03/02/2008

Dos nombres para un dilema histórico

Texto de Eusebi Val
Texto Hillary de Marc Bassets
Texto Obama de Xavier Batalla
Hillary Clinton y Barack Obama aspiran a convertirse en el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Los electores dudan entre una especie de restauración clintoniana o un cambio generacional. Esas son sus armas. Hillary Clinton es vista a menudo fría y calculadora, pero también se alba su coraje y su resistencia en las condiciones más adversas. En contraposición, los estrategas de Barack Obama lo presentan como un político joven, no contaminado por el establishment, con un perfil personal que es un ejemplo de mestizaje que va en alza.

Hilllary Rodham Clinton, fotografiada en la Casa Blanca en 1998 cuando era primera dama de Estados Unidos

Durante los caucus de Iowa, el pasado 3 de enero, Wayne Clinton, funcionario y ex maestro, daba las razones de su voto a Barack Obama en estas arcaicas elecciones asamblearias: “A pesar de mi nombre,
no apoyo a Hillary. ¿Es capaz? Sí. ¿Conoce Washington? Sí. ¿Es una política astuta? Sí. Pero no creo que traiga una visión nueva para Estados Unidos. No veo a los republicanos sentándose con ella para buscar compromisos; en cambio, sí los veo con Obama”.
Dos semanas después, en Las Vegas, el gondolero Mario Bertolami, que se dedica desde 1999 a pasear turistas por los canales del casino The Venetian, confesaba su predilección por los Clinton y el buen recuerdo de los años noventa. “No sé si Hillary podrá hacer grandes cambios porque heredará una pesadilla”, dijo en alusión a los dos mandatos de George W. Bush. “Obama también es muy bueno, pero no tiene la experiencia de Hillary
–agregó el gondolero–. Además, creo que ha llegado el momento de una mujer. Durante más de doscientos años este país ha sido un club masculino. Seguro que no puede hacerlo peor que lo que tenemos ahora. Un toque de mujer quizá será bueno. Muchos de quienes dicen que no es simpática en realidad no quieren que les mande una mujer. A mí me parece muy simpática.”
Las dos actitudes de estos votantes ilustran el dilema entre los demócratas sobre a quién encargar la responsabilidad de representar al partido en las elecciones presidenciales de noviembre. Las ansias de un cambio en Washington son evidentes, pero existe división sobre la mejor estrategia para alcanzar la victoria y para después liderar al país. Este 5 de febrero, el supermartes, una jornada en la que vota una veintena de estados, la tensión interna demócrata puede resolverse a favor de uno u otro, o tal vez prolongarse aún más. Hay quien no descarta, en caso extremo, que se llegue a la convención de Denver, a finales de agosto, sin una solución.
La candidatura de Hillary Clinton está asociada inevitablemente a la idea de restauración. Su marido,
ex presidente, se ha implicado de lleno en la campaña, al igual que los asesores de su época. La elección de su esposa sería también una suerte de referéndum sobre sus años en la Casa Blanca, un juicio adelantado de la historia. Esta realidad aporta ventajas e inconvenientes. Quienes añoran su presidencia no tendrán dudas. Fueron años de bonanza económica y relativa paz. En cambio, los que preferirían savia nueva para pilotar el país ven con recelo la perspectiva de una tercera presidencia Clinton, un desafío solapado a la Constitución. Además, por pura higiene democrática, no gusta la idea de bendecir un republicanismo hereditario por vía matrimonial. Si se cuenta la vicepresidencia de Bush padre, en caso de resultar elegida Hillary para dos mandatos, Estados Unidos habría estado gobernado de manera interrumpida, desde 1981 al 2017 –casi cuatro decenios–, por los Clinton y los Bush.
Con sus victorias en varias primarias, Hillary ha demostrado que los factores negativos asociados a su persona no son un lastre insoportable, aunque sí una hipoteca con vistas a noviembre, cuando devendrá crucial ganar votos independientes y de republicanos moderados. La ex primera dama proyecta para algunos una imagen de mujer demasiado fría y calculadora, incluso falsa, de alguien que colocó su ambición política por delante de su respeto propio como persona. También se le acusa de ambigüedad y oportunismo en sus posiciones, como su decidido apoyo a la invasión de Iraq, en el 2003, y su oposición actual a mantener las tropas.
Hay mujeres que alaban el coraje y la resistencia de Hillary en las circunstancias más adversas, si bien no es raro encontrar a otras que le reprochan haberse dejado humillar, durante el caso Monica Lewinsky, por el afán de poder. “Dio la espalda a la moralidad para obtener un beneficio político –afirmó al Magazine Janet Clark, instructora de yoga en Rochester (New Hampshire)–. ¿Dónde acaba la integridad y dónde empieza la ambición política?” Según Clark, lo honesto, dada la magnitud del escándalo, hubiera sido la separación, pero eso hubiera dañado los planes futuros de ella de aspirar a la Casa Blanca.

El senador Barack Obama atiende  a un grupo de estudiantes en  las escaleras  del Capitolio, en Washington

UNA BIOGRAFÍA CON GANCHO
Estos condicionantes, políticos y personales, sirven para explicar, en parte, la fortaleza de la alternativa planteada por Obama, que ofrece superar las querellas partidistas de los noventa. El senador por Illinois encarna al político fresco, joven, aún no contaminado por el establishment washingtoniano ni vendido a los grupos de presión. Esa es al menos la imagen que trata de vender, con buen marketing. Su biografía personal tiene un innegable gancho. Su perfil birracial, el ser hijo de un estudiante keniano y una mujer blanca de Kansas, lo acerca a la realidad cada vez más mestiza e interracial del país. El triunfo en Iowa y los buenos resultados posteriores han demostrado la efectividad de su discurso integrador, ilusionante, participativo, la promesa de relevo generacional. Causó sensación que barriera a otros candidatos con treinta años de bagaje en el Congreso, como los senadores Joe Biden y Chris Dodd.
La engrasada maquinaria política de los Clinton, eficaz e implacable, ha conseguido poco a poco despojar a Obama del aura casi kennediana con la que ganó en Iowa. Han quitado brillo a su mensaje de esperanza. La táctica ha consistido la tormenta perfecta para un cambio de partido en la Casa Blanca. Pero la experiencia invita a no precipitar conclusiones. En Europa suele existir la tentación, respecto a Estados Unidos, de confundir deseos con realidad. La situación ya parecía madura en el 2004. John Kerry era quizá un candidato algo soso, pero sólido. Su triunfo sobre Bush se veía al alcance de la mano, en la misma noche electoral, cuando los sondeos a pie de urna se equivocaron. El actual presidente acabó siendo revalidado por un cómodo margen.

EL VOTO DEL PAÍS REAL
Estados Unidos posee un profundo fondo conservador. El país real no es Nueva York ni Los Ángeles. Al voto rural se le otorga una representación política proporcionalmente mayor que la que le correspondería, tanto en la elección presidencial como en el Congreso. Los cristianos conservadores tienen mucho que decir. Y existe una alergia innata al intervencionismo estatal. Bush es ahora muy impopular –al menos, según los sondeos–, pero no lo es menos el Congreso, bajo control demócrata. Los estadounidenses piensan que Washington es ineficaz, corrupto y dilapida el dinero de sus impuestos. Por eso la bandera del cambio no es exclusiva de los demócratas. Los candidatos republicanos que se colocan la vitola de outsiders, como por ejemplo Mike Huckabee, Mitt Romney o el propio John McCain, tratan de sacar partido de sus ataques al sistema.
La opción final entre demócratas o republicanos puede depender de elementos aún en desarrollo y de realidades inesperadas. Si el espectro de la recesión económica toma cuerpo, afectará el voto. Si surge una crisis política internacional que amenace la seguridad y los intereses norteamericanos, se reflejará en las urnas. Ni Clinton ni Obama deben confiarse.°

Hillary Clinto Amor u odio
No es simpática. Ni fotogénica. No es elocuente ni carismática. A la senadora por Nueva York, Hillary Rodham Clinton, la acusan de los peores pecados que puede cometer un líder en la era de la política espectáculo y en especial en la campaña de las primarias demócratas, donde las diferencias programáticas entre ella y su rival, Barack Obama, son tan tenues que el carácter, la imagen y la biografía han centrado la pugna para la nominación.
De las numerosas etiquetas que Clinton arrastra sobresale una: Hillary divide.
Una parte de Estados Unidos la ama. Cree en ella por su probada competencia, su experiencia, las ideas claras y, sobre todo, por haber sido la número dos de facto de una de las administraciones con más éxito de las últimas décadas, la de su marido, Bill Clinton, entre 1992 y el 2000. La otra parte la detesta. Por los mismos motivos: es competente, pero calculadora; tiene experiencia, pero lo que Estados Unidos necesitaría ahora sería un cambio radical; tiene la ideas claras, pero eso con frecuencia la lleva a la confrontación con el adversario, y su marido capitaneó una época de bonanza económica, pero quedó ensombrecida por los líos, las mentiras, las batallas partidistas. Como ha escrito un apologista de Barack Obama, los Clinton encarnan las guerras culturales derivadas de 1968, que han dividido a Estados Unidos en los últimos cuarenta años.
Clinton es hija del 68, pero nunca fue una radical.
Siempre quiso cambiar el sistema desde dentro. Su trayectoria no es tan distinta de la de tantas personas de esta generación, en Estados Unidos y en Europa. Nacida en Chicago en 1947, creció en una familia de clase media en el suburbio de Park Ridge, una burbuja blanca, cristiana y conservadora. Su padre, un hombre tiránico, era un republicano convencido. Su madre era demócrata, pero lo llevaba en secreto. Su conciencia política despertó cuando un pastor de su iglesia metodista la llevó a ella y otros adolescentes a ver a Martin Luther King en Chicago.
Estudiante ejemplar, en la universidad se emancipó de ese ambiente. En 1971, cuando estudiaba en Yale, conoció a su marido, Bill Clinton. Todos le auguraban un futuro político brillante. Ella aparcó las ambiciones para mudarse a Arkansas, la patria chica de Bill Clinton, lejos de los centros de poder de la Costa Este. Clinton, joven gobernador de ese estado, construyó allí su base política para acceder a la Casa Blanca. Ahora él es uno de principales activos de Hillary Rodham Clinton, pero también puede ser un lastre, pues no deja de representar un regreso al pasado, por muy luminoso que fuese.
Hillary, con su estilo austero y aplicado, conecta en la campaña de las primarias con millones de mujeres trabajadoras que no se dejan deslumbrar por la retórica y, en cambio, se identifican con una señora de sesenta años, ya curtida, madre y con un marido que la ha engañado varias veces. Dicen algunos comentaristas que cuando a principios de enero, en un acto de campaña en New Hampshire, se le humedecieron los ojos al responder a una pregunta de una mujer del público, el voto femenino se le rindió. En seguida, sin embargo, empezaron las dudas. ¿Fueron lágrimas calculadas? Hillary Clinton parece condenada a juicios de este calibre, a suscitar la impresión, en una parte del electorado, de que algo esconde, algo trama, de que el cálculo y la triangulación forman parte de su ADN político
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de: Brenda | 06/02/2008
La verdad es que este tema resulta bastante espinoso: ni yo misma sé por qué candidato decantarme. Tanto a HIllary, por ser mujer y por su experiencia, como a Obama, por ser mestizo y por su afán de cambio, los votaría. Sea quien sea el que salga elegido, no hay duda de que habrá polémica. Si sale Obama, las feministas arremeterán como rinocerontes furiosos. Si sale Hillary, los inmigrantes y los mestizos no pararán de dar la vara con lo de que EE.UU es conservadora y racista. Pffff, qué elecciones más controvertidas. Muero por conocer el resultado final.
12 de octubre
12 de octubre
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