La ciudad del silencio
Matera

Al empezar el siglo XV, la mayoría de los cenobi del Rione Sassi dejaron de ser eminentemente rupestres, crecieron hacia fuera con construcciones de tufo y ocuparon lentamente el anfiteatro natural. La terraza de una casa es a menudo el techo de la que se encuentra debajo.
La visión del conjunto genera involuntariamente parentescos subjetivos con otras ciudades mediterráneas; la sensación inicial –un pasado lejano que se convierte en muy próximo– hace pensar sin duda en Jerusalén. El Palatino de la antigüedad, al lado del Foro de Roma, sigue una organización espacial similar. Una segunda mirada hace que se desvanezcan la sensación de que existen tales afinidades y se entiende que se trata de un fenómeno urbano muy singular: se perciben grutas transformadas en viviendas y se intuye la existencia de la ciudad rupestre. Las casas de volúmenes geométricos incrustadas en la falda del cañón continúan hacia el interior de la montaña hasta profundidades a veces difíciles de imaginar.
Las comunidades monásticas prosperaron hasta la mitad del siglo XVIII, rodeadas de una población creciente que hacía diversos trabajos para ellas. Coincidiendo con un cierto declive del poder de estas comunidades, la población de los alrededores se rebeló –lo que ahuyentó a los monjes– y ocupó gran parte de los cenobi, transformándolos en viviendas corrientes. En este empuje anticlerical, algún altar se convirtió en cocina y –como norma– las pinturas murales fueron blanqueadas con una capa de cal higiénica. Una vez pasado el momento de euforia, el barrio de los sassi volvió a la normalidad, dentro de las limitaciones supuestas por su propia configuración.

Matera conoció una cierta prosperidad al inicio del siglo XIX, hecho que permitió la implantación progresiva de una red de servicios urbanos básicos más al día, y se previo que la red incluyera al Rione Sassi también.
Paradójicamente, la población de los sassi –de origen rural en su mayoría– experimentó un verdadero boom a lo largo del siglo XIX y en la primera mitad del XX, pero de toda la ciudad, este era el sitio menos indicado para acoger una explosión demográfica. En consecuencia, se redescubrió un trogloditismo de necesidad, y nuevas excavaciones se impusieron como solución a la falta de espacio para vivir, mientras que las antiguas infraestructuras rústicas de los monjes se vieron convertidas en habitaciones o en espacios para cobijar a los animales domésticos. Al tiempo que el nuevo siglo XX llevaba el progreso a otros muchos lugares, las condiciones de vida en los sassi empeoraron de forma dramática. El planteamiento inicial de la red de servicios resultaba ya obsoleto. Y aunque se hubiera concluido, habría sido insuficiente para hacer frente a la insalubridad rampante, vinculada al crecimiento incontrolable del barrio rupestre; tampoco se vislumbraba ninguna manera razonable de llevar a cabo un proyecto mejor.
El boom inicial fue seguido por una pobreza creciente que afectó a la ciudad en su conjunto. La antigua urbe rupestre albergaba un número vertiginoso de habitantes, una muchedumbre viviendo en evidente promiscuidad. Las visitas, del rey Vittorio Emmanuele III en 1926 o la de Mussolini diez años después, no lograron cambiar nada, el rumbo de decadencia que se había impuesto en los sassi era aparentemente imparable. Hasta el punto de que intelectuales y políticos de todas las orientaciones empezaron a señalar este rione troglodita del Mezzogiorno como símbolo de una Italia pobre del pasado, una vergüenza nacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial, se puso en marcha una verdadera campaña política que desembocó en la implantación de una ley –en 1952– que disponía la evacuación forzada de los sassi. A lo largo de los años 50, una población de 16.000 personas los abandonó para ir a vivir a nuevos barrios construidos especialmente para acogerla. Para habitar en condiciones modernas, cierto, pero con la nostalgia de haber dejado atrás una vida mas próxima al mundo vernacular-rural de sus orígenes, y –para casi todos– con el problema novedoso de pagar un alquiler, aunque fuese modesto.
Los sassi quedaron completamente desiertos durante varias décadas. En cierto modo, la visión se acercaba aún más a la ciudad mítica del Mezzogiorno, tal como lo ha descrito Carlo Levi en su celebre libro Cristo se detuvo en Éboli, o como se percibe en el filme sobre este que Francesco Rosi rodó en 1979. Un lugar fascinante, que Pier Paolo Pasolini intentó también entender: su gran película El Evangelio según san Mateo fue filmada en 1964 en Matera, aportando un toque arcaico-oriental muy refinado, perceptible sobre todo en el Sasso Caveoso.
Hacia la mitad de los años 80, empezó a ganar terreno la idea de que los sassi constituyen un patrimonio precioso, que tenían que ser restaurados y conservados. Algunas leyes permitieron poner en marcha acciones de recuperación aisladas, llevadas a cabo por un grupo pequeño de arquitectos, artistas y artesanos que podían vivir in situ. Estas iniciativas condujeron a un éxito inesperado: en 1993, la zona fue declarada patrimonio de la humanidad y debidamente inscrita en la lista de la Unesco de sitios protegidos.
Como consecuencia de esta nueva notoriedad, las acciones de restauración recibieron un cierto empuje, y la comunidad que vivía allí creció. Matera se ha convertido poco a poco en un sitio de peregrinaje: se han habilitado algunas antiguas construcciones como confortables hoteles, y otras han sido reacondicionadas como viviendas. Para estas intervenciones se tiene en consideración el equilibrio ecológico para no volver a caer en los errores del pasado. Varios recorridos debidamente recomendados dan una visión completa del conjunto de cenobi, que, previsiblemente, se convertirá en un parque arqueológico.
Visitar I Sassi di Matera hoy es como hacer una incursión en aldeas desconocidas, un laberinto grandioso que parece fruto de la propia imaginación. El misterio está presente en cada esquina. De vez en cuando, un toque de color maravilloso interrumpe la monocromía del tufo en alguna de las innumerables iglesias rupestres que surgen a cada paso: los magníficos frescos de San Antonio Abate, San Donato, Santa Bárbara, San Giovanni in Monterrone, Santa Lucia alle Malve, San Pietro Barissano, San Biagio...







