17/02/2008
Operación Afganistan
Texto de Xavier Batalla
Un congresista texano bebedor y mujeriego, una explosiva multimillonaria y un agente de la CIA de origen griego iniciaron en 1980, en Afganistán, una de las más grandes operaciones secretas de la guerra fría. Los islamistas radicales, con la ayuda de la agencia estadounidense, derrotaron a los soviéticos en Afganistán en un conflicto que no provocó debates en el Congreso ni protestas en la calle. Esta es la rocambolesca historia de la guerra de Charlie Wilson, en la que Osama bin Laden hizo sus primeros pinitos como yihadista

Un muyaidín en las montañas de Afganistán en 1989. A principios de esa década, Estados Unidos diseñó una plan para que no se desvelara que proveía de armamento a los guerrilleros musulmanes
Charlie Wilson (interpretado por Tom Hanks en la película La guerra de Charlie Wilson) había entrado en la Cámara de Representantes como un elefante en una cacharrería. Una de sus primeras iniciativas fue la defensa de Anastasio Tacho Somoza, dictador nicaragüense, que fue descabalgado por la revolución sandinista de 1979. El presidente Jimmy Carter trató de suspender la ayuda económica anual de 3,1 millones de dólares que Estados Unidos suministraba al dictador, pero Wilson, subrayando que Somoza era “el aliado anticomunista más antiguo de América Central”, se opuso con éxito a la iniciativa.
En julio de 1977, el entonces jefe del ejército pakistaní, general Zia Ul Haq, encabezó un golpe. Dos años después, Ul Haq ahorcó a Zulfiqar Ali Bhutto, el presidente depuesto y padre de Benazir Bhutto, y Carter suspendió la ayuda económica a Pakistán. Wilson entró en escena tres años más tarde con un viaje a la capital pakistaní para entrevistarse con el general-presidente. De este encuentro, el congresista regresó convencido, según su compañera, Joanne Herring (interpretada por Julia Roberts), una ardiente y multimillonaria conservadora dedicada más en cuerpo que en alma a la recaudación de fondos para los islamistas afganos desde su cargo de cónsul honoraria de Pakistán y Marruecos en Houston. Y cuando Ronald Reagan derrotó electoralmente a Carter en 1980, Wilson logró que se reanudara la ayuda a Pakistán.
Los fundadores de Pakistán no organizaron un Estado islámico, pero sus herederos no tardaron en tocar la fibra islámica, con la esperanza de conjurar el desgaste del poder. Habida cuenta de que el islam es el único factor de unidad en un país fracturado en etnias rivales, los dirigentes pakistaníes no titubearon en instrumentalizarlo. Pero fue en un contexto geoestratégico en el que el ejército pakistaní animó, organizó y ayudó a los yihadistas enviados a Cachemira, la manzana de la discordia con India, y a Afganistán. En 1947, Afganistán votó en contra de la admisión de Pakistán en la ONU. Era la época en la que la monarquía afgana, que no aceptaba que Pakistán conservara en su flanco occidental las zonas pastunes que le habían amputado los británicos, atizaba el irredentismo de esa tribu. Y Pakistán, que ya había perdido su parte oriental, hoy Bangladesh, comenzó a obsesionarse con las reivindicaciones nacionalistas afganas. Por eso Zia Ul Haq se dejó convencer por Wilson de que era posible expulsar a los soviéticos de Afganistán para instalar en el poder a sus aliados, los talibanes, pastunes integristas y no nacionalistas, es decir, sin reivindicaciones territoriales.
Wilson dio después con el hombre adecuado, en el lugar apropiado y en el momento justo para ejecutar su plan. En la CIA, el contacto de Wilson fue Gust Avrakotos (interpretado por Philip Seymour Hoffman), hijo de un inmigrante griego. Avrakotos ingresó en la CIA en 1961 y fue destinado después a Atenas, donde permaneció hasta 1978. Wilson encontró en este agente el hombre de acción que necesitaba para su plan afgano. Y la otra pieza, la afgana, fue Gulbuddin Hikmattyar, un señor de la guerra que se convirtió, gracias a sus buenas relaciones con los servicios de inteligencia pakistaníes (ISI), en el depositario de las armas entregadas por la CIA.
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