11/01/2009
Con el cerco de Sarajevo en el alma
Texto y fotos de Gervasio Sánchez
El fotoperiodista Gervasio Sánchez fotografía los escenarios de la guerra y se reencuentra con las personas que conoció en el asedio

octubre del 2008 - octubre 1993
Varios coches permanecen aparcados muy cerca de unos cafés y un tiovivo. Durante la guerra, los niños usaban los coches destrozados como parque de diversión
Recuerdo una frase: “La literatura no es importante en tiempos de guerra. Lo moralmente aceptable es nuestra presencia en Sarajevo. Podríamos irnos, pero queremos ser testigos”. Y otra: “Las palabras son granos. Lo que escribamos ahora fructificará dentro de 50 años”. Cuando lo volví a encontrar 15 años después me saludó con gran efusividad. Le entregué las fotografías que les hice a él y a varios escritores en junio de 1993. Me señaló a Selim Arnaut, el más joven de aquella reunión con apenas 30 años. Recordaba una frase suya que me dejó un regusto amargo: “Desde que empezó la guerra pienso que sólo tengo cero años”. Me dijo apenado que las drogas lo habían destruido. Quince años después ya había acabado el cerco de Sarajevo, pero Selim seguía teniendo cero años y vivía otra guerra particular. El corazón de Sidran ha sufrido grandes sustos y largas operaciones. “He dejado el whisky y el tabaco, pero me he metido en la política”, comentó jocoso. Encabezaba la lista del partido oficialista musulmán, ganador de las municipales.
Mi amigo, el periodista Alfonso Armada, lo nombró el guardián de las cenizas. Edo Vosivcic tenía 5 años cuando el 26 de agosto de 1992 un diluvio de bombas incendiarias derritió el interior de la Biblioteca de Sarajevo, que albergaba dos millones de libros. Por suerte, los más valiosos, entre los que destacaban varios incunables, se salvaron. Varios días después del ataque, el pequeño Edo, de aspecto ratonil, nos guió por las ruinas de la biblioteca, reconvertidas en el lugar preferido de sus juegos. Las corrientes de aire levantaban oleajes de ceniza. Los anaqueles estaban repletos de libros ennegrecidos. Formaban grupos compactos, pero se desintegraban cuando apenas los acariciabas. En un viaje posterior lo visitamos en su casa. El niño nos saludó con el brazo en cabestrillo. Se lo había partido al despeñarse en el primer piso de la biblioteca. Se abalanzaba a nuestros cuellos y nos besaba emocionado cuando le dábamos chocolatinas o algún paquete de espaguetis, auténticos manjares en aquellos años de dolor.
En marzo de 1996 acompañé a Bosnia y Sarajevo al equipo de dirección y producción de Territorio Comanche, la película basada en un relato de Arturo Pérez Reverte. Edo se fotografió con los actores Imanol Arias y Carmelo Gómez. Las secuelas más visibles de la guerra se resumían en su permanente tartamudeo y unos dientes ennegrecidos. En julio del 2002, lo volví a visitar con motivo de un reportaje que conmemoraba el décimo aniversario del cerco sobre Sarajevo. Y en julio del 2008 me lo encontré en una situación muy penosa. Con apenas 23 años se había casado, tenía dos hijos, Beni, de 3 años, y Vanessa, de 2, y su mujer, Indira Kusionovic, esperaba el tercero para principios de este año. Su madre le había echado de su casa y le era imposible encontrar un trabajo. Vivía de la caridad de amigos y conocidos.
El daño de la guerra no sólo está explícito en la contundencia de las cifras de muertos, heridos, desaparecidos y huérfanos sino en las secuelas invisibles que yacen incrustadas en lo más recóndito de las mentes de los supervivientes a la espera de salir a la superficie cuando menos se espere.°
Mi amigo, el periodista Alfonso Armada, lo nombró el guardián de las cenizas. Edo Vosivcic tenía 5 años cuando el 26 de agosto de 1992 un diluvio de bombas incendiarias derritió el interior de la Biblioteca de Sarajevo, que albergaba dos millones de libros. Por suerte, los más valiosos, entre los que destacaban varios incunables, se salvaron. Varios días después del ataque, el pequeño Edo, de aspecto ratonil, nos guió por las ruinas de la biblioteca, reconvertidas en el lugar preferido de sus juegos. Las corrientes de aire levantaban oleajes de ceniza. Los anaqueles estaban repletos de libros ennegrecidos. Formaban grupos compactos, pero se desintegraban cuando apenas los acariciabas. En un viaje posterior lo visitamos en su casa. El niño nos saludó con el brazo en cabestrillo. Se lo había partido al despeñarse en el primer piso de la biblioteca. Se abalanzaba a nuestros cuellos y nos besaba emocionado cuando le dábamos chocolatinas o algún paquete de espaguetis, auténticos manjares en aquellos años de dolor.
En marzo de 1996 acompañé a Bosnia y Sarajevo al equipo de dirección y producción de Territorio Comanche, la película basada en un relato de Arturo Pérez Reverte. Edo se fotografió con los actores Imanol Arias y Carmelo Gómez. Las secuelas más visibles de la guerra se resumían en su permanente tartamudeo y unos dientes ennegrecidos. En julio del 2002, lo volví a visitar con motivo de un reportaje que conmemoraba el décimo aniversario del cerco sobre Sarajevo. Y en julio del 2008 me lo encontré en una situación muy penosa. Con apenas 23 años se había casado, tenía dos hijos, Beni, de 3 años, y Vanessa, de 2, y su mujer, Indira Kusionovic, esperaba el tercero para principios de este año. Su madre le había echado de su casa y le era imposible encontrar un trabajo. Vivía de la caridad de amigos y conocidos.
El daño de la guerra no sólo está explícito en la contundencia de las cifras de muertos, heridos, desaparecidos y huérfanos sino en las secuelas invisibles que yacen incrustadas en lo más recóndito de las mentes de los supervivientes a la espera de salir a la superficie cuando menos se espere.°

Abdulah Sidran, poeta, novelista y guionista de cine, lee el diario Oslobodenje sentado en la ventana de su casa durante el cerco de Sarajevo. La imagen está tomada en junio de 1993. En la fotografía en color, Abdulah Sidran lee un ejemplar del mismo periódico 15 años después, en octubre del 2008. El escritor es hoy un prominente político que ha encabezado el cartel electoral
del partido oficialista musulmán
del partido oficialista musulmán
de: Víctor Barrios Sokolovic | 27/01/2011
Me gustaria tener más información sobre Deznana Sokolovic, ya que mi abuelo Miller Sokolovic llego a Venezuela con su esposa Katarina Leninske y mi mamá de dos años porque no sabemos sus nietos si tenemos familiares en alguna parte del mundo.
de: Benjamín Menéndez Álvarez | 13/01/2009
De todo el horror de esta historia, es la muerte de la pequeña Nalena por inocente lo que más me ha conmovido, aunque problablemente es la que menos ha sufrido de todos las personas que en ella intervienen. El estilo de escribir del periodista le llega a uno al alma, le hace recapacitar.










