Gettysburg
Por amor a la historia
La pasión por la lucha fratricida de la guerra civil americana lleva a miles de estadounidenses a revivir las batallas con gran realismo. El epicentro de esos rituales que muestran la crueldad del conflicto
es Gettysburg, en Pensilvania, lugar de una de las batallas más sangrientas y decisivas del combate entre Norte y Sur hace 144 años.

Boda real de dos actores aficionados que participan en la recreación de la batalla de tres días de Gettysburg, vestidos con los uniformes y trajes decimonónicos con los que actúan en una carpa instalada en la localidad de Pensilvania.
En la vida real, Matthew Ebersole es guardia de seguridad en una instalación militar de Maryland que investiga las armas biológicas. Pero hoy ejerce de experimentado cirujano en un hospital de campaña. Lleva un delantal con manchas rojas y tiene ante sí instrumentos quirúrgicos de hace más de un siglo, entre ellos una inquietante sierra. "Cuando nos llega un soldado herido…"
Ebersole, de 50 años, habla siempre en primera persona del plural. Explica con la autoridad del experto cómo se realiza una amputación. "Podemos hacerla en diez minutos", presume. El supuesto cirujano dispone de un maniquí para mostrar cómo anestesia usando cloroformo o éter. También cuenta con un variado surtido de brazos y piernas desmembrados, de plástico pero muy bien imitados, en los que enseña el tipo de corte que aplica y la sutura de las arterias para evitar la hemorragia.
Estamos en una granja de campos recién segados en Gettysburg (Pensilvania), bajo un sol de justicia, en el 144 aniversario de una de las batallas más cruciales de la guerra de Secesión estadounidense. Fue también aquí donde Abraham Lincoln pronunció su famoso discurso de exaltación universal de la libertad y del "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo".
A este paraje rural han acudido hoy unos 2.700 "reenactors" (recreadores) y 18.000 personas de público para revivir los combates y la forma de vida de 1863. No es un acontecimiento aislado ni una extravagancia insólita. En Estados Unidos existe una pasión muy extendida por estudiar la guerra de Secesión –ellos la llaman "la guerra civil americana"– y son frecuentes los espectáculos de recreación protagonizados por gente que cultiva esta afición con la misma intensidad que otros siguen los deportes o practican otros "hobbies". No cesan de publicarse libros y de producirse películas. Millones de personas visitan cada año Gettysburg, Manassas, Antietam, Fredericksburg y otros antiguos campos de batalla convertidos en parques nacionales, en museos al aire libre con excelentes programas didácticos.

Las recreaciones de las batallas de caballería son las más populares y las más arriesgadas.
La guerra de Secesión (1861-1865), provocada por la rebelión de once estados sureños, es el hecho más traumático de la historia estadounidense. Terminó con la victoria del Norte, liderado por Lincoln, y la abolición de la esclavitud. Fue una guerra muy sangrienta, con episodios apocalípticos. Sus horrores llegaron a la conciencia popular porque, por primera vez, la fotografía dejó testimonio. Las consecuencias para la economía y la sociedad del Sur fueron devastadoras. Todavía hoy algunos mantienen en el Sur una extraña nostalgia de la "causa perdida" que se refleja en la periódica controversia por la exhibición pública de la bandera confederada.
Ninguna otra contienda bélica ha tenido tanto impacto en la psique nacional. Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial. La guerra civil norteamericana ostenta un récord de muertos no superado en otras conflagraciones libradas: más de 600.000. En Gettysburg murieron 8.000 soldados y 3.000 caballos en sólo tres días. En Antietam la carnicería duró una jornada, aunque hubo más víctimas (3.600) que en el día D –el desembarco de Normandía–. El historiador Robert Penn Warren justificó el gran interés nacional en la guerra de Secesión porque "es nuestro periodo homérico".
En Gettysburg, el simulacro anual se prolonga durante tres días. Los recreadores, cautivados por la mística guerrera, lo celebran como un ritual. Acampan con sus unidades –unionistas y confederados– en tiendas de lona. Rige jerarquía militar. Visten ropas de época –chaquetas y pantalones de gruesa lana, pese al calor canicular– y usan muchos utensilios decimonónicos. El plástico es anatema. Duermen con mantas en vez de sacos de dormir. Hacen fuego con leña para cocinar. Los recreadores "hardcore" llegan incluso a someterse a dietas draconianas para adelgazar y ofrecer aspecto de soldados famélicos. Tienen prohibido usar cremas solares o ungüentos contra los mosquitos.

Recreadores con los uniformes de los confederados del Sur, que originalmente era gris pero se desteñía a una tonalidad tostada.
La primera batalla que se escenifica esta mañana es la de Hunterstown, de caballería. Los espectadores que han pagado la entrada más cara se sientan en unas largas tribunas. Otros usan sus propias butacas plegables traídas de su casa, las mismas que se ven cada fin de semana en los partidos de béisbol o fútbol de las ligas escolares. Muchos llevan prismáticos para no perderse detalle. Por medio de una batería de altavoces, un narrador va explicando los pormenores de la batalla real, datos sobre la estrategia militar, el armamento, los generales involucrados. "La caballería no podía quedarse en una posición durante demasiado tiempo por la sencilla razón de que cada caballo comía 13,5 kilos de hierba al día", afirma el cronista bélico.
Los jinetes recreadores realizan cargas y contracargas, se reagrupan, lanzan ataques laterales, chillan, disparan sus mosquetones y llegan a la lucha cuerpo a cuerpo con las espadas. En los simulacros de infantería, los soldados se dejan caer al suelo muertos o heridos. En las batallas de caballería no se permite tanto realismo porque podrían sufrir accidentes graves. Las explosiones de pólvora de los mosquetones y el bum de los cañonazos de la artillería provocan una atmósfera bastante fiel. La audiencia suda y se divierte.
"¿Qué es lo que empuja a alguien a hacer esto?", preguntamos, tras la batalla, al soldado federal Steve Kerry, de 37 años, que se gana la vida como programador informático en una empresa financiera de Baltimore. "Estamos chalados, ja, ja", bromea. Luego, más en serio, justifica su afición por razones familiares. Varios ancestros de Kerry lucharon en la guerra de Secesión en Michigan, Nueva York, Illinois e Indiana. "Lo hago en honor a su memoria –afirma–. Uno de ellos estuvo en la caballería de Michigan. Incluso conservamos cartas que escribió. Otro ancestro, de Nueva York, participaba en el ‘tren subterráneo’, la operación para ayudar a los esclavos a huir hacia el norte, a Canadá, a través del lago Erie. Otro familiar murió al dispararle un soldado de su propio bando. Para mí, pues, esa guerra es algo muy cercano a mi corazón. Así que me visto, salgo ahí al campo y sudo." Kerry, que participa en estas recreaciones desde hace doce años, encuentra otros motivos para explicar la fascinación de sus compatriotas por la contienda: "Es la guerra que solidificó el país, que nos hizo una sola nación, nos convirtió en superpotencia. Nuestras tácticas, nuestros cuidados médicos, las comunicaciones comenzaron con la guerra de Secesión. Es una parte muy importante de nuestra historia".







