nunca han dejando de acompañarle. La Casa del Reloj, los tacañones, Fofó, los dibujos animados japoneses y las series americanas; los temidos dos rombos y el buen cine. Jordi Labanda mira con cierta nostalgia las cosas que entonces pasaban en la pequeña pantalla y con verdadero asombro el cambio que permitió que, con el paso del tiempo, los extraordinarios artilugios de sus admirados héroes pasaran con naturalidad a formar parte de su vida cotidiana. “¿Cómo iba yo a imaginar de niño que de mayor llevaría un teléfono en el bolsillo? Eso era cosa de James Bond.”
La generación del Príncipe parecía predestinada a decir adiós a muchas cosas y dar la bienvenida a lo insospechado. Fueron ellos los últimos niños de la dictadura, de la televisión en blanco y negro. De las clases de niños y niñas, del francés y del latín. Los últimos de las familias numerosas con madres amas de casa, los últimos que jugaron a las chapas. Conocieron la guerra fría, la máquina de escribir, la peseta y la mili. Con el tiempo se despedirían del siglo y del milenio; verían caer el muro de Berlín, el pacto de Varsovia y las Torres Gemelas de Nueva York. Jamás olvidarían el 11-M. Su retina parecía hecha casi a cualquier cosa. Pero lo importante no era lo que dejaban atrás sino lo que estaba por llegar. Testigos de dos mundos, los avances en el campo de la ciencia, la globalización y un cambio de paradigma tecnológico harían de ellos los últimos niños de la generación analógica y los meterían de hoz y coz en un futuro dispuesto a hacer añicos hasta los dictados más inamovibles de la madre naturaleza.
La sensación de que las leyes de la conservación de la especie no tenían necesariamente que ajustarse al modus operandi utilizado desde tiempos de Adán y Eva se produjo en 1978. El nacimiento de Louise Brown, la primera niña probeta, se vivió como una auténtica convulsión social. Si unos años antes era la historia la que salía en la tele, ahora eran las series de ciencia ficción las que se hacían realidad. Tocaba vivir, en efecto, un mundo apasionante. “Lo importante de estos años es que hemos pasado con toda naturalidad de la procreación espectáculo del caso Brown a considerar estas técnicas un tratamiento médico normal”, explica el doctor Pedro N. Barri, del Instituto Dexeus, padre científico de la primera niña probeta española. Y pasó de nuevo: el teléfono de bolsillo no era sólo para James Bond. Los niños asombrados por el nacimiento de un bebé de laboratorio fueron los primeros adultos en beneficiarse de forma natural de un método que parecía revolucionario.
Los niños de los sesenta vivieron en su infancia o primera juventud un hecho sin precedentes en la historia de la humanidad. Se había conseguido disociar reproducción y sexo. ¿Sexo? Aún con la llegada de la democracia recibieron una educación tradicional, heredera del franquismo y la moral conservadora, plagada de silencios y de tabúes. Eran los tiempos del “¿quiéres salir conmigo?” más que del “póntelo, pónselo”. Eran los tiempos de esperar nerviosos a que el pincha de la discoteca cambiara de ritmo. “Aunque se ha hablado mucho de la marcha de la movida, lo que de verdad me gustaba de esa época es que pusieran las lentas. ¡Cuántas palabras nos hemos ahorrado gracias a las lentas!”, rememora Nacho Cano.  Los jóvenes de los felices ochenta invadieron las discotecas y los pubs, eran los chicos del copazo más que del botellón, que salían a la pista en plena fiebre del sábado noche. “La banda sonora de aquellos años fue en gran medida española, fue un boom musical, y lo mejor de todo es que había grupos para todos los gustos”, añade el componente de Mecano. El Príncipe se divirtió con estos ritmos y le acompañaron en forma de cintas magnetofónicas –todavía no existía el mp3– en su frío año de internado canadiense.
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