15/06/2008
¿Quo vadis, Nápoles?
Texto de María-Paz López
Fotos de Yolanda Treceño
Rica en historia, Nápoles es hoy la gran ciudad del sur de Italia gangrenada por las redes mafiosas y adormecida a fuerza de vivir de las subvenciones públicas. Una bella urbe de edificios descuidados que no quiere verse atada al eterno conflicto de las basuras y los ataques xenófobos

Los Quartieri Spagnoli –barrio español– forman parte del centro histórico de Nápoles y son una de las zonas más visitadas por los turistas
Nápoles se precia de tener un patrón milagrero, san Genaro, cuya sangre prodigiosa se licúa puntualmente tres veces al año. Quiere la tradición católica que la pronta licuefacción de la sangre embotellada del obispo mártir sea un buen auspicio para Nápoles, pero, a juzgar por las desdichas que se abaten sobre esta hermosa ciudad de talante ingobernable, es lícito plantearse si esa creencia no merece revisión. Al venerado san Genaro le deben de llegar en estos días infinidad de plegarias, porque Nápoles empieza a hartarse de cosechar fama planetaria por culpa de ciertas lacras. Durante decenios, le ha procurado vergüenza la Camorra, la mafia napolitana, cuya veintena larga de clanes se disputan con violencia el mercado delictivo del narcotráfico, la extorsión y la usura. Desde el pasado diciembre, Nápoles sufre además la deshonra de la crisis de las basuras, una plaga recurrente que se arrastra desde hace al menos quince años; y a mediados de mayo, a su lista de desventuras se añadieron los ataques a campamentos de gitanos. Nápoles se siente ahora depositaria directa de las acusaciones de xenofobia y racismo que le llueven a Italia desde que el nuevo Gobierno de centroderecha de Silvio Berlusconi anunció mano dura contra la inmigración clandestina.
En la céntrica plaza del Plebiscito, escenario habitual de conciertos y mítines políticos, donde las montañas de bolsas de basura sin recoger nunca han alcanzado las cotas de barrios internacionalmente menos vistosos, nada hace pensar que esta bellísima ciudad de edificios descuidados acumule en el alma tantas laceraciones. La principal, sin embargo, resulta visualmente mucho menos espectacular que los cadáveres ensangrentados de la Camorra, el fuego, o las moles de desperdicios, elementos todos ellos de gran tirón televisivo. La principal herida napolitana, sobre la que rotan casi todas sus desgracias, procede en parte del esfuerzo mismo por protegerla y ayudarla. Sus detractores la llaman asistencialismo, y consiste en un caudal de fondos públicos –tanto italianos como de la Unión Europea– que fluyen hacia la región de Campania, de la que Nápoles es capital, para asistirla y fomentar su desarrollo.
Tercera ciudad de Italia tras Roma y Milán, la pueblan casi un millón de personas, que rozan los tres millones si se cuenta el área metropolitana, arracimada en torno al golfo, en cuyo puerto atracan casi todos los cruceros turísticos del Mediterráneo, y al Vesubio, el volcán omnipresente que da nombre a la red de transporte público de circunvalación, la Circumvesuviana. La tasa de paro es altísima (31,4% frente al 11,6% de la media italiana), por lo que a nadie extraña que la juventud desencantada vea en la Camorra una opción laboral, ni que la policía sea recibida a pedradas por madres y niños cuando efectúa redadas de camorristas en barrios periféricos degradados, como Scampia, un auténtico supermercado de la droga. Encontrar trabajo en Nápoles es una quimeraque conduce al auge del amiguismo, aún operativo para comprar votos en las elecciones, y que con los años ha provocado un crecimiento elefantiásico del funcionariado, único baluarte del empleo seguro y vitalicio.
En la céntrica plaza del Plebiscito, escenario habitual de conciertos y mítines políticos, donde las montañas de bolsas de basura sin recoger nunca han alcanzado las cotas de barrios internacionalmente menos vistosos, nada hace pensar que esta bellísima ciudad de edificios descuidados acumule en el alma tantas laceraciones. La principal, sin embargo, resulta visualmente mucho menos espectacular que los cadáveres ensangrentados de la Camorra, el fuego, o las moles de desperdicios, elementos todos ellos de gran tirón televisivo. La principal herida napolitana, sobre la que rotan casi todas sus desgracias, procede en parte del esfuerzo mismo por protegerla y ayudarla. Sus detractores la llaman asistencialismo, y consiste en un caudal de fondos públicos –tanto italianos como de la Unión Europea– que fluyen hacia la región de Campania, de la que Nápoles es capital, para asistirla y fomentar su desarrollo.
Tercera ciudad de Italia tras Roma y Milán, la pueblan casi un millón de personas, que rozan los tres millones si se cuenta el área metropolitana, arracimada en torno al golfo, en cuyo puerto atracan casi todos los cruceros turísticos del Mediterráneo, y al Vesubio, el volcán omnipresente que da nombre a la red de transporte público de circunvalación, la Circumvesuviana. La tasa de paro es altísima (31,4% frente al 11,6% de la media italiana), por lo que a nadie extraña que la juventud desencantada vea en la Camorra una opción laboral, ni que la policía sea recibida a pedradas por madres y niños cuando efectúa redadas de camorristas en barrios periféricos degradados, como Scampia, un auténtico supermercado de la droga. Encontrar trabajo en Nápoles es una quimeraque conduce al auge del amiguismo, aún operativo para comprar votos en las elecciones, y que con los años ha provocado un crecimiento elefantiásico del funcionariado, único baluarte del empleo seguro y vitalicio.

El paseo marítimo, que en primavera se llena de comuniones y novios

La celebración de un bautizo en un restaurante del centro histórico.
de: Alessandro Ciliberti | 19/06/2008
Genial. Esta es mi ciudad y os puedo decir que es unica. Un saludo.







