23/12/2007

Especial 2007

Populismo en Latinoamérica

Texto de Joaquim Ibarz
CAUDILLO CHÁVEZ El presidente venezolano, Hugo Chávez, ha protagonizado este año algunos de los momentos más tensos de las relaciones diplomáticas y comerciales entre España y Venezuela. El “¿por qué no te callas?” del Rey en la cumbre de Chile derivó en amenazas a los intereses españoles que acabaron finalmente ahogadas por su derrota en un referéndum que debía ampliar enormemente sus poderes.
Hugo Chávez muestra un ejemplar de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que pretendía reformar
En Venezuela se comenta que desde el grito “¡Tierra a la vistaaa!” que lanzó Rodrigo de Triana al divisar por primera vez la costa americana, en el continente ningún dicho ha sido tan famoso como el de “¿Por qué no te callas?”. La intervención de don Juan Carlos en Chile, que quedó grabada en la pequeña historia americana, mostró la doble cara del presidente Hugo Chávez. En un primer momento, se acobardó, no replicó y se tragó la humillación. Sólo cuando regresó a Caracas empezó una larga serie de improperios y amenazas contra España y la monarquía. Para intentar lavarse la cara ante los suyos, dijo mil veces que no había oído al Rey y que por eso no le contestó. Nadie le creyó, pero no se atrevieron a decírselo.
Forzado por el alto mando militar, presionado a su vez por los cuadros medios, Chávez aceptó la derrota en el referéndum del 2 de diciembre. Apenas 24 horas después, dijo que la oposición había tenido una victoria de mierda, sin darse cuenta de que lanzaba el excremento sobre su cabeza.
“Señor presidente, recapacite y no siga jugando a ser Dios”, le exhortó el general Raúl Baduel. El ex ministro de Defensa estaba indignado porque Chávez siguiera desafiando las instituciones al anunciar que volvería a presentar una reforma constitucional. Factor determinante para que el presidente aceptara el triunfo de la oposición, Baduel quiso parar los pies a quien se cree la reencarnación de Yo, el Supremo.
No hay carretera venezolana que no esté inundada de vallas gigantes con loas a Chávez. En todos los caminos aparece la figura del presidente, con cánticos a sus excelencias. Edificios públicos y privados de Caracas se cubren con la imagen del caudillo. Desde los tiempos del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo no se veía en América Latina tal idolatría.
Los aplausos enloquecen a Chávez, le gusta que lo vitoreen, le agradan la pompa y la parafernalia. La adulación llena los informativos de la televisión. Sus ayudantes se ven compelidos a exaltar la sabiduría, pensamiento, genialidad y agudeza del líder único. Chávez restableció el caudillismo como forma de relacionarse con la gente. E instauró el culto a la personalidad como mecanismo de control social, lo que un periodista llamó “narcisismo-leninismo”. Por tanta lambisconería, no sabía lo que pasaba en el país; quedó perplejo cuando le dijeron que había perdido el referéndum. “Me engañasteis”, bramó a su gente.
Cuando el rostro de Hugo Chávez apareció por primera vez en televisión, muchos venezolanos sólo vieron en él a un oficial altivo que se rendía sin pegar un tiro tras el fracaso del sangriento golpe militar que había promovido. Ese mediodía del 4 de febrero de 1992 no parecía haber otro destino para el comandante Chávez que la cárcel. Nadie preveía que siete años después estaría instalado, por la fuerza del voto, en el palacio presidencial de Miraflores.
Chávez llegó al poder en el momento preciso, cuando los venezolanos querían acabar con la corrupción y la ineficacia de unos partidos desconectados de la realidad. Con su mensaje de justicia social, salió airoso en nueve votaciones, pero perdió la que debía entronizarle eternamente.
Aunque Hugo Chávez es hijo de un maestro, es tal la riqueza acumulada por sus parientes –la llamada “familia real”– en Barinas, su estado natal, que la prensa denuncia que los escándalos descubiertos podrían dar pie a nuevos capítulos de Falcon Crest.
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17 de agosto
17 de agosto

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