15/11/2009
Un siglo de gripe
Texto de Marta Ricart
¿Cuánto ha cambiado la sociedad española desde la mortífera epidemia mundial de gripe de 1918 o las de 1957 y 1968 hasta la de este año? Una mirada histórica, buceando en archivos, en la memoria de supervivientes y en investigaciones de especialistas, muestra cómo se vivieron esas amenazas sanitarias y qué guarda en común con ellas la gripe A.
Ni se podía velar a los muertos
Anxo Lugilde
Foto de Iñaki Abella
“Moría tanta gente que, según fallecían, los llevaban a la capilla del cementerio para enterrarlos y evitar que la infección se extendiese. No se podía hacer velatorios”, explica Rosa Martínez Casais, nacida en Celanova (Ourense) en 1900 y testigo de todo el siglo pasado. Hija de un cirujano y de familia acomodada, Rosa cuenta de la gripe de 1918 que era un tiempo en el que “salíamos poco, no había radio y apenas llegaban los periódicos”. En una ocasión fue con su hermana a dar el pésame a la familia de dos mujeres, “as reloxeiras”, que habían muerto por la pandemia. Después su hermana enfermó, aunque sobrevivió hasta que falleció de tuberculosis.
Según Rosa, en su pueblo las leyendas proliferaban: se decía que, fruto de las prisas por sepultar a las víctimas, a un hombre le enterraron vivo. En Portosilva, aldea del municipio de Xermade (Lugo), los campesinos creyeron que había una parra cuyas uvas transmitían el virus, ya que las había comido un cura que se contagió. “Nadie las quería. Yo no las comí, pero tuve que aguantar la gripe”, señala Manuela Carballo Solmo, nacida en 1902.
El testimonio de Manuela contrasta con el de Rosa. Revela que aunque la gripe atacó a todos los estratos sociales, los grados de exposición eran distintos. En casa de Manuela se vivía la pandemia como una amenaza muy próxima: “Decían que viene la gripe. Le teníamos mucho miedo, porque era muy diferente a los catarros”, asegura. Llegó e infectó a Manuela, y a su hermana, que había dado a luz un mes antes. Pasó dos semanas en cama. Le daban agua hervida con eucalipto. “No teníamos medicinas. Entonces vivíamos sin nada, casi como animales”, dice Manuela. Mientras su hermana tardó más en recuperarse, ella logró ponerse en pie para ayudar a su madre. Lo que tiene más presente son “los dolores de cabeza, eran muy fuertes”.
Avelino Pousa Antelo, veterano militante del galleguismo de la Segunda República, tenía sólo cuatro años en 1918. Se libró de la gripe, que sí alcanzó a su madre. “Le daban lo que llamábamos ‘la sustancia’, un caldo de gallina”, rememora. Asegura que en los años posteriores no se paró de hablar de la gripe: “Se decía que en el momento más duro en todas las parroquias de mi zona (la comarca coruñesa de A Barcala) había dos o tres entierros al día”.
La madre de Avelino sobrevivió. No tuvo igual suerte la de otra vecina de Sarria (Lugo) que se quedó huérfana al nacer. La bautizaron con el nombre de Agripina, recuerdan sus compañeras de escuela. Por la gripe, claro.
Anxo Lugilde
Foto de Iñaki Abella
“Moría tanta gente que, según fallecían, los llevaban a la capilla del cementerio para enterrarlos y evitar que la infección se extendiese. No se podía hacer velatorios”, explica Rosa Martínez Casais, nacida en Celanova (Ourense) en 1900 y testigo de todo el siglo pasado. Hija de un cirujano y de familia acomodada, Rosa cuenta de la gripe de 1918 que era un tiempo en el que “salíamos poco, no había radio y apenas llegaban los periódicos”. En una ocasión fue con su hermana a dar el pésame a la familia de dos mujeres, “as reloxeiras”, que habían muerto por la pandemia. Después su hermana enfermó, aunque sobrevivió hasta que falleció de tuberculosis.
Según Rosa, en su pueblo las leyendas proliferaban: se decía que, fruto de las prisas por sepultar a las víctimas, a un hombre le enterraron vivo. En Portosilva, aldea del municipio de Xermade (Lugo), los campesinos creyeron que había una parra cuyas uvas transmitían el virus, ya que las había comido un cura que se contagió. “Nadie las quería. Yo no las comí, pero tuve que aguantar la gripe”, señala Manuela Carballo Solmo, nacida en 1902.
El testimonio de Manuela contrasta con el de Rosa. Revela que aunque la gripe atacó a todos los estratos sociales, los grados de exposición eran distintos. En casa de Manuela se vivía la pandemia como una amenaza muy próxima: “Decían que viene la gripe. Le teníamos mucho miedo, porque era muy diferente a los catarros”, asegura. Llegó e infectó a Manuela, y a su hermana, que había dado a luz un mes antes. Pasó dos semanas en cama. Le daban agua hervida con eucalipto. “No teníamos medicinas. Entonces vivíamos sin nada, casi como animales”, dice Manuela. Mientras su hermana tardó más en recuperarse, ella logró ponerse en pie para ayudar a su madre. Lo que tiene más presente son “los dolores de cabeza, eran muy fuertes”.
Avelino Pousa Antelo, veterano militante del galleguismo de la Segunda República, tenía sólo cuatro años en 1918. Se libró de la gripe, que sí alcanzó a su madre. “Le daban lo que llamábamos ‘la sustancia’, un caldo de gallina”, rememora. Asegura que en los años posteriores no se paró de hablar de la gripe: “Se decía que en el momento más duro en todas las parroquias de mi zona (la comarca coruñesa de A Barcala) había dos o tres entierros al día”.
La madre de Avelino sobrevivió. No tuvo igual suerte la de otra vecina de Sarria (Lugo) que se quedó huérfana al nacer. La bautizaron con el nombre de Agripina, recuerdan sus compañeras de escuela. Por la gripe, claro.
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