Dos nombres para un dilema histórico
La campaña de las primarias es el perfecto reflejo de un país no especialmente tolerante, pese a que su seña de identidad nacional sea la tolerancia y la diversidad. Esta paradójica intolerancia de la intolerancia quedó perfectamente resumida por Rudy Giuliani cuando –en busca del voto xenófobo– invitó a cualquier inmigrante que no respetase la tolerancia americana a marcharse del país.
Conforme se endurece la batalla entre Barack Obama e Hillary Clinton, cuestiones de identidad que jamás deben abordarse, según las reglas de la intolerancia de la intolerancia, se plantean sigilosamente y en clave. Tras el susto de Iowa, Bill Clinton calificó la campaña de Obama
de "cuento de hadas", lo que fue interpretado como una referencia a la fantasía de un presidente negro. Hillary levantó ampollas al decir que Martin Luther King no habría cambiado nada de no ser por aquel recto hombre blanco, Lyndon B. Johnson, que legisló los derechos civiles en los sesenta (no mencionó la debacle johnsoniana de Vietnam). Asimismo, referencias al consumo de marihuana de Obama –a diferencia de Clinton, Obama reconoce que inhaló– se filtran como gases venenosos desde la campaña Clinton.
La feminidad de Hillary Clinton es otra cuestión que no debe plantearse, según las normas del juego, pero que se aborda disimuladamente. En este caso, por el peso del voto de las mujeres. Y es la misma Hillary quien quiere subrayar el hecho de que es mujer. En uno de los debates televisados aprovechó la circunstancia de que todos arremetían contra ella. El mismo giro táctico se utilizó tras la derrota en Iowa cuando Hillary dejó caer una lágrima en New Hampshire.
Andy Robinson






