17/02/2008

Operación Afganistan

Texto de Xavier Batalla
Un congresista texano bebedor y mujeriego, una explosiva multimillonaria y un agente de la CIA de origen griego iniciaron en 1980, en Afganistán, una de las más grandes operaciones secretas de la guerra fría. Los islamistas radicales, con la ayuda de la agencia estadounidense, derrotaron a los soviéticos en Afganistán en un conflicto que no provocó debates en el Congreso ni protestas en la calle. Esta es la rocambolesca historia de la guerra de Charlie Wilson, en la que Osama bin Laden hizo sus primeros pinitos como yihadista

Un mujaidín con un Stinger tierra-aire, especialmente apropiado contra los helicópteros. Los norteamericanos dejaron en Afganistán docenas de estas sofisticadas armas

Pese a sus iniciales reticencias, Reagan suministró a los insurgentes el misil Stinger, que hasta entonces no había sido utilizado en combate

El plan para derrotar a los soviéticos tuvo que ver menos con el romanticismo que Wilson decía que le inspiraban las montañas afganas que con el tráfico de armas. La CIA, según The Christian Science Monitor, estipuló que las armas que se suministraran a la guerrilla musulmana no deberían dejar ninguna pista que condujera hasta Washington (The Enemy of my Enemy is my Friend, 2003). Y para conseguir la cuadratura del círculo, se decidió, entre otras rocambolescas operaciones, utilizar el armamento que los insurgentes pudieran presentar como arrebatado a los soviéticos. El resultado fue que se consiguieron estas armas en los lugares más insospechados. Wilson, también según The Christian Science Monitor, convenció a Israel para que les entregara las armas de fabricación soviética requisadas a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
Uno de los análisis más detallados de aquella guerra afgana lleva la firma de Lester Grau, teniente coronel estadounidense retirado y especialista en Rusia. En su estudio, Grau subraya cómo las fuerzas soviéticas eran muy superiores, en preparación y en tecnología, a las afganas. Pero tanto sus tanques como su artillería pesada se mostraron poco útiles en un terreno montañoso y frente a un enemigo guerrillero con gran movilidad. Los soviéticos no tardaron en controlar las principales ciudades afganas y los centros de comunicación, pero fueron derrotados en campo abierto.
El ejército soviético estaba integrado por reclutas sin experiencia. Y su baja moral condujo a muchos de ellos a vender su armamento por dinero y droga. Además,estaban mal equipados, empezando por un camuflaje diseñado más para las llanuras europeas que para las montañas y los desiertos de Afganistán. La mala intendencia, con pésimas raciones de alimentos y bajos niveles de higiene, hizo el resto, lo que provocó que tres cuartas partes del destacamento soviético fueran víctimas de múltiples enfermedades. Es más, lo habitual era que las fuerzas afganas que combatían con los soviéticos desertaran. Fuentes del antiguo mando soviético mantienen que el fracaso se debió a que Moscú no envió fuerzas suficientes. Hasta un total de 620.000 soldados participaron en la guerra, aunque no es menos cierto que en suelo afgano nunca lucharon más de 100.000 soviéticos al mismo tiempo. La guerrilla islamista, por el contrario, llegó a contar con 300.000 fundamentalistas armados por la CIA. La guerra, declarada pese a los recelos de Vitali Schlikov,
ex responsable de la inteligencia militar, costó a la Unión Soviética 28.000 muertos y 50.000 heridos. Pero la factura fue más dura para Afganistán: 1,3 millones de muertos, dos millones de desplazados por el interior del país y 4,5 millones de refugiados en los países vecinos.
La madeja que empezó a fabricar Charlie Wilson acabó teniendo el siguiente esquema. Pakistán se convirtió en un santuario para la guerrilla musulmana, a la que adiestró. Arabia Saudí, jefe de filas de los suníes, hizo de banquero. Diversos gobiernos, entre ellos Egipto e Israel, suministraron armamento. Y Estados Unidos apoyó el plan, canalizando la ayuda a través de la CIA. Pese a sus iniciales reticencias, la Administración Reagan suministró a los insurgentes el misil Stinger, de fabricación estadounidense, que hasta entonces no había sido utilizado en combate. Una vez consumada la derrota soviética, en 1989, Charlie Wilson hizo una gira triunfal por Afganistán, donde los yihadistas le entregaron los restos del primer Stinger que derribó un helicóptero Mi-24 Hind soviético.
Zia Ul Haq falleció, en 1988, en un nunca aclarado accidente aéreo, pero no se llevó a la tumba uno de los secretos mejor guardados de la guerra: el general aceptó lo que le pidió Reagan (que ayudara a la insurgencia islamista contra los soviéticos) y, a cambio, consiguió que Washington mirara hacia otro lado mientras los pakistaníes fabricaban su primera bomba atómica. Avrakotos fue despedido de la CIA en 1986 y se instaló en Roma. Johanne Herring, ahora casi octogenaria, se pasea por el mundo quejándose del trato de millonaria tórrida que recibe en la película de Mike Nichols. Charlie Wilson, después de hacerse amigo de Hikmattyar, el señor de la guerra que reclutó a un tal Osama bin Laden, se retiró del Congreso en 1996 (su último trabajo fue dirigir un lobby pakistaní por 30.000 dólares mensuales). Y Bin Laden, que después organizaría el 11 de septiembre, se hizo yihadista autónomo en el taller de la historia.
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