17/02/2008

Operación Afganistan

Texto de Xavier Batalla
Un congresista texano bebedor y mujeriego, una explosiva multimillonaria y un agente de la CIA de origen griego iniciaron en 1980, en Afganistán, una de las más grandes operaciones secretas de la guerra fría. Los islamistas radicales, con la ayuda de la agencia estadounidense, derrotaron a los soviéticos en Afganistán en un conflicto que no provocó debates en el Congreso ni protestas en la calle. Esta es la rocambolesca historia de la guerra de Charlie Wilson, en la que Osama bin Laden hizo sus primeros pinitos como yihadista

Muyaidines afganos con marines estadounidenses en Arabia Saudí durante la guerra del Golfo, en 1991. Los guerrilleros islamistas trasladaron a los soldados de Estados Unidos sus conocimientos sobre el combate en territorios áridos. Después, declararon la guerra santa a Estados Unidos

Goethe se refería respetuosamente a la historia como “el misterioso taller de Dios”. Quizá por eso los caminos de la historia también son inescrutables. Y si no, que se lo digan a George W. Bush, quien tal vez no habría necesitado declarar la guerra al régimen de  los talibanes en el 2001 si no hubiera sido por Charlie Wilson, un oscuro congresista demócrata por Texas, bebedor y mujeriego, que dos decenios antes utilizó su influencia en la Cámara de Representantes para darle la vuelta a la invasión soviética de Afganistán. Gracias a Wilson, la guerrilla musulmana pasó en un decenio de recibir un puñado de dólares a contar con centenares de miles de armas. Y lo extraordinario del caso es que Wilson se salió con la suya pese a la oposición inicial del Departamento de Estado, temeroso de que la ayuda estadounidense a
los islamistas animara a los soviéticos a invadir Pakistán, que entonces, como ahora, era la base de los yihadistas.
Wilson era un congresista desconocido, pero poderoso. Como uno de los doce miembros del subcomité del Defense Ap­pro­pria­tions, tenía la facultad de controlar los fondos destinados a operaciones encubiertas. Y a esa facultad, Wilson añadía un extraño talento para persuadir a los escépticos, incluido el general pakistaní Zia Ul Haq, de que era posible vencer a los soviéticos, que invadieron Afganistán a finales de diciembre de 1979. Esta historia, coprotagonizada por Joanne Herring, una mezcla explosiva de Marilyn Monroe, Scarlett O’Hara y Dolly Parton, la ha escrito el periodista George Crile en La guerra de Charlie Wilson (Almuzara, 2008). Y con esta materia prima, Aaron Sorkin, guionista de El ala oeste de la Casa Blanca y extraordinario conocedor de los mecanismos de poder estadounidenses, ha fabricado un guión cinematográfico que es una sátira magistral sobre la política exterior americana.
En el verano de 1980, Charlie Wilson entró en el Speaker’s Lobby, una sala muy especial de la Cámara de Representantes. Uno de los teletipos escupía entonces un despacho de la agencia Associated Press en el que se detallaban las atrocidades que soviéticos y muyahidines perpetraban desde hacía meses en Afganistán. A Wilson le llamó la atención que el periodista de AP afirmara que los islamistas, que mataban rusos con cuchillos y pistolas, no iban a rendirse a los invasores. Wilson descolgó un teléfono y marcó el número de un oficial del comité encargado del fondo del reptiles de la CIA. “¿Cuánto dinero le estamos dando a los afganos?”, preguntó. “Cinco millones”, dijo el oficial. El silencio se rompió cuando el congresista texano sentenció: “Duplícalo”.
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