13/04/2008
Entre el cielo de la fe y la tierra de la política
Dalai Lama
Texto de Xavier Mas de Xaxàs
Fotos de Roser Vilallonga
El Dalai Lama es el líder espiritual y también político de Tíbet, del que vive exiliado desde 1959 debido a la ocupación china. El problema de su país, dice, no es religioso sino histórico. E insiste en predicar la no violencia ante la ola de reivindicaciones y conflictos que ha desatado la próxima celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín.

Tenzin Gyatso, decimocuarto Dalai Lama
“Hay que enseñar a los jóvenes que los conflictos sólo podrán solucionarlos mediante el diálogo. Con la violencia puedes solventar un problema, pero siembras la semilla para otro”
El entendimiento fue imposible. La guerra fría lo dificultó en extremo. Estados Unidos armó a la resistencia tibetana. La revuelta, sin embargo, fracasó. Tenzin Gyatso cruzó la cordillera del Himalaya en 1959 y se instaló en Dharamsala, la pequeña Lhasa, adonde, desde entonces, no han cesado de llegar miles y miles de refugiados.
Hoy tiene 72 años y a ellos y a todos los que se acercan por allí les brinda la oportunidad de aprender la cultura tibetana e iniciarse en el budismo. Los monjes hablan de felicidad, amor, tolerancia y compasión. “Hay que insistir en la bondad
–asegura el Dalai Lama– porque la paz sólo llegará a través de la paz interior. Hay que enseñar a los jóvenes que los conflictos sólo podrán solucionarlos mediante el diálogo. Esto quiere decir la no violencia.”
Después de dejar Barcelona, donde las autoridades locales rehusaron reunirse con él, el Dalai Lama fue recibido en Berlín por la canciller alemana, Angela Merkel, y de allí voló a Washington, donde fue condecorado con la medalla de Oro del Congreso, la máxima distinción que Estados Unidos otorga a un extranjero. El Dalai Lama repitió en el Capitolio la idea en la que tanto había insistido durante la entrevista: “A través de la violencia puedes solventar un problema, pero, al mismo tiempo, siembras la semilla para otro”.
El Gobierno chino ha acusado al Dalai Lama de promover las revueltas de marzo en Lhasa. Asegura que es un separatista. Él, sin embargo, insiste en la no violencia y afirma que si la mayoría del pueblo tibetano (casi seis millones de personas) se levanta contra la autoridad china, dejará de ser su portavoz. El 10 de marzo, con motivo del 49.º aniversario del fracasado levantamiento de 1959, mostró desde Dharamsala su solidaridad con los tibetanos que sufren “represión y maltrato” a manos de las autoridades chinas. A ellos les animó a “seguir trabajando de manera pacífica y dentro de la ley” para fortalecer sus derechos.
La violencia, sin embargo, volvió a las calles de Lasha, como si no hubiera más camino que el de la fuerza para alcanzar el equilibrio con China, como si la Arcadia feliz, el Shangri-la con el que tantas veces se ha identificado a Tíbet, no fuera más que un invento infantil de un puñado de idealistas occidentales.
Al acabar la entrevista de Barcelona, el Dalai Lama se ató los cordones de los zapatos, bendijo dos rosarios para un compañero enfermo y salió corriendo a predicar la compasión.
Hoy tiene 72 años y a ellos y a todos los que se acercan por allí les brinda la oportunidad de aprender la cultura tibetana e iniciarse en el budismo. Los monjes hablan de felicidad, amor, tolerancia y compasión. “Hay que insistir en la bondad
–asegura el Dalai Lama– porque la paz sólo llegará a través de la paz interior. Hay que enseñar a los jóvenes que los conflictos sólo podrán solucionarlos mediante el diálogo. Esto quiere decir la no violencia.”
Después de dejar Barcelona, donde las autoridades locales rehusaron reunirse con él, el Dalai Lama fue recibido en Berlín por la canciller alemana, Angela Merkel, y de allí voló a Washington, donde fue condecorado con la medalla de Oro del Congreso, la máxima distinción que Estados Unidos otorga a un extranjero. El Dalai Lama repitió en el Capitolio la idea en la que tanto había insistido durante la entrevista: “A través de la violencia puedes solventar un problema, pero, al mismo tiempo, siembras la semilla para otro”.
El Gobierno chino ha acusado al Dalai Lama de promover las revueltas de marzo en Lhasa. Asegura que es un separatista. Él, sin embargo, insiste en la no violencia y afirma que si la mayoría del pueblo tibetano (casi seis millones de personas) se levanta contra la autoridad china, dejará de ser su portavoz. El 10 de marzo, con motivo del 49.º aniversario del fracasado levantamiento de 1959, mostró desde Dharamsala su solidaridad con los tibetanos que sufren “represión y maltrato” a manos de las autoridades chinas. A ellos les animó a “seguir trabajando de manera pacífica y dentro de la ley” para fortalecer sus derechos.
La violencia, sin embargo, volvió a las calles de Lasha, como si no hubiera más camino que el de la fuerza para alcanzar el equilibrio con China, como si la Arcadia feliz, el Shangri-la con el que tantas veces se ha identificado a Tíbet, no fuera más que un invento infantil de un puñado de idealistas occidentales.
Al acabar la entrevista de Barcelona, el Dalai Lama se ató los cordones de los zapatos, bendijo dos rosarios para un compañero enfermo y salió corriendo a predicar la compasión.
de: Leo Gutierrez | 15/04/2008
Sus ideas: nada de independencia, no liderazgo político, no violencia, derechos humanos, democracia y libertad. Son las únicas que, si fueran compartidas por todos los mandatarios de este planeta herido de muerte, podrían salvarnos de lo que se ve venir. Y soy libre pensador, no me encasillo en ninguna ideología ni religiosa ni política.







