27/04/2008

1808/2008

Crónica de un 2 de Mayo a sangre y fuego

Texto de José Enrique Fuiz-Doménech
Todavía hoy se desconoce la secuencia de hechos que explica en profundidad el 2 de mayo de 1808. Pero lo cierto es que una chispa en Madrid desencadenó un incendio imparable en toda la península Ibérica contra el imperio napoleónico. Una revuelta con consecuencias históricas que ha quedado plasmada en los impresionantes cuadros pintados por Goya años después.
1. Yo lo vi. Dibujo preparatorio. Lápiz negro y sanguina.
Los tambores de la guardia imperial retumbaron en la mañana madrileña. En pocos minutos salió un batallón con dos piezas de artillería, mientras se preparaba para marchar a toda prisa el regimiento de granaderos del coronel Friederichs, acantonado en el cuartel de San Gil. Al tiempo, Murat ordena al capitán Marbot que envíe correos urgentes a todas las tropas situadas en el perímetro exterior de Madrid: la brigada Dufour en el Pardo y la brigada Lefranc en San Bernardino, al mando del general Gubert, la primera división de Musnier, la tercera división de Morlot, en Chamartín, la caballería de la Guardia Imperial de Daumesnil, en el cuartel del Pósito, la división de caballería del general Grouchy, en el parque del Buen Retiro, y por supuesto los aguerridos soldados de Caulaincourt.
Excesiva diligencia para lo que en principio sólo parecía un puñado de curiosos algo irritados por no se sabe muy bien el motivo. El pretexto de que los infantes se iban a reunir con el resto de la familia real no es suficiente. Es un bello mito. Nada más. De repente, las dos piezas de artillería comenzaron a disparar contra la gente congregada en la puerta del Príncipe y alrededores. Los fusileros tomaron posiciones en fila, preparados también para hacer fuego. La gente salió a los balcones, a los portales, alarmada por el ruido de los cañones; no eran salvas, eso estaba bien claro. Y más cuando vieron correr a la gente despavorida por la calle Mayor y la calle Arenal en dirección a la Puerta del Sol, gritando “los franceses están disparando contra el pueblo, están
Los tambores de la guardia imperial retumbaron en la mañana madrileña. En pocos minutos salió un batallón con dos piezas de artillería, mientras se preparaba para marchar a toda prisa el regimiento de granaderos del coronel Friederichs, acantonado en el cuartel de San Gil. Al tiempo, Murat ordena al capitán Marbot que envíe correos urgentes a todas las tropas situadas en el perímetro exterior de Madrid: la brigada Dufour en el Pardo y la brigada Lefranc en San Bernardino, al mando del general Gubert, la primera división de Musnier, la tercera división de Morlot, en Chamartín, la caballería de la Guardia Imperial de Daumesnil, en el cuartel del Pósito, la división de caballería del general Grouchy, en el parque del Buen Retiro, y por supuesto los aguerridos soldados de Caulaincourt.
Excesiva diligencia para lo que en principio sólo parecía un puñado de curiosos algo irritados por no se sabe muy bien el motivo. El pretexto de que los infantes se iban a reunir con el resto de la familia real no es suficiente. Es un bello mito. Nada más. De repente, las dos piezas de artillería comenzaron a disparar contra la gente congregada en la puerta del Príncipe y alrededores. Los fusileros tomaron posiciones en fila, preparados también para hacer fuego. La gente salió a los balcones, a los portales, alarmada por el ruido de los cañones; no eran salvas, eso estaba bien claro. Y más cuando vieron correr a la gente despavorida por la calle Mayor y la calle Arenal en dirección a la Puerta del Sol, gritando “los franceses están disparando contra el pueblo, están matando a la gente”. José María Blanco Crespo, que más tarde se haría famoso firmando Blanco White, pero por entonces sólo era el Pepe Crespo de las tertulias de Quintana, se acercó lleno de curiosidad a la plaza de Santo Domingo. Junto a él otros madrileños se reunieron allí en el momento en que un piquete de infantería se preparaba para disparar. No iba de farol. Disparó. Blanco regresó a su casa muerto de miedo y la cerró a cal y canto. Como él, otros muchos madrileños cerraron los balcones y las puertas de los portales y de las tiendas. Pero también hubo quienes buscaron armas dando gritos a favor de la rebelión y contra los franceses. No era para tanto. O quizás sí.
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