Con el cerco de Sarajevo en el alma

Gabriela Matz Troboglav vivió el asedio de Sarajevo durante 1.260 días. Un día de marzo de 1993 se dejó fotografiar en un patio interior del edificio en que vivía al lado de los restos calcinados de un coche destruido por un proyectil. En septiembre del 2002, pocos meses antes de morir, Gabriela miraba a la cámara en su casa de Split con su cigarrillo en la mano y su tacita de café.
Al día siguiente visité la casa destrozada. El cañonero había acertado de lleno. El proyectil arrancó la cabeza de cuajo a Mirsada Demirovic mientras acunaba a su sobrina Nalena Skorupan, de dos meses. El bebé fue alcanzado por tres esquirlas. En el hospital, el doctor deslizó sus dedos por varias radiografías y me señaló los lugares exactos donde estaban alojados los fragmentos. La cara estaba ennegrecida e hinchada. Respiraba con gran dificultad. “No va a morir ni siquiera perderá el ojo más dañado”, me aseguró el médico. Pero Nalena murió al día siguiente. ¿Por qué? Quizá porque pensó que no valía la pena pertenecer a un mundo incapaz de respetar la vida de un bebé. Además, su particular tragedia había empezado unos meses antes de su nacimiento cuando su padre, un soldado bosnio llamado Nasuf, murió en combate. Al día siguiente me acerqué al cementerio. Un enterrador cubría las dos tumbas con tierra. Desde entonces he visitado la tumba de Nalena como si fuera su dueño. Siempre llevo flores porque sé que nunca hay. Durante años busqué a Elvedina, su madre. Pero nadie supo darme una respuesta concreta.
El Bairam, la fiesta que pone fin al Ramadán, es utilizado por los musulmanes de Sarajevo para visitar los cementerios. Hace tres meses encontré a Mirsad Demirovic, esposo de Mirsada y tío de Nalena sentado entre ambas tumbas. Emocionado al saber que yo conocía su terrible historia me confesó: “Fui yo quien acomodó su cuerpecito en el fondo de la tumba”. Enfermo y bebido se negó a hablarme de Elvedina. “Los sitiadores decían que éramos terroristas y por eso nos bombardeaban desde las montañas. ¿Cómo puede una criatura de dos meses ser una terrorista”, repitió varias veces mientras reía compulsivamente.El cerco de Sarajevo fue la tercera guerra para Gabriela Matz Trboglav. Al poco de nacer, el asesinato en la capital bosnia de Francisco Fernando, el heredero de la corona austro-húngara, se convirtió en el primer acontecimiento trágico de su vida y en el pistoletazo que dio inicio a la Primera Guerra Mundial. Durante la Segunda Guerra Mundial, la vida cotidiana continuó en la capital bosnia con normalidad bajo el régimen fascista del croata Ante Pavelic, un carnicero capaz de emular y superar las hazañas criminales de los nazis. Pero Gabriela no tenía dudas cuando afirmaba que su tercera guerra, el llamado cerco de Sarajevo, fue “la más horrible y cruel” y acusaba a los radicales de destruir la convivencia étnica.
Pudo elegir un exilio dorado en la costa de Split junto a su hermana, pero prefirió quedarse en la capital bosnia y vivir su asedio durante 1.260 días. Encerrada en las habitaciones más seguras de su casa fumaba un cigarro tras otro, bebía café turco mientras completaba un puzzle de 4.000 piezas y se sobreponía al calvario diario con un humor extraordinario. Como si simbolizase el combate de los vivos contra la muerte. La volví a ver en Split en 2002 pocos meses antes de su muerte. Con su cigarrillo y su tacita de café. Sus restos fueron trasladados a su amada Sarajevo en cumplimiento de su última voluntad.
Al poeta y novelista Abdulah Sidran le fotografié en la ventana de su casa leyendo Oslobondeje, el diario que era tan importante como el pan, porque me aseguró que era su postura habitual durante varias horas al día. Era consciente de que su mundo había quedado reducido a pocas calles, pero no se sentía un perdedor. Traducido a varios idiomas, Sidran era el responsable del guión de una película de culto, Papá está en viaje de negocios, de Emir Kusturica. Uno de sus tíos había sido asesinado en uno de los barrios ocupados por los radicales serbios, uno de sus sobrinos había muerto en un bombardeo y otro había perdido ambas piernas. Su mujer estaba refugiada en Zagreb y llevaba un año sin ver a su hija. “Fueron fascistas como los que nos bombardean hoy”, dijo al recordar el asesinato de Federico García Lorca. Estaba escribiendo un nuevo guión cinematográfico que luego se convirtió en El círculo perfecto, realizada después de la guerra, que fue candidata a la mejor película europea en 1997.

Edo Vosivcic, de cinco años, posa en la destruida biblioteca de Sarajevo con el brazo en cabestrillo en 1992.
A la derecha, el pequeño acompaña a los actores Imanol Arias y Carmelo Gómez en marzo de 1996, durante el rodaje deTerritorio Comanche.
En julio del 2002, Edo ya es un adolescente y en julio del 2008 se ha casado, tiene dos hijos, Beni, de 3 años, y Vanessa, de 2. Su esposa, Indira Kusionovic, espera el tercero para principios de este año.

Nalena Skorupan yace herida en una cama del hospital de Sarajevo. Es el 7 de enero de 1994, un día después de que su casa fuese alcanzada por el proyectil. Al día siguiente murió
y fue enterrada en el cementerio.
Un sepulturero aplana con una pala su tumba y la de su tía Mirsada Demirovic, que murió en la misma explosión.
Mirsad Demirovic, esposo de Mirsada y tío carnal de Nalena, visita las tumbas de ambas en octubre del 2008.











