31/01/2010

Catástrofes en los clásicos

Texto de José Enrique Ruiz-Domènec
La naturaleza demuestra a menudo que su fuerza es imparable para el hombre, por mucho que avance la sociedad. A lo largo de la historia, inundaciones, terremotos, incendios, tsunamis han asolado territorios, como ahora Haití, ante la impotencia de sus habitantes. Fenómenos naturales que durante siglos han provocado a la vez miedo y fascinación, han inspirado a artistas y alimentado leyendas.
San Francisco
Vista de la ciudad  estadounidense tras el azote del terremoto registrado el 18 de abril de 1906

Frente al poder de la naturaleza, el hombre se encuentra desamparado. Los desastres naturales provocan miedo a la vez que fascinación por el misterio que rodea a las erupciones volcánicas, terremotos, tsunamis, inundaciones, incendios, motivo por el cual ha estimulado la imaginación de novelistas, pintores, poetas, y ha llegado incluso hasta la cultura de la disaster story, a la que es tan sensible el cine de Hollywood. El seísmo que se registró hace unas semanas en Puerto Príncipe ha sido contado a través de la experiencia de muchos testigos: qué pensaban en medio de los escombros de una ciudad asolada, qué sentían ante el horror, qué decían al ver su vida truncada, qué clase de ayuda esperaban recibir. Y es que la historia de las catástrofes es una tragedia de lo común, a la que a menudo se le ha buscado una explicación en los designios divinos, como hizo la Biblia al describir la legendaria destrucción de Sodoma y Gomorra, dos ciudades devastadas por un terremoto en la falla tectónica del mar Muerto.

EN EL LABERINTO DE CNOSSOS
Esta historia conduce a la isla de Santorini, situada a unos cien kilómetros al norte de Creta, en la época que esta isla era la sede de la poderosa talasocracia minoica, cuna de la civilización mediterránea durante la edad del bronce. Allí, en el año 1628 a.C., se produjo una explosión volcánica con elevación de una columna eruptiva de unos 36 kilómetros. Le siguió una nube de polvo, tormentas eléctricas, terremotos, tsunamis, crepúsculos espectaculares producidos por la refracción solar en la ceniza volante, enfriamiento climático, unos efectos que alcanzaron la costa de Egipto. El papiro de Ipuwer, un documento de la XVIII dinastía conservado en el museo de Leiden, señala: “La plaga se extiende por toda la Tierra. El río está rojo. ¡Que cese el ruido de la Tierra! Los granos han muerto por doquier. La Tierra está sin luz”.

EL MITO DE LA ATLÁNTIDA
La leyenda de las civilizaciones sumergidas se estimuló a raíz de la destrucción de la ciudad costera griega de Hélice, a pocos kilómetros de Patras, en el golfo de Corintio. En el año 373 a.C., durante la noche, según el informe del geógrafo Estrabón, se produjo un terremoto seguido de un tsunami que provocó la total inmersión de la ciudad. Sus habitantes perecieron ahogados, y su silueta se perdió hasta que los arqueólogos subacuáticos descubrieron sus restos. Este hecho indujo a los griegos a confirmar la creencia sobre una isla que desapareció tragada por el mar y que el filósofo Platón identificó, en el Timeo y el Critias, con la Atlántida. El mito encajaba difícilmente con un hecho concreto, pues muchas ciudades griegas habían sido anegadas por tsunamis provocados por terremotos, pero afianzó la creencia en la gran civilización hundida, presente en novelas como El eterno Adán de Julio Verne.

Lisboa
Pintura que recrea los daños causados en la capital portuguesa por un terremoto en 1755. El epicentro se hallaba a cientos de kilómetros al sudoeste de Lisboa. Los incendios y el tsunami resultante se cobraron miles de vidas humanas

ESTÉTICA DE UNA CATÁSTROFE
La destrucción de Pompeya y Herculano el 24 de agosto del 79 d.C. es el desastre más recreado de todos los tiempos. Plinio el Joven fue su testigo de excepción, ya que desde el promontorio de Miseno, una de las dos puntas del golfo de Nápoles, contempló cómo su tío Plinio el Viejo capitaneaba la flota que fue en ayuda de las desgraciadas poblaciones, con resultados fatales para él, pues pereció en el intento. En dos cartas dirigidas al historiador Tácito describió los pormenores de la erupción y sus efectos “tal como lo vi, o tal como oí relatar inmediatamente después de sucedido”. Al respecto dice: “La ceniza caía en las naves, cada vez más caliente y más densa, y también pedruscos y piedras ennegrecidas quemadas y rajadas por el fuego, al paso que el mar se abría como un vado y las playas se veían obstaculizadas por los cascotes”. El interés moderno por esta catástrofe comenzó al descubrirse los restos de Herculano en 1709 y de Pompeya en 1748. El anticuario inglés William Hamilton describió la erupción del Vesubio, y Joseph Weight realizó más de 30 dibujos sobre el mismo asunto. La pintura de Pierre Henri de Valenciennes de 1813 es un hito en su recreación, a la que le siguió la de John Martin y culminó la gigantesca tela (6 x 4 metros) del pintor ruso Karl Brullov, en cuyas imágenes se inspiraría Edward-Bulwer-Lytton para escribir Los últimos días de Pompeya, un best seller en su época y fuente de inagotables guiones de películas.

LOS TURCOS EN EUROPA
No fue una erupción volcánica sino un terremoto lo que destruyó la ciudad portuaria bizantina de Gallípoli, en el Quersoneso, el 2 de marzo de 1354. Este cataclismo, que cambió la historia de Europa, ocurrió en medio de una guerra civil entre el emperador Juan VI Cantacuzeno y la familia de los Paleólogos. Los turcos aprovecharon la circunstancia para ocupar la ciudad que había sido abandonada por sus habitantes, edificando muros, fortificaciones y un arsenal a gran velocidad ya que su emplazamiento, junto al mar, era idóneo como punto de partida de nuevas conquistas. Era la primera ciudad europea turca; luego siguieron muchas más. Un terremoto había hecho posible este paso decisivo en la islamización de la vida urbana de la región. Los recién llegados trajeron con ellos su fe, sus lugares de culto (las mezquitas) y las instituciones características de su forma de vida. Los sonidos del culto cristiano, campanas, procesiones y fuegos artificiales de Pascua fueron sustituidos por el canto del muecín, las procesiones triunfales y el disparo de cañones ante la llegada de algún barco.

Nápoles
Una densa columna de humo y cenizas tras una de las numerosas erupciones del volcán Vesubio, frente a la bahía de Nápoles, el 26 de abril de 1872

HISTORIA DE AMOR ENTRE RUINAS
El lunes 13 de mayo de 1647 tuvo lugar en Santiago de Chile un seísmo que acabó con la vida de novecientas personas de un total de cuatro mil y destruyó la ciudad colonial española. Un testigo del cabildo catedralicio lo describió: “Con tanto estruendo, fuerza y movimiento que al punto que comenzó a temblar, comenzaron a caer los edificios que se habían hecho en el discurso de más de cien años, y con notable sentimiento en toda la ciudad, ni en su jurisdicción, no quedó ninguno chico ni grande que no se hubiese de habitar, después de remendado, con grandísimo riesgo”. El efecto fue poderoso ya que, días después, intensas lluvias cayeron sobre la ciudad y agravaron las pésimas condiciones de salubridad. Dos mil personas fallecieron en las semanas siguientes, víctimas de la epidemia de chabalongo, nombre que se le daba al tifus. El seísmo alcanzó su aura legendaria con el escritor romántico Heinrich von Kleist cuando en su cuento El terremoto de Chile situó la acción en medio de este suceso: el relato es una severa crítica sobre los prejuicios y la superstición a la que vez que una bella historia de amor donde la verdad triunfa sobre la intolerancia religiosa.

EL DEBATE DE LA RAZÓN
Cuando Europa se recuperaba de la guerra de Sucesión austriaca, se produjo el terremoto de Lisboa. Sucedió a las nueve y media de la mañana del 1 de noviembre de 1755, y al movimiento de la tierra siguió una ola de quince metros sobre la desembocadura del Tajo. El resultado: 24.000 muertos. Un castigo de Dios, se adelantó a decir el jesuita Gabriel Malagrida, que vio en esa ciudad la nueva Babilonia.
La respuesta de los filósofos ilustrados no se hizo esperar. Voltaire escribió un Poema sobre la destrucción de Lisboa donde dejaba claro la autonomía de la naturaleza. En el mismo sentido Kant escribió: “Es un grave error observar los desastres naturales como un castigo infligido a las ciudades devastadas en razón de sus crímenes y de considerar como objeto de la venganza de Dios estos infortunados sobre los cuales se ejerce la cólera de su justicia. Esta opinión supone sondear los designios de los decretos divinos e interpretarlos conforme a un juicio personal”. Hay que avanzar en la ciencia de la sismología, sugirió John Mitchell, el fundador de esta disciplina, conmocionado ante los dibujos de Jacques Philippe le Bas de una Lisboa completamente destruida.

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