Con el maiz a cuestas

Aunque el cadáver despedazado de una vaca parece más lejos aún del maíz sagrado de los mayas, no es ninguna casualidad que estos mataderos se encuentran en Nebraska rodeados de los infinitos campos de maíz. Paradójicamente, mientras la industria del etanol busca desesperadamente una innovación biotecnológica para reproducir el proceso de extracción de energía de la celulosa que las vacas hacen de forma natural cuando digieren la hierba, los residuos de maíz en las plantas de etanol se transportan a los lotes de engorde de las vacas pese a que el maíz no es fácilmente digerido por las vacas. El pienso sale como vómito espeso y amarillo mientras bandadas de estorninos vuelan frenéticos en una nube negra. En los lotes, las vacas embadurnadas de barro lo comen desde pesebres de hormigón. A veces a las vacas se les hincha el estómago y se tiene que insertar una manguera para evitar que se aplaste el pulmón. Desde allí los animales se transportan a los mataderos en camiones por los que sólo asoman los hocicos, “sin sospechar lo que les espera, metáforas del destino humano aunque ningún trabajador sea poeta para comentarlo”, según escribió Sinclair. Debido al coste del transporte tanto del maíz como del ganado, “cada vez más en Nebraska vamos a traer las vacas y matarlas aquí”, dice Roger Mills, jefe de ventas de una planta de etanol.
Si en Guatemala la “siembra como negocio produce hambre”, en algunas comunidades inmigrantes de Centroamérica en Estados Unidos empieza a pasar justo lo contrario con resultados no menos trágicos. “Existe una grave peligro de obesidad en las comunidades mayas en EE.UU.”, confirma Barry Bogin, el nutricionista de la Universidad de Michigan. Los mayas de Centroamérica tienen una predisposición de obesidad. “Debido a un pasado de desnutrición sus cuerpos están preparados para guardar grasas”, explica Bogin. “Los niños mayas nacidos en EE.UU. son más altos pero el 40% a escala nacional son obesos con grave peligro de diabetes.” Y, como si se tratara de un castigo divino para los hombres de maíz, la raíz de la epidemia de obesidad en la comunidad guatemalteca en Estados Unidos es, precisamente la superabundancia de maíz subvencionado, el mismo maíz subvencionado que quebró la economía campesina en Guatemala o México.
“Subvencionamos jarabe de maíz de alta fructuosa; no subvencionamos zanahorias”, advierte Michael Pollin en su libro The Ominvore’s Dilemma. La obesidad infantil es aún mas elevada ya que el inmigrante de segunda generación “come menos alimentos tradicionales; tiene menos actividades sociales, en una palabra se hace más estadounidense”, dice Bogin.








