13/01/2008
En el oasis kurdo
Texto de Tomás Alcoverro
Fotos de Bryan Denton / Cordon Press
La riqueza petrolífera, la protección de Estados Unidos y otros países occidentales y el ambiente de seguridad han impulsado un desarrollo espectacular de la zona autónoma kurda del norte del maltrecho Iraq. La construcción ha adquirido un ritmo vertiginoso, y algunos ciudadanos sueñan ya con convertirse en un nuevo Dubai

Mujeres de compras en un nuevo y bien surtido supermercado de Duhok
La seguridad es el gran tesoro del Kurdistán, que le permite desarrollarse y que lo ha convertido en un raro oasis entre sus montañas. Pero su vulnerabilidad está a flor de piel, y su Gobierno autónomo debe hacer equilibrios para mantener buenas relaciones con Iraq, a cuyo Estado pertenece, e Irán y Siria, sus países limítrofes. Con un sistema de libertad política y de prensa, puede ser un incómodo vecino en plena geografía de Oriente Medio.
Por la carretera de Gali Ali Bek y de Rowanduz –la ruta Hamilton, nombre del arquitecto neozelandés que la construyó en 1928, desde el Arbeles de Alejandro Magno hasta la meseta persa–, penetramos en el corazón más abrupto de la montaña kurda. Aunque algunos de sus tramos quedaron desafectados, su trazado a lo largo de cañones atravesados de riachuelos en los que desembocan otros pequeños cauces de agua, entre suntuosas montañas ocres, sin casi vegetación, es un camino sobrecogedor. Este paraje fue un lugar muy preciado durante décadas por los veraneantes iraquíes.
En medio de la gran cascada de Bihel, dos olivos arraigados en dura roca resisten a lo largo del tiempo la tromba de agua que se desploma sobre el pintoresco río orillado de populares merenderos. Junto al camino, unos novios danzaban de la mano de una hilera de hombres y mujeres con vistosos vestidos, que daban la vuelta al prado al son de flautas y tamborines que tañían los músicos. ¡Bucólica estampa del Kurdistan secular!
Por la carretera de Gali Ali Bek y de Rowanduz –la ruta Hamilton, nombre del arquitecto neozelandés que la construyó en 1928, desde el Arbeles de Alejandro Magno hasta la meseta persa–, penetramos en el corazón más abrupto de la montaña kurda. Aunque algunos de sus tramos quedaron desafectados, su trazado a lo largo de cañones atravesados de riachuelos en los que desembocan otros pequeños cauces de agua, entre suntuosas montañas ocres, sin casi vegetación, es un camino sobrecogedor. Este paraje fue un lugar muy preciado durante décadas por los veraneantes iraquíes.
En medio de la gran cascada de Bihel, dos olivos arraigados en dura roca resisten a lo largo del tiempo la tromba de agua que se desploma sobre el pintoresco río orillado de populares merenderos. Junto al camino, unos novios danzaban de la mano de una hilera de hombres y mujeres con vistosos vestidos, que daban la vuelta al prado al son de flautas y tamborines que tañían los músicos. ¡Bucólica estampa del Kurdistan secular!
de: Jose Lana Miranda | 19/01/2008
Hola, después de ver vuestro reportaje sobre el oasis kurdo me interesaría poder ir a trabajar. Soy profesional de la construcción y realizo todo tipo de trabajo relacionado con el oficio.Gracias por su atención.








