Especial 2007
Birmania

Las manifestaciones de los monjes budistas contra la junta militar birmana fueron disueltas con gran dureza. Muchos participantes fueron golpeados por los soldados antes de ser arrestados
Birmania, un país informativamente inexistente, el más bello y limpio de Asia Oriental, con la sociedad tradicional más amable e intacta de la región, fue noticia en otoño por el insólito movimiento contra su junta militar –la más longeva del mundo– que un aumento de precios desencadenó en agosto. La pacífica protesta tuvo a los monjes budistas en primera fila y expresó, en septiembre, el amplio y más que justificado rechazo que los birmanos sienten hacia sus dirigentes. La atención mediática ignoró un dato central: la robustez del régimen y la completa falta de perspectivas de éxito del valiente movimiento.
La protesta fue importante, pero mucho más débil que la de 1988 y 1989, aplastada con sangre. Esta vez la junta hizo algún esfuerzo para resolver el desafío sin grandes masacres (oficialmente, 15 muertos y 3.000 detenidos), pero deducir de ello debilidad, división o titubeos en sus filas sería ilusorio. Se citó también la responsabilidad de China, el gran vecino y socio de Birmania, en la supervivencia de su régimen.
La triste realidad es que la odiosa junta no tiene recambio, que la deprimente situación política del país no es la peor imaginable en una nación que es un mosaico de etnias
–los Balcanes de Asia, con la más larga guerra civil del siglo XX aún coleando–, y que China no tiene el más mínimo interés en un cambio de régimen, en el que, como en Iraq, el remedio podría ser peor que la enfermedad.
Muy pocas de estas realidades llegaron al gran público mediático, pese a ser bien conocidas.







