11/05/2008

La guerrilla que soñó con derrotar a China

Tíbet

Texto de Rafael Poch
Hace medio siglo, después de que la resistencia armada tibetana fuera aplastada por los chinos
en Tíbet, la CIA organizó una guerrilla de 2.400 hombres en Mustang, un remoto y aislado valle
de Nepal fronterizo con Tíbet. Aquella base de operaciones se mantuvo durante catorce años, hasta 1974, y contó con el consentimiento del Dalai Lama. Esta es la primera parte del viaje al escenario de este ejército secreto del Himalaya.

Jóvenes tibetanas entregan flores a los soldados chinos que acaban de invadir Tíbet, el 16 de abril de 1959, después de que los tibetanos fuesen obligados a rendirles homenaje

Desde 1954, un flujo constante de refugiados khampas comenzó a llegar a Lhasa, huyendo de las reformas en Kham. Traían consigo sus armas y el odio hacia los chinos
Los soldados amables
Cuando los soldados del Ejército Popular de Liberación entraron en el pueblo de Dhunkhung, distrito de Nyarong, provincia de Sichuan, Aten tenía 35 años. A lo largo de su vida, había visto llegar y marcharse a sucesivos soldados y funcionarios chinos, casi siempre corruptos y saqueadores. “Los rojos fueron los primeros soldados chinos que vi que no saqueaban ni violentaban a la población, eran corteses y abandonaban la fila para ayudar a los campesinos en la cosecha u otras labores, una agradable novedad.” Aten fue seleccionado para asistir a los cursos de la universidad de las minorías en Chengdú, como parte de los programas comunistas para crear cuadros nacionales. Mientras se encontraba allá, en todo Kham comenzaba la reforma, primero, con la confiscación de las armas, que para los khampas formaban parte del vestuario y la identidad de un hombre; luego, con las expropiaciones y las colectivizaciones, que destruían de forma incomprensible el orden tradicional, por no hablar de las ‘sesiones de lucha’ (thamzing), en las que los vecinos y los parientes debían denunciarse entre sí, y en las que monjes y gente respetable de la comunidad era maltratada e incluso asesinada públicamente. Cuando Aten regresó a su pueblo, la vida había cambiado por completo.
“Los chinos habían catalogado a mi familia como ‘propietaria de siervos’ y habían confiscado casi todo mi patrimonio; toda mi reserva de grano, mi ganado, los caballos e incluso las joyas de mis esposas (Aten tenía dos mujeres, algo habitual). Nuestra familia poseía un gran caldero de cobre suficiente para hacer té para doscientas personas. Lo usábamos en las grandes ocasiones, en las fiestas o cuando grandes congregaciones de monjes acudían a casa. También eso se lo habían llevado. Confiscaron hasta una colcha que había comprado en la cooperativa china. Nos dimos cuenta de que todo eso no era más que el principio de nuestros problemas…”
Una noche de 1958, Aten escapó de su pueblo con una partida de familiares, parientes y amigos. El grupo estaba compuesto por sesenta personas, incluidas mujeres y niños, con sólo diez hombres armados con cuatro rifles y escasa munición. “Habíamos oído que en las regiones más altas había un grupo de guerrilla mas grande e intentábamos contactar con ellos.” La guerrilla era algo parecido a una errante tribu apache, mal armada y abastecida, de 1.500 personas, cargada de mujeres, ancianos y niños, que frecuentemente vivía del saqueo. Sus ataques a las fuerzas chinas eran despiadados: no se tomaba prisioneros. Con el tiempo, el acoso del ejército se hizo cada vez más irresistible.
La partida de Aten duró dos años, a lo largo de los cuales sus familiares y amigos fueron cayendo. En 1959, el grupo fue rodeado una noche mientras dormía por una unidad de caballería y fue aniquilado. Aten perdió aquella noche a todos los suyos, sus dos mujeres y su única hija pequeña, que murió en sus brazos y a la que tuvo que abandonar con un balazo en el vientre. Él mismo escapó de milagro con tres balas en el cuerpo, pero aún capaz de cabalgar. Días después, la partida de Aten cruzó la frontera con Nepal. De sus 1.500 integrantes sólo habían sobrevivido 170.
El resumen que Aten hace de su vida recuerda al de un jefe indio americano evocando el colapso que supuso la llegada de los blancos a sus tierras: “La de Nyarong era una tierra bella, y nuestra vida allá, aunque simple y dura, era feliz. Entonces vinieron los chinos. Al principio, con bonitas palabras y plata brillante; luego, con armas y muerte. Me arrebataron mis campos, mis animales y mi casa. Saquearon y profanaron los templos y los monasterios en los que rezaba. Como una plaga, aniquilaron a mis amigos, parientes, a los lamas, a todos aquellos que me eran caros. En una estepa helada cubierta por una leve capa de nieve que arrastraba el viento, dejé abrigados en pos de mí los cadáveres, acribillados a balazos de mi familia y de mi única hija pequeña. Me vi forzado a vivir en las montañas como un animal salvaje, moviéndome de noche y escondiéndome de día, como un ladrón. El hambre, la sed el agotamiento y el dolor fueron mis permanentes compañeros. Ahora soy un anciano, la edad me ha robado toda mi fuerza, y el destino me ha robado todo lo que amaba”.
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de: Gabi Martínez | 26/05/2008
Un estupendo reportaje para contextualizar un conflitco sobre el que se habla demasiado sin saber.
31 de agosto
31 de agosto

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