03/10/2010

Alfred Hitchcock

Anatomía de un genio

Texto de LLuís Bonet Mojica
Un libro, que cuenta con la colaboración de su hija, Patricia, y que se presenta casi como un álbum familiar, aporta nuevas claves sobre Alfred Hitchcock, el cineasta que sabía demasiado.

Imagen poco habitual de Hitchcock, tomada en 1956 en su casa de Santa Cruz (California) bromeando con uno de los dos terriers Sealyham que tenía la familia

Empleando su habitual socarronería, el propio autor de La ventana indiscreta y Con la muerte en los talones lo había manifestado en diversas ocasiones: “Las películas son como la vida, pero suprimiendo las partes aburridas”. En otra ocasión, interrogado acerca de “¿qué significa el cine para usted?”, respondió: “El cine, para mí, son 400 butacas que llenar”. Sus películas llenaron millones y millones de butacas porque jamás aburrían.

Se basaban en una regla que suele olvidarse: las apariencias siempre engañan. En este sentido, se creía que se sabía todo sobre Alfred Hitchcock, pero probablemente faltase un libro que se adentrara, de modo práctico y directo, en lo que hay tras la leyenda y la obra artística del denominado Maestro del Suspense. Más allá, por supuesto, de los tópicos que el propio cineasta, excelente vendedor de sí mismo, supo alentar a lo largo de su dilatada trayectoria artística.

En el presente 2010 se cumplen 30 años de la muerte de Hitchcock y 50 del estreno en Estados Unidos de Psicosis, película que en 1960 relanzó su carrera en un Hollywood cambiante. Este doble aniversario coincide con la publicación en España de Los tesoros de Alfred Hitchcock, traducido del inglés por Natalia Galiana y editado por Libros Cúpula. Su autor es el documentalista francés Laurent Bouzereau, y el prólogo está firmado por Patricia Hitchcock, hija y única descendiente del cineasta, quien además ha facilitado fotografías inéditas de su padre. Una colaboración lógica: en el 2003, ella y Bouzereau colaboraron en la escritura de Alma Hitchcock. La mujer tras el hombre, sobre Alma Reville, la mujer que “no sólo fue su compañera de por vida, sino también una colega y la persona en quien más confiaba en materia cinematográfica”.

Sobre el creador de pesadillas fílmicas aún tan presentes en el imaginario colectivo como Vértigo y Rebeca existe una voluminosa bibliografía. Empezando por el imprescindible y tantas veces reeditado libro El cine según Hitchcock, en el que François Truffaut recopiló sus 52 horas de conversación –en agosto de 1962– con el maestro británico que tanto había seducido a los impulsores de la nouvelle vague, aquel revolucionario movimiento cinematográfico que el propio Truffaut abanderaba junto a Jean-Luc Godard y otros. Sin olvidar el estudio que otros dos líderes de aquel grupo renovador, el recientemente fallecido Claude Chabrol y Eric Rohmer, publicaron en 1957.

El reposo de quien aún no se había convertido en el maestro del suspense, fotografiado por Alma Reville en Suiza en 1923

Entre tanto volumen con pretensiones de gran profundidad teórica y tediosas reinterpretaciones de su cine, así como innumerables biografías que intentaban reflejar el lado oscuro que suelen tener los genios, el libro Los tesoros de Alfred Hitchcock destaca precisamente por su diafanidad expositiva. Supone una directa e inteligente aproximación a los significados presentes en la obra de Hitchcock. En este sentido, proporciona interesantes claves sobre la ambigua personalidad del cineasta y recorre no sólo sus películas más célebres, sino también algunas un tanto olvidadas, localizando significados que pueden impulsar al lector a revisarlas de nuevo y desde otra óptica, descubriendo secretos insospechados.

Alfred Joseph Hitchcock nació en Londres el 13 de agosto de 1899, apenas tres años más tarde de que los hermanos Lumière presentaran públicamente en París un nuevo y fascinante artilugio denominado cinematógrafo. Se habla mucho de las mujeres de Hitchcock, de su obsesión por las rubias, en una lista encabezada, naturalmente, por Grace Kelly, a la que el escritor Guillermo Cabrera Infante definió como “la más bella rubia de su colección”. Pero, sin duda, el alma de Hitchcock siempre fue Alma: “Quería ser, primero, director de cine; luego, el marido de Alma”.

Hija de un militar retirado, Alma Lucy Reville nació el mismo año y sólo un día después que Alfred Hitchcock, es decir, el 14 de agosto de 1899. En el capítulo Las mujeres de Hitchcock, Bouzereau recuerda que el primer encuentro entre ambos se produjo cuando el futuro cineasta se definía como un “errante chico de redacción al que todos pedían que se apartase de su camino”. En aquella época, “ella ya era montadora y ayudante de dirección, y se mostraba ligeramente estirada conmigo”. Por ello confesó que “no podía ver a Alma sin sentir algo de rencor”.

Un rencor que se desvaneció con el paso del tiempo o que tal vez se fue transformando en dependencia. La que Hitchcock sentía hacia Alma. En 1979, cuando el cineasta recibió el premio a toda su carrera del American Film Institute, su discurso de agradecimiento incluyó este homenaje personal: “Cuatro personas me han dado todo su cariño, su reconocimiento, sus ánimos y su constante colaboración.

La primera es una montadora cinematográfica, la segunda es una guionista, la tercera es la madre de mi hija Pat y la cuarta es la mejor cocinera que haya obrado milagros en una cocina doméstica, y el nombre de las cuatro es Alma Reville”. Pero –como se afirma en el libro– la sencillez de su relación y de su vida casera no se reflejaba en modo alguno en sus películas. Para la mayoría de sus personajes, el matrimonio o su relación eran muy complicados. Y esa complicación la aportaban las mujeres.

Hitchcock en Suiza en septiembre de 1923, en una foto tomada por la que sería su esposa, durante el rodaje de La sombra blanca, película de la que fue guionista y director artístico;

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