13/05/2012

Érase una vez en los Cárpatos...

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Rolf Bauerdick
Un viaje al corazón de Transilvania de la mano de Rolf Bauerdick, el escritor y fotógrafo alemán que ha captado como nadie el alma de esta región situada en las entrañas de Europa. En las aldeas conviven gitanos, húngaros, alemanes y rumanos, y todos ellos mantienten vivo el mundo mítico, colorido y abigarrado que refleja su novela El día que la Virgen llegó a la Luna, recién publicada en España

Carromato de uno de los pocos grupos de gitanos nómadas que quedan en los Cárpatos, pues Ceaucescu prohibió la itinerancia

Inmensas autopistas vacías. Eso es lo que se encuentra el viajero que, en coche, recorre los montes Cárpatos por su lado rumano. Puede pasar una hora, e incluso otra, hasta que –en mediodía de un día laborable– aparezca otro vehículo en cualquiera de los carriles. La monotonía visual es rota, de vez en cuando, por algún carro de madera tirado por un caballo, en cuya caja se amontonan varios gitanos, por supuesto sin luces aunque sea de noche. Hay postes de electricidad que parecen vivos, pues tienen brotes verdes y ramas con hojas. El asfalto es impecable. “Todo esto se ha construido con las subvenciones de la Unión Europea –dice el chófer–, cuando vine en 1991 no había ningún sitio donde repostar diésel. Y en 1993, sólo existían tres gasolineras con combustible sin plomo en todo el país. Bienvenidos a Rumanía, amigos”.

El chófer es Rolf Bauerdick, el alemán que, tras una vida dedicada al fotoperiodismo, decidió vaciar el alma de estas montañas en una novela. La tituló El día que la Virgen llegó a la Luna, la acaba de publicar Salamandra y le ha valido comparaciones con Gabriel García Márquez o Emir Kusturica. La historia del libro comienza a finales de los años 50 en la aldea de Baia Luna, durante el régimen comunista de Ceaucescu. “Es un pueblo ficticio, pero tiene un poco de todos los que les voy a enseñar, y cosas de otros”, comenta Bauerdick al volante. Lo primero, la singular convivencia de hasta cuatro grupos étnicos: rumanos, húngaros, alemanes –aquí llamados sajones– y gitanos, que mantienen conductas bastante endogámicas.

“Al inicio sólo tenía la imagen de una virgen robada en la iglesia de un pueblo, y una gente supersticiosa, que creía en milagros. Y un lugar elevado, en las montañas, de muy difícil acceso, cerca de donde Ceaucescu iba a cazar, al que las noticias del mundo llegan distorsionadas”. El eje del relato es el joven Pavel, nieto del tabernero, que investigará la desaparición de la maestra de la aldea, con quien tuvo la posibilidad, siendo su alumno, de haber mantenido relaciones sexuales. El gitano Dimitru, el heterodoxo párroco, el abuelo de Pavel, gran fan de Estados Unidos... completan un divertido fresco literario del que ha vendido traducciones a más de doce países.
La gitana Ionina Coseriar, ante un retrato de su boda con Stelian, afectado por la contaminación de la fábrica negra.
Con 2,5 millones de gitanos, Rumanía es la capital europea de esta etnia. La mayoría de sus componentes forman parte de las descomunales bolsas de pobreza de este país miembro de la Unión Europea, en el que la esperanza de vida es de 73 años, mientras que la de los gitanos supera por poco los 60. Cerca de la ciudad de Blaj, el padre Lucian Mosneag, un sacerdote de Cáritas vestido con cazadora de cuero, ejerce de guía en el asentamiento ilegal de Plopilor, con gran seguridad y saludando a los numerosos gitanos que viven allí en condiciones lamentables.

Expresa su gran admiración por el Papa Benedicto XVI, “aunque yo estoy casado y tengo dos hijos, porque pertenezco a la Iglesia grecorromana, que depende del Papa pero mantiene sus peculiaridades históricas”. De entre las chabolas de cemento, con techos de uralita, ramas de madera y antenas parabólicas, surge un grito: “¡Rolf! ¡Amigo!”. El escritor se funde en un abrazo con el abuelo Stelian Coseriar, un señor con boina negra a quien visita siempre en este lugar. Lo conoció haciendo un reportaje sobre la fábrica negra de Copsa Mica, un siniestro lugar en el que la mayoría de los trabajadores enfermaron gravemente y que cerró a principios de los 90. En su casa hay un vaso con el escudo del Barça. Explica que “en la fábrica, los gitanos teníamos que hacer los trabajos más duros y sucios. Yo tengo cáncer”. Luego prosigue: “Pocos han sobrevivido, sólo quedamos 15 de los 200 que trabajamos allí”. Su esposa, Ionina, sirve licor: “No podemos pagar los tratamientos, nuestra pensión es de 130 euros al mes”. Las fachadas de los edificios cercanos aún siguen oscurecidas, casi veinte años después del cierre.
Debajo, la cerveza sirve de vínculo de unión entre un grupo de rumanos, sajones y gitanos, en una calle de Vulcan
A unos 500 metros del poblado, hay un pastor gitano con tres ovejas que pacen junto a la carretera: “Una es mía y las otras se las guardo a unos vecinos”. La presencia residual de ganado –a veces, incluso algún cerdo– parece un error del dibujante, pero ilustra mejor que nada la desconexión de estas gentes con su entorno urbano. De hecho, los asentamientos van contra la tradición nómada, que fue prohibida por Ceaucescu.

Por momentos, pasearse por aquí produce una sensación parecida a la de estar recorriendo unos decorados de cine. Hay muchos carros tirados por caballos, algunos de ellos cargados de chatarra, hay animales, niños sucios que se arremolinan en torno a los visitantes, una chica que peina su larga cabellera frente a un espejo oxidado al lado de un gran charco fangoso, enormes transistores escupiendo música… Junto al río Plopilor se amontonan las basuras. Allí, mirando el vertedero como si fuera una puesta de sol, hay un chico de 14 años que se llama Anatolie y que se pone a conversar en francés.

–¿Dónde has aprendido el idioma?
–Lo estoy estudiando.
–¿En la escuela?
–No, con gente.
–¿Para trabajar?
–Sí, bueno, me van a enviar a pedir limosna a Lourdes.

El transmiseriano que une a Rumanía con diversas ciudades de España y Francia son unas pequeñas furgonetas de 8 o 10 plazas que salen regularmente. El viaje cuesta 150 euros; como la mayoría no puede pagarlos, generan una deuda con los organizadores de estos trayectos, también gitanos, pero acaudalados. “Los chavales están unos meses mendigando –cuenta Bauerdick– y luego, al volver, pagan la deuda con enormes intereses y compran a sus padres una nevera, un televisor, un microondas...”. Una nueva esclavitud en un país que la abolió en 1866 con el fin, justamente, de impedir la compraventa de gitanos. Bauerdick no disimula su indignación: “Si usted no envía a sus hijos a la escuela, irá la cárcel, es delito, pero como son gitanos, a nadie le importa, los chicos se quedan sin futuro y a todos les parece normal”.
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de: Traductora | 15/05/2012
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