06/04/2008
El libro que Bhutto deja como testimonio de su tragedia
Reconciliación, el libro póstumo de Benazir Bhutto, la líder pakistaní asesinada el pasado 27 de diciembre, es una extensa reflexión sobre el islam, la democracia y las relaciones con Occidente. El libro, editado por Belacqua, incluye también un sobrecogedor relato del atentado que sufrió al regresar a su país, el 18 de octubre del 2007, tras ocho años de exilio. La narración resulta premonitoria del nuevo intento que acabaría con su vida, dos meses después.

Mientras el cielo se oscurecía y avanzábamos a paso de tortuga entre las multitudes, empecé a notar un fenómeno curioso e inquietante. De modo bastante extraño, cada vez que nos acercábamos a las esquinas de las calles, las luces se atenuaban hasta apagarse por completo. Después de notar que no se trataba de un incidente aislado, sino de un patrón evidente, pedí a los miembros de mi equipo que contactaran con todos los organismos de noticias electrónicas e impresas que pudieran encontrar y les informaran del hecho de que las luces de las calles parecían estar siendo apagadas deliberadamente a medida que avanzábamos, lo que nos ponía en una situación muy arriesgada. Confiaba en que si se informaba de la situación, la policía tomaría medidas para mantener las luces encendidas, y así garantizar nuestra seguridad. Uno de los senadores de mi partido se dirigió a la compañía eléctrica para exigir que encendieran las luces. Más tarde, un simpatizante me diría que se había ordenado “mantener las luces apagadas para evitar que la televisión diera demasiada publicidad a aquella mujer”. El secretario de comunicaciones del Partido Popular de Pakistán (PPP) logró contactar al menos con cinco canales de televisión, los cuales estuvieron informando sobre el hecho por lo menos durante cinco horas ininterrumpidas. A pesar de nuestras solicitudes, las luces jamás fueron encendidas. Un mal augurio. Le dije a un amigo sentado a mi lado: “¿Te has dado cuenta de las luces? Cada vez que nos acercamos a una, se apaga: la calle queda completamente oscura y los guardias no pueden ver nada. Alguien está haciendo esto. Nos han informado de que pueden estar preparando un atentado”.
Hubo otra advertencia preocupante de que no todo estaba bien. El dispositivo que debía bloquear las señales de los teléfonos móviles en un radio de 200 metros alrededor de mi camión (señales que podían ser usadas para detonar mecanismos explosivos improvisados o bombas suicidas, o incluso miniaviones repletos de explosivos dirigidos por control remoto) parecía no estar funcionando. Mi esposo, que había estado observando desde Dubai la emisión en directo de la BBC, llamó a un amigo suyo que estaba conmigo en el camión intentando garantizar mi seguridad. Asif estaba nervioso porque podía ver que algunos de mis acompañantes usaban sus teléfonos móviles. Él sabía que si el dispositivo de bloqueo hubiera estado funcionando correctamente, ningún teléfono cerca del vehículo habría tenido cobertura. Exigía saber por qué los dispositivos de bloqueo no estaban activos. Mi consejero de seguridad intentó comunicarse con Tariq Aziz, el secretario del Consejo de Seguridad Nacional del general Musharraf, pero no logró llegar hasta él. Asif no sólo estaba preocupado por la posibilidad de bombas, sino también de francotiradores, y me rogó que me ubicara tras la pantalla blindada y no me expusiera directamente a la multitud. Le dije que no, que debía estar al frente, saludando a mi pueblo.
Debo confesar que me sentía segura en medio de ese enorme mar de amor y apoyo. Además, pensaba que los asesinos intentarían golpear la pantalla blindada en el lugar donde suponían que estaría, y no el frente del camión, donde de hecho me encontraba. Contábamos con la posibilidad de ataques de francotiradores y bombas suicidas. No contábamos con un coche bomba. Los hombres de nuestro equipo de seguridad iluminaban la muchedumbre con lámparas de mano, intentando descubrir a algún suicida que llevara puesta una chaqueta o un manto gruesos.
Cuando se acercaba la medianoche, y sabiendo que aún nos separaban muchos kilómetros y muchas horas del mausoleo, me dirigí al interior del camión con nuestro ex embajador en Estados Unidos Abida Hussain. Abida había sido un destacado simpatizante de un partido de oposición, pero hacía poco tiempo se había unido con gran entusiasmo al PPP. Yo tenía los pies hinchados después de haber permanecido de pie en el mismo lugar durante diez horas, y mis sandalias me estaban volviendo loca.
Hubo otra advertencia preocupante de que no todo estaba bien. El dispositivo que debía bloquear las señales de los teléfonos móviles en un radio de 200 metros alrededor de mi camión (señales que podían ser usadas para detonar mecanismos explosivos improvisados o bombas suicidas, o incluso miniaviones repletos de explosivos dirigidos por control remoto) parecía no estar funcionando. Mi esposo, que había estado observando desde Dubai la emisión en directo de la BBC, llamó a un amigo suyo que estaba conmigo en el camión intentando garantizar mi seguridad. Asif estaba nervioso porque podía ver que algunos de mis acompañantes usaban sus teléfonos móviles. Él sabía que si el dispositivo de bloqueo hubiera estado funcionando correctamente, ningún teléfono cerca del vehículo habría tenido cobertura. Exigía saber por qué los dispositivos de bloqueo no estaban activos. Mi consejero de seguridad intentó comunicarse con Tariq Aziz, el secretario del Consejo de Seguridad Nacional del general Musharraf, pero no logró llegar hasta él. Asif no sólo estaba preocupado por la posibilidad de bombas, sino también de francotiradores, y me rogó que me ubicara tras la pantalla blindada y no me expusiera directamente a la multitud. Le dije que no, que debía estar al frente, saludando a mi pueblo.
Debo confesar que me sentía segura en medio de ese enorme mar de amor y apoyo. Además, pensaba que los asesinos intentarían golpear la pantalla blindada en el lugar donde suponían que estaría, y no el frente del camión, donde de hecho me encontraba. Contábamos con la posibilidad de ataques de francotiradores y bombas suicidas. No contábamos con un coche bomba. Los hombres de nuestro equipo de seguridad iluminaban la muchedumbre con lámparas de mano, intentando descubrir a algún suicida que llevara puesta una chaqueta o un manto gruesos.
Cuando se acercaba la medianoche, y sabiendo que aún nos separaban muchos kilómetros y muchas horas del mausoleo, me dirigí al interior del camión con nuestro ex embajador en Estados Unidos Abida Hussain. Abida había sido un destacado simpatizante de un partido de oposición, pero hacía poco tiempo se había unido con gran entusiasmo al PPP. Yo tenía los pies hinchados después de haber permanecido de pie en el mismo lugar durante diez horas, y mis sandalias me estaban volviendo loca.
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