Con el cerco de Sarajevo en el alma

julio 2008-octubre 1993
Varios ciudadanos atraviesan un puente reconstruido sobre el río Miljacka. Durante la guerra sólo era posible atravesarlo haciendo equilibrios sobre una viga.
Cuando en marzo de 1996 regresé a Sarajevo por enésima vez, mi intención era cerrar un ciclo vital que había empezado cuatro años antes, al inicio de su sanguinario cerco. Aunque el dolor seguía presente, Sarajevo ya descansaba de su particular temporada en el infierno. Miles de jóvenes se contorneaban en las discotecas recién abiertas y decenas de niños hacían piruetas en la parte posterior de los tranvías. Quería acomodar las imágenes amargas en el fondo de un baúl herméticamente cerrado y sustituirlas por otras más amables. Pero no tuve éxito. Mi cabeza ha seguido albergando fantasmas inciertos durante la última década. Hasta que he decidido regresar para realizar un trabajo muy concreto: buscar a algunos personajes que conocí durante el cerco y saber qué ha pasado con ellos y fotografiar con los mismos encuadres y ópticas los lugares donde realicé mis fotografías más singulares.
A Dzenana Sokolovic la he visto tres veces en mi vida. La primera fue una horrorosa mañana de enero de 1994 delante de la catedral católica de Sarajevo. Iba con un un niño y una niña. El chico miró a la cámara con frialdad, dureza y orgullo. A los pocos minutos, se relajó y empezó a jugar con una bola de nieve. Me acompañaba Enric Martí, un fotógrafo catalán responsable de una de las mejores coberturas gráficas del cerco. Los fotografié jugando con la nieve, protagonistas de una escena de gran ternura.
Diez meses después vi a Deznana por segunda vez en una fotografía que había tomado el propio Enric. Llevaba el mismo pañuelo e intentaba protegerse de los disparos de un francotirador que acababa de asesinar a su hijo. Ella también fue alcanzada por una bala en el estómago. Tuvo suerte de no ver el charco de sangre donde descansaba la cabeza de su pequeño.
En el primer encuentro habíamos olvidado preguntarle su nombre. Ahora ya lo sabíamos. Se llamaba Nermin Divovic y acababa de cumplir los 7 años. 956 días de su corta vida los había pasado en guerra, cercado como un animal. Pensé en la trascendencia del tiempo y en la conciencia cautiva de los diplomáticos europeos incapaces de distinguir a un asesino de su víctima.
He paseado muchas veces por el lugar desde donde tuvo que salir el disparo que se incrustó en la cabeza de Nermin. He pensado en lo que pensó el asesino. Estoy seguro de que sabía que su presa era un niño. Lo tuvo que ver a través de la mira telescópica. ¿Por qué disparó?
Hannah Arendt escribió en Ensayos de compresión que “cuando su trabajo le lleva a asesinar a alguien, no se considera un asesino, ya que no lo ha hecho por inclinación personal, sino a título profesional. Por pura pasión, él no mataría ni una mosca”. ¿Pensó algo parecido el asesino de Nermin? ¿Alguna vez recordará lo que hizo? ¿Se lo habrá contado a su mujer? ¿O a su marido? ¿O a sus hijos?
La tercera vez que vi a Deznana fue hace tres meses. Lo primero que me enseñó fue el jersey que llevaba Nermin el día que lo mataron. A pesar del lavado todavía muestra pequeñas marcas de sangre. Uno de sus dos hijos, nacido en 1997, después de la guerra, también se llama Nermin Divovic. Se parece mucho al original. Fui a ver su tumba y me comprometí a llevarles todas las imágenes que tomé cuando no conocía su nombre.

junio del 2008- junio de 1992
Varios niños corren por el barrio de Kovaci, uno de los más destruidos por las lluvias de cohetes durante las primeras semanas del cerco de Sarajevo

En enero de 1994, Gervasio Sánchez fotografió a Nermin Divovic con su madre, Dzenana Sokolovic; su hermana Dzenita y mientras jugaba con una bola de nieve.
El 21 de noviembre de ese mismo año, un francotirador disparó sobre ellos.
Dzenana (que resultó herida), su hija y su consuegra tratan de ponerse a resguardo, pero los disparos alcanzaron mortalmente a Nermin, cuyo cadáver aparece rodeado de equipos de asistencia de las Naciones Unidas.
En octubre del 2008, Dzenana visita la tumba de Nermin acompañada de su marido, Paso, y sus dos hijos, Nerim y Nermin, nacidos después de la guerra.










