09/12/2007

El rey que escribió su propia leyenda

Jaime I

Texto de Antonio Furió
El 2 de febrero se cumplirán 800 años del nacimiento de Jaume I, el rey conquistador que hizo fuerte a la Corona de Aragón y que extendió sus territorios por el Mediterráneo. Los avatares de este monarca medieval, que se mueven entre la historia y la leyenda, han llegado hasta nosotros gracias a la monumental crónica El llibre dels fets (El libro de los hechos), que el propio soberano escribió

Jaume I fue, ante todo, un rey guerrero, pero también político. Impulsó el desarrollo institucional y legislativo con la celebración regular de cortes y la promulgación de códigos jurídicos. Jaume I aparece presidiendo una sesión de cortes en una miniatura de los

Usatges i Constitucions de Catalunya, del siglo XIV
La leyenda de cómo fue concebido cuenta que cónsules y prohombres de Montpellier engañaron a su padre, el rey Pedro llevando a su lecho a su esposa en lugar de a su amante

Las mujeres de su vida
La intemperancia sexual marca la biografía de un monarca al que el Papa tuvo que llamar la atención más de una vez. Mientras todavía estaba casado con Violant de Hungría tuvo al menos tres amantes: Blanca de Antilló, Berenguera Fernández y Elvira Sarroca, madre del obispo Jaume Sarroca. Pero, sin duda, la figura femenina que llena la tercera parte del reinado de Jaume I, la de la madurez, es la navarra Teresa Gil de Vidaure, una viuda todavía joven con quien tuvo dos hijos. La relación duró diez años. Hasta que en 1265 el rey se dirige al pontífice para pedir la anulación –aduciendo la razón, seguramente falsa, de que Teresa había enfermado de lepra– y poder casarse con su nueva amante, la castellana Berenguela Alfonso. El Papa se opuso: aun reconociendo que el vínculo con Teresa no era un auténtico matrimonio, había sido consumado y bendecido con dos hijos, la lepra no era ninguna excusa para cambiar de esposa y su nueva amante era pariente suya en grado prohibido. La pretensión, por tanto, resultaba “contraria a Dios, abominable para los ángeles y monstruosa para los hombres”. Clemente IV sentenciaba inapelablemente: “Vencedor de tantos ejércitos, habéis sido vencido por vuestra propia carne”.
De la relación con Berenguela Alfonso se ha conservado el pacto de concubinato que contrataron ambos amantes, en el que el rey promete darle 30.000 morabatines de oro, “los cuales vos damos por razón del acostamiento que hacéis con nos e nos con vos”. Una suma fabulosa de la que salieron fiadores su propio hijo y heredero, el infante Pedro, y su yerno, el infante Manuel de Castilla.
Ya en su vejez, a los 61 años, Jaume I quiso emprender una cruzada a Tierra Santa. El Papa, aunque recibió la noticia con gozo, quiso que supiera que “el Crucificado no acepta las ofrendas de quien, manchándose con una unión incestuosa, lo crucifica nuevamente”. El monarca había calculado mal si pensaba que una empresa tan grandiosa como la recuperación del Santo Sepulcro borraría o compensaría los efectos de un pecado como la relación que mantenía con Berenguela Alfonso. Dios, en efecto, se encargó de mostrar con la tempestad que abortó el viaje a Palestina que él no lo veía del mismo modo. En todo caso, cuando el rey Jaume volvió
a tocar tierra, al cabo de poco más
de diez días de haber partido,
corrió a encontrarse con su amante.
Tanta concupiscencia es posible que la heredara de su padre, el rey Pedro el Católico, a quien su propio hijo acusa de haberse corrido una juerga la noche antes de la batalla de Muret, en la que murió y en la que se esfumó el sueño occitano de la Corona, el sueño de un estado a caballo de los Pirineos, desde el Ródano hasta el Ebro. Tras la derrota de Muret, el 12 de septiembre de 1213, la Corona de Aragón encauzaría ya de forma decidida su expansión hacia el sur peninsular, abandonando el Languedoc y la Provenza a la expansión francesa, la principal beneficiaria de la cruzada contra los cátaros occitanos que había servido de excusa a la ocupación y pillaje de las ciudades del sur por los violentos guerreros del norte, conducidos por Simón de Montfort.
Lo cierto es que Pedro el Católicoaborrecía a su esposa, María de Montpellier, y prefería la compañía de sus amantes. En su crónica, Jaume I es muy conciso sobre las circunstancias que precedieron a su concepción. Se limita a constatar que “nuestro padre el rey don Pedro no quería ver a nuestra madre la reina” y que una noche que ambos se encontraban en dos castillos cercanos, un noble cortesano consiguió que el rey visitase a la reina “y aquella noche quiso Nuestro Señor que nos fuésemos engendrado”. A pesar del laconismo de su exposición, Jaume I no deja de reconocer que debía su propia existencia más a la intervención divina que al amor de sus padres: “Cierto es que nuestro nacimiento se hizo por virtud de Dios, porque no se querían bien nuestro padre ni nuestra madre, y así fue voluntad de Dios que naciésemos a este mundo”.

Concepción tumultuosa
La leyenda del engendramiento de Jaume I ganaría muchos enteros con el cronista Ramon Muntaner, que convierte lo que hasta ahora había sido un asunto privado, íntimo, en un acontecimiento público, que no duda en calificar de milagro. Fueron los cónsules y prohombres de Montpellier quienes idearon la estratagema de engañar al rey llevando hasta su cámara a la reina en vez de a la amante que esperaba. La reina acudió de noche, a oscuras, acompañada en procesión de los doce cónsules de la ciudad, de otros doce prohombres, entre caballeros y ciudadanos, “de los mejores de Montpellier y de su baronía”, doce mujeres casadas y doce doncellas, dos notarios, abades, priores, el oficial del obispo, dos canónigos y cuatro frailes, todos con un cirio en la mano. Durante toda la noche, “mientras el rey y la reina estuvieron en su goce”, toda esta multitud estuvo arrodillada a las puertas de la habitación, con los cirios encendidos y en constante oración. Fuera del palacio, todas las iglesias de Montpellier estuvieron abiertas toda la noche para acoger a todo el pueblo que rogaba a Dios por el éxito de la empresa. Al llegar la mañana, la comitiva de cónsules y caballeros, barones y prelados, frailes y sacerdotes, damas y doncellas, siempre con el cirio en la mano y sin dejar de entonar oraciones, irrumpieron en la cámara “donde el rey estaba en el lecho con la reina”. El espectáculo debió de causar bastante efecto, y el rey, sobresaltado, saltó de la cama y empuñó la espada. No era para menos. Entonces todos se arrodillaron y, llorando, le descubrieron la verdad. Nueve meses después, la noche del 1 al 2 de febrero de 1208, día de la Candelaria, nació Jaume I.
Sobre Jaume I se han escrito ríos de tinta. Ya desde su propia época, empezando por los trovadores afectos que cantaban sus glorias, las conquistas de Mallorca, Valencia y Murcia, y también los desafectos, que le reprochaban haber abandonado Occitania a los franceses, haber dejado sin venganza la muerte de su padre. Cada época, cada generación, ha construido su propia visión del rey conquistador, en función de sus propios intereses y preocupaciones. Hacia finales del siglo XVII, más de cuatrocientos años después de la muerte del soberano, los campesinos valencianos sublevados durante la Segunda Germanía o, al cabo de pocos años, los maulets durante la Guerra de Sucesión al trono de España, se levantaron contra los derechos señoriales que les oprimían apelando a los privilegios y las franquezas concedidos por el monarca fundador a los primeros pobladores del reino, habitantes de una mítica y primigenia edad de oro. Y los liberales del siglo XIX veían en él un primer ejemplo ya de monarca constitucional, parlamentario, que tenía en cuenta a las cortes en el gobierno de sus reinos, y en los Furs de Valencia, su mejor obra, una constitución avanzada, progresista e incluso democrática, antes de que la monarquía absoluta, la monarquía borbónica, le pusiera fin.

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de: Alejandro Hurtado Julián | 27/10/2008
Nos debatimos entre la historia controlada de entonces y la descontrolada de hoy.
de: Ramon Mª Prat Ramon | 02/02/2008
Qué lejos está este esbozo del rey conquistador de cuanto aprendimos en el bachillerato de nuestro tiempo. Estamos asistiendo a una renovación de la historia de nuestro país que no debe extrañarnos, ni asombrarnos a los que vivimos en épocas de gran control estatal. De todas formas, como aconseja la prudencia, hay que saber leer entre lineas para poder llegar a un punto razonable de veracidad. Gracias por el artículo.

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5 de septiembre
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