30/03/2008

El estigma imborrable

Okinawa

Texto de Rafael Poch
El 1 de abril de 1945 se inició en la isla de Okinawa una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial, que causó la muerte a 150.000 civiles, 66.000 soldados japoneses y 14.000 estadounidenses. La isla sigue hoy ocupada por 50.000 norteamericanos, y los desmanes de los soldados afloran cada vez con mayor frecuencia, mientras se extiende una corriente pacifista. Japón pretende además borrar de los libros de texto parte de su historia más oscura, como los suicidios inducidos de sus propios ciudadanos.

Soldados estadounidenses asisten a un herido en Okinawa. Los combates causaron la muerte a 66.000 soldados japoneses  y 14.000 estadounidenses

Reescribir la historia
Toda esta épica militar palidece al lado de la masacre de la tercera parte de la población civil de la isla: 150.000 inocentes (con la tercera parte de los 350.000 supervivientes heridos) que fueron destrozados por las bombas, abrasados por los lanzallamas y las granadas de mano de los soldados americanos en el interior de las cuevas en las que se habían refugiado, o asesinados, o fueron forzados al suicidio por el propio ejército japonés, sin duda el aspecto más actual y significativo de aquel drama.
El ejército japonés no permitía que los civiles se entregaran y repartió granadas a la población con la consigna “la primera la arrojas contra el enemigo, y la segunda es para ti”. A Shigeaki Finjo y a su hermano, los soldados les dieron granadas para que mataran a sus familias. La mayoría eran defectuosas y no explotaban. Vieron al jefe del distrito arrancar una rama de árbol y matar a palos a su esposa e hijos y siguieron el ejemplo con su propia madre y sus hermanos. “Mi hermano mayor y yo matamos a la madre que nos dio la vida”, dice Shigeaki Finjo con emoción. “Si los soldados japoneses no hubieran estado allá, nunca habría habido suicidios masivos”, afirma. En varios casos la población huía y acabó llegando a los acantilados, “empujada desde tierra y ametrallada desde el mar”. Desde los barcos, los americanos fotografiaron cómo la gente se arrojaba al vacío. No puede llamarse suicidas voluntarios a quienes murieron a consecuencia de la coerción. Era una época en la que era imposible rechazar una orden de morir dictada por el ejército imperial. Equivalía a una orden del emperador y estaba en línea con el código de honor del ejército (senjinkun), que decía: “No sobrevivas a la humillación de convertirte en prisionero”. “Decenas de miles” de los 150.000 civiles muertos en Okinawa lo fueron por suicidio inducido.
Hoy, los nuevos militaristas de Tokio que embellecen las atrocidades del ejército imperial en China y Corea mantienen la misma actitud hacia su propia población. En marzo del 2007, el Ministerio de Educación japonés anunció que todas las referencias a los suicidios forzados durante la batalla debían ser eliminadas de los libros de texto.
“El resurgir del militarismo en Japón precisa de un cambio en la imagen de la guerra y, sobre todo, borrar la vergüenza de un ejército que mata a sus propios ciudadanos”, dice Naomi Jahana, periodista del Okinawa Times. Para los okinaweses, “esa revisión, la oposición a las bases, y los desmanes de los soldados americanos son el mismo tema”, afirma. El 29 de septiembre del 2007, más de 100.000 isleños salieron a la calle para protestar contra los cambios en los libros de texto.

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de: Carlos Puig | 12/04/2008
Entusiasmante, espeluznante e Increible Historia
de: Ricardo Jiménez | 09/04/2008
Me parece un reportaje excelente. Enhorabuena.
30 de noviembre
30 de noviembre
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