23/12/2007

Especial 2007

El triunfo de Sarkozy

Texto de Lluís Uría
CASI BONAPARTE ¿Cómo era la vida antes del advenimiento de Sarkozy? Siete meses después de su aplastante elección como presidente de la República, cabe hacerse esta pregunta.
En el discurrir profundo del país, poco ha cambiado en Francia. Pero en la superficie ha cambiado absolutamente todo. Francia vive al ritmo –trepidante– del nuevo inquilino del Elíseo. Sarkozy está en todas partes, dirige todos los asuntos, se compromete en todos los problemas.

Sarkozy, flamante nuevo presidente francés, pasó unos días de vacaciones en el lago Winnipesaukee, en Wolfeboro, New Hampshire (EE.UU.). Un retoque de sus michelines en esas fotos causó gran revuelo

Los 12 años de Jacques Chirac se han evaporado, barridos por el vendaval político levantado por Nicolas Sarkozy. Igual que la oposición socialista, hundida en un profundo desconcierto. El pasado ha desaparecido. El presente es monocromo. Poseído por una telúrica ambición, hiperactivo e infatigable, Nicolas Sarkozy se ha erigido en un presidente omnímodo, omnipotente, omnipresente. Hasta el punto de destrozar el difícil equilibrio de poderes diseñado por De Gaulle en 1958. ¿El primer ministro? Apenas existe, relegado al papel de mero coordinador del Gobierno. ¿Los ministros? Aún menos. “Yo he sido elegido para actuar”, responde invariablemente Sarkozy ante las críticas a su manera invasiva de ejercer el poder. Y no le falta razón.
Gran parte de su éxito en la elección del 6 de mayo se debió justamente a su forma de ser, a su manera de hacer. Apasionado, directo, de hablar franco y provocador, populista, descaradamente narcisista, Sarkozy tiene un discurso que llega al corazón de las preocupaciones de los franceses, sobre todo de las capas populares, que ven en él a un líder carismático, a un jefe exigente y protector. Las víctimas son recibidas en el Elíseo y confortadas por el padre de la nación. Es la política hecha sentimiento.
Cual un moderno Bonaparte, el presidente francés ha concentrado en su persona casi todos los poderes y ha establecido un vínculo directo con la ciudadanía. Sarkozy está en todas partes, dirige todos los asuntos, se compromete en todos los problemas. Y no duda –maestro de los golpes de efecto– en exponerse personalmente en las causas más arriesgadas, ya sea para pactar –vía su ya ex mujer– la liberación de las enfermeras búlgaras apresadas en Libia, para traerse de regreso a casa en el avión presidencial a las azafatas españolas y los periodistas franceses detenidos en Chad, o para dirigir un mensaje al jefe de las FARC en el que pedía la liberación de la secuestrada Ingrid Betancourt.
Nicolas Sarkozy, y ésa es la imagen que se ha acabado instalando en la opinión, está dispuesto a sacrificarlo todo por Francia, incluida su vida personal y sentimental. El divorcio del presidente y de su esposa, Cecilia, cinco meses después de llegar al Elíseo –el primer divorcio de un jefe del Estado francés desde Napoleón Bonaparte, ¡otra vez!–, lejos de debilitar su imagen ante los franceses, la ha reforzado.
Si el arranque de la presidencia de Sarkozy ha sido espectacular, sus resultados concretos, prácticos, han sido más bien moderados. Las primeras reformas en el terreno fiscal y económico no han permitido, de momento, sacar a Francia del marasmo y reactivar el crecimiento económico. Y otras de gran impacto mediático –endurecimiento de penas a reincidentes, persecución de los delincuentes sexuales, restricciones a la inmigración– han tenido y tendrán en realidad un efecto muy modesto. Las grandes reformas socioeconómicas apenas se han empezado a abordar, y Sarkozy ha tenido que hacer frente ya –regímenes especiales de pensiones, reforma universitaria– a un primer rosario de huelgas y conflictos. Si Sarkozy es el hombre de la ruptura que propugna, y no un mero cambio de estilo, una burbuja mediática, aquí se verá.
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30 de noviembre
30 de noviembre

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