23/12/2007

Especial 2007

El Mundo de Bush entra en crisis

Texto de Xavier Batalla
EL FRACASO DE LA GUERRA El mundo ha vivido en el 2007 otro año turbulento. El régimen iraní, lejos de hundirse, se ha crecido; los conflictos en el mundo árabe se han multiplicado, y el terrorismo de Al Qaeda ha seguido golpeando. Desde Palestina hasta Afganistán, el año 2007 se cierra, sin embargo, con llamamientos a la negociación. ¿Positivo? Las propuestas para abrir negociaciones subrayan el fracaso de la militarización con la que los neoconservadores creyeron que podían cambiar el mundo
Un soldado estadounidense, durante un registro en una población cercana a Bagdad
Frente al sueño democratizador de Bush, avanza el islamismo, el populismo no cesa en Latinoamérica, y en Asia crecen dos superpotencias

La humanidad ha invertido miles de generaciones en el problema que representa la relación con el otro, ya sea por sus formas de gobierno, religión, cultura o por el color de la piel. Nuestros antepasados, para resolver el problema, inventaron diversas fórmulas, unas expeditivas y otras conciliatorias, como la guerra y la negociación. Los neoconservadores estadounidenses incluso llegaron a declarar a principios del siglo XXI una guerra global contra el terrorismo para democratizar todo Oriente Medio. ¿Una utopía? Ha sido un desastre.
La idea neoconservadora ha sido un fracaso. O, peor, un doble fracaso. Primero, porque el intento de imponer una visión ideológica de las relaciones internacionales ha naufragado, ya que el concepto de guerra global contra el terrorismo no ha funcionado como una idea capaz de reorganizar el mundo. Y segundo, porque el fracaso también ha sido estratégico, por cuanto las consecuencias de la elección de Iraq como punto de partida de un posible cambio han sido lo contrario de lo pretendido: Irán, lejos de hundirse, se ha crecido; se han multiplicado los conflictos en el mundo árabe, y el terrorismo de Al Qaeda ha seguido golpeando, como sucedió, entre otros, con el atentado que mató a siete turistas españoles en Yemen. El año se ha cerrado con la matanza de decenas de personas en Argelia.
Los derrocamientos de los talibanes (2001) y de Sadam Husein (2003) marcaron el punto culminante de la hegemonía estadounidense. Desde entonces, la estrategia neoconservadora para rehacer el mundo no ha ganado para disgustos. La ilusión de la doctrina de Bush ha sido la democratización de Oriente Medio, pero las elecciones celebradas entre los árabes en los últimos años sólo han propiciado el avance del islamismo, como ha ocurrido en Egipto, o han reforzado a las fuerzas radicales que apoya Irán: Hamas, que desde junio pasado controla Gaza, e Hizbulah, convertido en un actor en el escenario libanés. Y la guerra contra el terrorismo ha dejado en segundo plano los acontecimientos que se desarrollan en Latinoamérica, donde no cesa el populismo pese al revés sufrido por Hugo Chávez en el referéndum con el que pretendía perpetuarse en el poder, y en Asia, que contiene dos superpotencias del futuro inmediato: China e India.

Guerra duradera
El año 2007 ha sido un desastre para Afganistán, donde la operación Paz Duradera estadounidense se ha transformado en una guerra duradera. Y lo que el mundo entendió que debería ser una represalia ejemplar por los atentados del 11 de septiembre se ha convertido en un conflicto que ahora pone a prueba la credibilidad de la OTAN. Desde agosto del 2003, esta organización tiene el mando de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF), que agrupa a 36 países. Esta fuerza se extiende por todo Afganistán desde octubre del 2006, cuando amplió su misión hasta la frontera con la provincia pakistaní de Waziristán, donde los occidentales sitúan el huevo de la serpiente. Pero esta presencia ha resultado insuficiente.
El mapa de la guerra ha provocado las protestas de estadounidenses y británicos, cuyas tropas, al igual que las canadienses, combaten en las provincias de Kandahar y Helmand. Pero la situación se modificó en el 2007. La ofensiva de los talibanes también incluyó el oeste, cerca de la frontera con Irán, donde están estacionados españoles e italianos. Y esta ampliación del conflicto ha hecho que las tropas españolas (670 personas) hayan sufrido más bajas en Afganistán (84, incluidos los 65 muertos en el accidente del Yak-42) que en cualquier otra operación de mantenimiento de la paz, incluida la de Líbano, donde seis soldados resultaron muertos en el 2007 en atentado.
Hamid Karzai, presidente de Afganistán, también parece haber llegado a la conclusión de que acabar una guerra es siempre más difícil que empezarla. Seis años después de los primeros bombardeos estadounidenses, los talibanes han resucitado, y Karzai, cuyo poder apenas cubre la región de Kabul, les ha  tendido la mano. En una conferencia de prensa celebrada en Kabul el 29 de septiembre, el presidente afgano se dirigió a los dirigentes talibanes para ofrecerles la paz y, de paso, unas cuantas carteras ministeriales. “Si llego a saber dónde están (los dirigentes talibanes), no hace falta que acudan a mí, yo iré personalmente a su encuentro”, dijo Karzai.
La iniciativa de Karzai fue una prueba del fracaso de la guerra. Las negociaciones aún están lejos, pero ya no son impensables. El ministro de Defensa británico, Des Browne, confesó que “en algún momento, los talibanes deberán estar implicados en el proceso de paz, ya que no desaparecerán”. ¿Un giro copernicano? Si Karzai, que no mueve un dedo sin consultar a Washington, diera con algún talibán capaz de ser presentado como moderado y sellara un acuerdo, los occidentales se sentirían aliviados.

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