13/04/2008

Entre el cielo de la fe y la tierra de la política

Dalai Lama

Texto de Xavier Mas de Xaxàs
Fotos de Roser Vilallonga
El Dalai Lama es el líder espiritual y también político de Tíbet, del que vive exiliado desde 1959 debido a la ocupación china. El problema de su país, dice, no es religioso sino histórico. E insiste en predicar la no violencia ante la ola de reivindicaciones y conflictos que ha desatado la próxima celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín.

El Dalai Lama entra en el templo de McLeod Ganj, que se encuentra frente a su residencia en Dharamsala (India), para celebrar una ceremonia

Lo primero que llama la atención de Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, son los ojos marrones, pequeños y brillantes, como los de un niño con ganas de jugar. Al visitante le coge las manos, lo saluda con una ligera inclinación y le indica dónde debe sentarse. Hace todo esto sin abrir la boca, sólo con la sonrisa y esos ojos que, detrás de unas gafas viejas y con los cristales sucios, transmiten con claridad que ya está casi todo dicho.
A su lado, en la habitación del hotel donde el Magazine tuvo la oportunidad de entrevistarlo el pasado mes de septiembre a su paso por Barcelona, se sentó un secretario vestido con un traje occidental que no hubiera desentonado en el consejo de administración de una gran corporación.
El Dalai Lama sonreía, se rascaba la cabeza si la respuesta debía meditarse primero y consultaba con el secretario cuando tenía dudas sobre las palabras que debía emplear para que la frase coincidiera con el discurso oficial. El secretario tomaba notas en un portafolios, muy serio y muy rígido. No permitía que su espalda tocara el respaldo de la silla. Al Dalai Lama le susurraba en tibetano las consignas que no debía olvidar: negociación con China, autonomía con contenido, nada de independencia, liderazgo espiritual, no político, no violencia, derechos humanos, democracia y libertad.
Alrededor de ellos dos se movía con sigilo un grupo de monjes y funcionarios.
El monje budista más famoso del mundo, premio Nobel de la Paz, líder político y espiritual de un pueblo sin Estado, el hombre capaz, como ningún otro, de alentar la protesta internacional contra el régimen chino, se comportaba como si todo fuera fácil. Incluso ante la pregunta de si no le gustaría volver a ver Lhasa, contestaba sin melancolía que eso no importaba en absoluto: “No es tan importante. Lo importante es la libertad”.
Lhasa, la capital de Tíbet, que él abandonó en 1959 para iniciar en Dharamsala (India) un exilio sin final a la vista, vivió los pasados días 13 y 14 de marzo las peores revueltas en veinte años. En nombre de la libertad, un grupo de tibetanos recurrió a la violencia para expresar su repulsa hacia los chinos. Murieron decenas de personas, y el bloqueo informativo que impusieron las autoridades de Pekín ha impedido averiguar qué ocurrió realmente.
La situación es mala para los tibetanos en Tíbet. La inflación y las dificultades económicas parecen golpearles más a ellos que a los inmigrantes chinos. “La situación en Tíbet es cada día peor por culpa de la opresión china”, aseguró el Dalai Lama durante la entrevista de septiembre. “De forma voluntaria o involuntaria, se está produciendo un genocidio cultural en Tíbet”, afirmó días después de los disturbios de marzo.
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de: Leo Gutierrez | 15/04/2008
Sus ideas: nada de independencia, no liderazgo político, no violencia, derechos humanos, democracia y libertad. Son las únicas que, si fueran compartidas por todos los mandatarios de este planeta herido de muerte, podrían salvarnos de lo que se ve venir. Y soy libre pensador, no me encasillo en ninguna ideología ni religiosa ni política.
31 de agosto
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