27/04/2008

1808/2008

Crónica de un 2 de Mayo a sangre y fuego

Texto de José Enrique Fuiz-Doménech
Todavía hoy se desconoce la secuencia de hechos que explica en profundidad el 2 de mayo de 1808. Pero lo cierto es que una chispa en Madrid desencadenó un incendio imparable en toda la península Ibérica contra el imperio napoleónico. Una revuelta con consecuencias históricas que ha quedado plasmada en los impresionantes cuadros pintados por Goya años después.
El famoso cuadro de Goya, que acaba de ser restaurado, muestra los fusilamientos en el monte del Príncipe Pío, donde fueron pasados por las armas unos cuarenta ciudadanos, después de los enfrentamientos contra las tropas francesas el 2 de Mayo en Madrid

Aquella primavera de 1808 terminó el 2 de mayo. Nunca había sido tan viva la atmósfera cultural y económica de Madrid. Las funciones de teatro, con obras de Moratín, Quintana o Ramón de la Cruz, se sucedían sin parar. Isidoro Máiquez seguía su triunfal carrera junto a su esposa, y primera actriz, Antonia Prado, desde que bordara el papel de san Hermenegildo, un dramón histórico al gusto de la época. El domingo 1 de mayo la gente, como de costumbre, abarrotó las calles y las plazas, aunque al atardecer unas nubes bajas comenzaron a descargar agua. El chaparrón duró casi toda la noche. A las siete de la mañana, los más madrugadores comenzaron a abrir las panaderías y algunas tabernas. En la botica de la Puerta del Sol el termómetro marcaba diez grados, pero en realidad eran ocho. Un tímido sol comenzaba a secar la calzada. Los trabajadores, sin embargo, consumían cazalla junto a lumbres improvisadas en la calzada o las aceras. Por supuesto, seguirían los rumores de siempre y el movimiento de tropas en el palacio Real. Allí se dirigieron unos cuantos curiosos, quizás para ver el cambio de guardia o vete a saber los motivos exactos. Algunos, sin embargo, sabían a lo que iban, entre ellos el cerrajero José Blas Molina Soriano.
Tres carruajes reales estaban parados frente a la puerta del Príncipe. El movimiento de baúles hizo que alguna gente se acercara a ver qué ocurría. Con los ojos y el olfato del pueblo llano se atendió la salida de la infanta María Luisa, sexta hija de Carlos IV, joven pero ya viuda del duque de Parma, que había sido, por poco tiempo, reina de Etruria. Se la vio subir a uno de los carruajes con sus hijos y algunos criados. De lejos, al otro lado de la verja, comenzaron los comentarios, primero en forma de susurros, luego en voz alta. Al ver un segundo carruaje se sospechó que estaba destinado al infante Francisco de Paula, el último miembro de la familia real que permanecía en Madrid. Fue demasiado. Una voz se elevó por encima de las demás (al parecer era la del famoso cerrajero): “¡Que nos lo llevan!”, refiriéndose a que los franceses iban a deportar a los infantes. Como si la gente esperase algo así, entró en el patio de armas, excitada. Comenzó a golpear a los guardias y dio vivas al infante cuando le vieron. Desde el vecino palacio Grimaldi, donde Murat estaba asomado a una ventana tratando de ver con dificultad lo que pasaba, llegó Auguste Lagrange con algunos fusileros. Pero la situación se había escapado de las manos. Parecía imposible que aquel grupo de curiosos comenzara a actuar al unísono, acorralando a Lagrange y a los guardias. Eso no llegó a ocurrir, pues mientras se dirigía al lugar de los incidentes, un oficial de artillería salió en su ayuda con veinte granaderos. Murat, mientras tanto, disimulando estar alarmado por los acontecimientos, dijo aquello tan famoso de “al fin”, mientras ordenaba tocar a generala. Aquello se tenía que acabar pronto, siguiendo lo hecho en El Cairo, Nápoles o Lisboa.

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