05/05/2013

Chipre se pregunta si hay salida

Texto de Gemma Saura
Chipre tiene aún en la memoria su pasado de extrema pobreza, ocupaciones y guerras, y por eso teme lo peor sobre su futuro. Sin riquezas naturales ni industria, los ciudadanos se preguntan de qué van a vivir si ya no pueden ser un paraíso para el capital

Manifestantes en las protestas de finales del mes de marzo contra las drásticas medidas tomadas por la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional

Anthula Theojarus tenía 24 años cuando en 1974 los turcos invadieron Chipre y sus padres, a quienes no alcanzaba la comida, decidieron enviarla a Australia, donde vivía un tío. Han pasado casi 40 años y a Anthula todavía se le quiebra la voz al recordar. El hambre y el miedo durante la guerra, el desamparo en un país desconocido. Estuvo empleada en un taller de zapatos, luego en una fábrica de plástico, más tarde en una eléctrica. Durante años, se levantó a las cuatro y media de la mañana para no regresar a casa hasta la noche. Accionando una máquina estuvo a punto de perder una mano pero al día siguiente estaba de nuevo allí, vendada, temiendo que la baja le costara el despido.

Conoció a su marido en Sydney: Harry Theojarus, hijo de chipriotas emigrados en los años cuarenta. Tampoco él lo había tenido fácil: se pasó la infancia trabajando en los campos de algodón y caña de azúcar en Australia, hasta dejar la escuela a los quince para entrar como ayudante en una cocina.
 
Pero a base de duro trabajo y privaciones, Anthula y Harry fueron ahorrando hasta abrir su propia tienda de comida para llevar. También pudieron comprar una casa, modesta.

“Fueron años muy tristes, muy duros. Creíamos que todo eso había quedado atrás, que nunca más pasaríamos por aquello. Y ahora... No quiero volver a ver la miseria de mi infancia...”. Anthula tiene un nudo en la garganta porque acaba de descubrir que las pesadillas del pasado no están enterradas. Que su prosperidad arduamente conquistada se tambalea. Como la de Chipre.

La historia de los Theojarus es una metáfora de la de su país, al que regresaron ilusionados en 1991. Chipre salía por fin del hoyo de la posguerra y había zarpado rumbo a la transformación económica que lo llevaría a entrar en el siglo XXI creyéndose una suerte de Suiza del Mediterráneo gracias a la desregulación total del sistema financiero. Un modelo que durante años bañó la isla de prosperidad pero que al final le ha acabado costando el colapso.

De repente, todo parece un espejismo. Chipre ha descubierto violentamente que no es Suiza, y los Theojarus, que penden negras sombras sobre su vejez. Tienen su dinero en el Banco Laiki (Popular), el segundo del país, caído en bancarrota y que ahora será liquidado. En principio sus ahorros no corren peligro porque al ser inferiores a cien mil euros están garantizados, pero no se les va el susto del cuerpo. Como todos los chipriotas, el sábado 16 de marzo se despertaron en un país en el que de pronto no había bancos y donde todos los depósitos –garantizados y no garantizados– estaban amenazados. Los Theojarus no tenían tarjetas de crédito, así que pronto se quedaron sin efectivo. Los doce días de corralito fueron angustiosos. No llegaron a pasar hambre, pero sólo porque tenían una buena despensa. “Prácticamente no dormí, me pasaba las noches delante del televisor”, dice Harry, aún tembloroso.

Una anciana pasa con su carro de la compra delante de un tienda en liquidación
A Anthula le habían extraído varios dientes a principios de semana. Se suponía que debía ir al dentista al cabo de unos días para que le colocaran implantes, pero con los bancos cerrados y sin dinero en metálico, tuvo que pasar dos semanas desdentada. No hay imagen que condense más cruelmente la expresión de “acostarse rico y levantarse pobre”. Anthula Theojarus no sabe de economía, pero tiene su propio diagnóstico: “Este país fue para arriba muy rápido y hemos caído también muy rápido”.

La historia de Chipre, donde la mitología griega sitúa el nacimiento de Afrodita, no ha sido apacible. Por su posición estratégica, en el extremo oriental del Mediterráneo, la isla ha sido a lo largo de los siglos objetivo de invasores extranjeros, que se han sucedido uno tras otro: griegos, romanos, bizantinos, genoveses, venecianos, otomanos, británicos…

El siglo XX no fue menos sangriento. Anthula nació en un Chipre que todavía era colonia británica y creció en los años de la lucha armada de la EOKA, la guerrilla de los grecochipriotas, un periodo turbulento brillantemente retratado por Lawrence Durrell en Limones amargos. Anthula recuerda su terror de niña al oír llegar a los soldados británicos en busca de los hombres de la aldea acusados de colaborar con la lucha armada. La independencia llegó en 1960, pero pronto estalló la violencia interétnica entre la mayoría grecochipriota y la minoría turcochipriota, convenientemente atizadas por las dos madres patrias respectivas, Grecia y Turquía. Los británicos también habían abonado el terreno con su infalible estrategia colonial de divide and rule, reclutando a los turcochipriotas como fuerza policial para reprimir las ansias libertarias de los grecochipriotas.
 Una colecta de alimentos en el centro de Nicosia para ayudar a los más necesitados
En 1974 se produjo el gran trauma nacional de la partición: tras un intento de golpe de Estado que buscaba la unificación con Grecia, Turquía invadió la isla, el tercio norte de la cual sigue ocupando. Hoy la autodenominada República Turca del Norte de Chipre sólo es reconocida internacionalmente por Ankara, y las dos comunidades están separadas por una línea verde, bajo control de la ONU. Nicosia es la única capital de la UE por la que patrullan las furgonetas de los cascos azules, la única en la que para pasar de un lado al otro de la ciudad hay que enseñar el pasaporte.

Además del impacto humano –muertos, desaparecidos, 200.000 refugiados del norte–, la guerra tuvo consecuencias económicas desastrosas, con una caída del PIB del 18%. El sector agrícola, hasta entonces el principal (aunque modesto) motor económico de la isla, salió muy diezmado, pues los terrenos más fértiles se encontraban en el norte arrebatado.

Arrancó entonces la profunda reinvención económica del sur griego, que se jugó su futuro a doble o nada al erigir lo que el resto del mundo llama un paraíso fiscal pero que en la isla prefieren llamar “centro financiero offshore”. Un sistema bancario diseñado para captar grandes capitales extranjeros, con un cóctel basado en la desregulación, impuestos reducidos y alta rentabilidad, y sobre todo, en no hacer demasiadas preguntas sobre el origen del dinero.

Chipre se benefició de las desgracias de sus vecinos. La guerra civil de Líbano (Beirut está a sólo 240 kilómetros) trajo un flujo de capitales desde mediados de los setenta. En los noventa, en plenas guerras balcánicas, Chipre se convirtió en el banco del líder serbio –y ortodoxo– Slobodan Milosevic, acosado por las sanciones occidentales. Y con la desintegración de la URSS y la aparición de los oligarcas, las fortunas rusas comenzaron a llover sobre la isla. Se calcula que hoy un tercio de los depósitos bancarios son de origen ruso.
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