30/03/2008
El estigma imborrable
Okinawa
Texto de Rafael Poch
El 1 de abril de 1945 se inició en la isla de Okinawa una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial, que causó la muerte a 150.000 civiles, 66.000 soldados japoneses y 14.000 estadounidenses. La isla sigue hoy ocupada por 50.000 norteamericanos, y los desmanes de los soldados afloran cada vez con mayor frecuencia, mientras se extiende una corriente pacifista. Japón pretende además borrar de los libros de texto parte de su historia más oscura, como los suicidios inducidos de sus propios ciudadanos.

Tropas de Estados Unidos desembarcan en la isla de Okinawa: tardarían tres meses en conquistarla, en una de las batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial
Zenyu Shimabuku es un anciano, pero sus ojos aún brillan al recordar aquella jornada del 20 de diciembre de 1969 en las calles de Koza, la zona de puterío y borrachera de los soldados americanos en Okinawa. Durante 27 años, desde 1945 hasta 1972, la isla fue una colonia del Pentágono, gobernada por un teniente general. Estaba cerrada al mundo, con bases de aviación, submarinos, depósitos de armas nucleares e instalaciones de la CIA desperdigadas por todo su territorio. Esa presencia había desposeído de sus tierras a decenas de miles de isleños, frecuentemente a punta de bayoneta y bulldozer. Algunos fueron expulsados a otras islas, en las que muchos murieron de malaria. Entre 20.000 y 30.000 expropiados fueron enviados a Bolivia. Quienes se oponían a las expropiaciones eran declarados “comunistas”. Todo eso está en la trastienda del recuerdo de Zenyu sobre aquella jornada.
“Mucha gente había acudido a Koza para asistir a un mitin, cuando un coche con matrícula militar americana atropelló, allí mismo, a un niño. Incendiamos el coche y se armó un motín; llegaron los militares con pistolas, pero todos tenían algo en contra de ellos. Se acababa de conocer la existencia de armas nucleares y gas nervioso en la isla, y era la época en la que, desde aquellas mismas bases, salían los aviones para bombardear Vietnam con las bombas, el napalm y los desfoliantes que mataban a centenares de miles de inocentes, como antes lo habían hecho en Corea y ahora lo hacen en Iraq. El atropello fue la chispa. La opinión era unánime, y la gente estaba radiante al constatarlo. Las putas de los bares se sumaron a la revuelta. Sacaban cajas de Coca-Cola y nos decían: “Tiradles esto”. En total, incendiamos 96 coches con matrícula militar americana, sin causar ni un solo herido. Nadie pensaba que aquello era malo. Había un ambiente de fiesta. Todo fue espontáneo.”
La vida de Zenyu ha estado dedicada a la lucha por la paz y contra las bases americanas. Años de presiones no lograron que este hombre, y otros cien, vendieran sus tierras para la base de Camp Shild. Funcionarios y militares venían a su casa pidiéndole que firmara aquellos papeles. Le ofrecían dinero. “Si te piden un cuchillo, lo prestas, pero, ¿qué haces si sabes que es para matar a alguien?”, dice.
“Mucha gente había acudido a Koza para asistir a un mitin, cuando un coche con matrícula militar americana atropelló, allí mismo, a un niño. Incendiamos el coche y se armó un motín; llegaron los militares con pistolas, pero todos tenían algo en contra de ellos. Se acababa de conocer la existencia de armas nucleares y gas nervioso en la isla, y era la época en la que, desde aquellas mismas bases, salían los aviones para bombardear Vietnam con las bombas, el napalm y los desfoliantes que mataban a centenares de miles de inocentes, como antes lo habían hecho en Corea y ahora lo hacen en Iraq. El atropello fue la chispa. La opinión era unánime, y la gente estaba radiante al constatarlo. Las putas de los bares se sumaron a la revuelta. Sacaban cajas de Coca-Cola y nos decían: “Tiradles esto”. En total, incendiamos 96 coches con matrícula militar americana, sin causar ni un solo herido. Nadie pensaba que aquello era malo. Había un ambiente de fiesta. Todo fue espontáneo.”
La vida de Zenyu ha estado dedicada a la lucha por la paz y contra las bases americanas. Años de presiones no lograron que este hombre, y otros cien, vendieran sus tierras para la base de Camp Shild. Funcionarios y militares venían a su casa pidiéndole que firmara aquellos papeles. Le ofrecían dinero. “Si te piden un cuchillo, lo prestas, pero, ¿qué haces si sabes que es para matar a alguien?”, dice.
de: Carlos Puig | 12/04/2008
Entusiasmante, espeluznante e Increible Historia
de: Ricardo Jiménez | 09/04/2008
Me parece un reportaje excelente. Enhorabuena.







