17/05/2009
La música española de aire universal
Isaac Albéniz
Texto de Jaume Collell
Fue intérprete precoz, compositor inspirado, autodidacta, cosmopolita, apasionado y hedonista. Murió hace un siglo, a los 48 años, fuera de España como Enric Granados y Manuel de Falla, a los que indica una nueva senda musical.

Albéniz se relacionó con los modernistas catalanes. Entre los numerosos trazos a lápiz y al carbón que Ramon Casas realizó a contemporáneos suyos destaca este retrato del compositor
Generoso genio
Además de ser el más calificado compositor de música española de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, Isaac Albéniz nos ofrece una figura apasionada y apasionante, cuya tumultuosa vida resume toda una época y un país. Su obra, exuberante, llena de gracia y pasión, es el más bello legado sonoro de la España romántica, llena de cantos y costumbres que él alcanzó a conocer en el apogeo de su espontaneidad, aunque también en el inicio de su declive. Fue un hombre de curiosidad universal y, sin haber pasado por las aulas de instituto o universidad alguna, llegó a hablar varias lenguas a la perfección y a tener una cultura que le dio acceso a las corrientes más avanzadas del arte de su tiempo, adelantándose, al final de su vida, a determinadas estéticas en la música europea, como el impresionismo, visible con ciertos momentos de Iberia, o el poswagnerismo, al componer óperas como Merlin y lo que ha quedado de Lancelot.
Su vida inquieta y ardorosa, como la definió su biógrafo Michel Raux Deledicque, le condujo desde la proximidad juvenil a Liszt, paradigma entonces del nacionalismo húngaro, hasta un arte propio, refinado y poderoso, que le llevaría, en París, a relacionarse con figuras del calibre de Chausson, Fauré, Dukas y Debussy. Allí, convencido de la necesidad de impulsar la música española hacia un nivel técnico y artístico que le permitiera insertarse en la modernidad y competir con la mejor música internacional, dio sabios consejos a los jóvenes Falla y Turina.
Su agudeza y simpatía eran proverbiales. Aún más su generosidad. En presencia de amigos, podía improvisar una y otra vez al piano y dejar aquellas maravillas sin pasar a la partitura. No molestaba a nadie para difundir sus obras, pero sí para ayudar a aquellos que él consideraba valiosos y no lograban estrenar. Así, tras dar a conocer en Praga su ópera Pepita Jiménez, intervino con discreción para lograr el estreno de Le roi Arthus, una ópera de su amigo Ernest Chausson que había sido rechazada en París. Por otra parte, el editor Breitkopf se negaba a publicar el emocionante y elevado Poème para violín de Chausson por considerarlo “demasiado moderno para agradar al público y para venderlo”. Albéniz no sólo subvencionó en secreto la edición sino que además pagó por adelantado algunos pretendidos derechos de autor para que Chausson creyese que Bretkopf había aceptado editar su obra.
Albéniz amaba la Barcelona modernista de Casas, de Rusiñol, de Pedrell, de Morera y de su querido Enrique Granados. Amó mucho su Cataluña natal y el País Vasco de su padre, pero se sintió fascinado por Andalucía, de donde provenía su abuelo materno. También se sentía atraído por Madrid, donde pasó su adolescencia y juventud y en cuyo conservatorio estudió piano. Tuvo una gran amistad con Chapí y Bretón. Vivió años entre Londres, París, Niza y Bruselas. Cruzó el Atlántico en varias ocasiones, y Cuba fue uno de sus lugares predilectos. Fue un español cabal, insobornable, que tuvo una certera visión de los males de su país. Lorca escribió un soneto ante su tumba en el cementerio Nuevo de Montjuïc, en Barcelona. Uno de sus versos lo define bien: “¡Oh música y bondad entretejida!”
Alberto Ruiz-Gallardón
Alcalde de Madrid
Además de ser el más calificado compositor de música española de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, Isaac Albéniz nos ofrece una figura apasionada y apasionante, cuya tumultuosa vida resume toda una época y un país. Su obra, exuberante, llena de gracia y pasión, es el más bello legado sonoro de la España romántica, llena de cantos y costumbres que él alcanzó a conocer en el apogeo de su espontaneidad, aunque también en el inicio de su declive. Fue un hombre de curiosidad universal y, sin haber pasado por las aulas de instituto o universidad alguna, llegó a hablar varias lenguas a la perfección y a tener una cultura que le dio acceso a las corrientes más avanzadas del arte de su tiempo, adelantándose, al final de su vida, a determinadas estéticas en la música europea, como el impresionismo, visible con ciertos momentos de Iberia, o el poswagnerismo, al componer óperas como Merlin y lo que ha quedado de Lancelot.
Su vida inquieta y ardorosa, como la definió su biógrafo Michel Raux Deledicque, le condujo desde la proximidad juvenil a Liszt, paradigma entonces del nacionalismo húngaro, hasta un arte propio, refinado y poderoso, que le llevaría, en París, a relacionarse con figuras del calibre de Chausson, Fauré, Dukas y Debussy. Allí, convencido de la necesidad de impulsar la música española hacia un nivel técnico y artístico que le permitiera insertarse en la modernidad y competir con la mejor música internacional, dio sabios consejos a los jóvenes Falla y Turina.
Su agudeza y simpatía eran proverbiales. Aún más su generosidad. En presencia de amigos, podía improvisar una y otra vez al piano y dejar aquellas maravillas sin pasar a la partitura. No molestaba a nadie para difundir sus obras, pero sí para ayudar a aquellos que él consideraba valiosos y no lograban estrenar. Así, tras dar a conocer en Praga su ópera Pepita Jiménez, intervino con discreción para lograr el estreno de Le roi Arthus, una ópera de su amigo Ernest Chausson que había sido rechazada en París. Por otra parte, el editor Breitkopf se negaba a publicar el emocionante y elevado Poème para violín de Chausson por considerarlo “demasiado moderno para agradar al público y para venderlo”. Albéniz no sólo subvencionó en secreto la edición sino que además pagó por adelantado algunos pretendidos derechos de autor para que Chausson creyese que Bretkopf había aceptado editar su obra.
Albéniz amaba la Barcelona modernista de Casas, de Rusiñol, de Pedrell, de Morera y de su querido Enrique Granados. Amó mucho su Cataluña natal y el País Vasco de su padre, pero se sintió fascinado por Andalucía, de donde provenía su abuelo materno. También se sentía atraído por Madrid, donde pasó su adolescencia y juventud y en cuyo conservatorio estudió piano. Tuvo una gran amistad con Chapí y Bretón. Vivió años entre Londres, París, Niza y Bruselas. Cruzó el Atlántico en varias ocasiones, y Cuba fue uno de sus lugares predilectos. Fue un español cabal, insobornable, que tuvo una certera visión de los males de su país. Lorca escribió un soneto ante su tumba en el cementerio Nuevo de Montjuïc, en Barcelona. Uno de sus versos lo define bien: “¡Oh música y bondad entretejida!”
Alberto Ruiz-Gallardón
Alcalde de Madrid
de: Menchu | 08/06/2009
Lo del piano no me lo creo.







