13/07/2008

Con el maiz a cuestas

Texto de Andy Robinson
Fotos de Lourdes Delgado
En la gran diáspora hispana en Estados Unidos, los hombres y mujeres de maíz, campesinos mayas procedentes de Centroamérica y México, han llegado hasta el estado del maíz, Nebraska. Pueblos como Schuyler ya son colonias guatemaltecas en la gran llanura del corn belt. No es casualidad. Importaciones de maíz subvencionado estadounidense han quebrado la economía campesina al sur del río Grande mientras los mataderos de Nebraska ofrecen trabajo. Y los mataderos también se concentran cada vez más donde se encuentra el maíz, principal alimento de la vaca estadounidense.

Un campo de maíz en el oeste de Nebraska

ATRAPADOS EN EL CÍRCULO QUE ENCARECE LOS ALIMENTOS
No sólo son hombres, mujeres y maíz los forzados a abandonar la economía campesina en beneficio de la agroindustria del Medio Oeste. En realidad, la inmigración masiva –del campo a la ciudad, de la ciudad al mundo rico– es una consecuencia directa del colapso de la economía campesina bajo las presiones de la industria de alimentos global dominada por gigantes del big food como Cargill, Archer Daniel Miller o Blurge, favorecidas por enormes subsidios en EE.UU. y Europa.
Ex campesinos de Guatemala descuartizan vacas en Nebraska en un sistema alimentario carente de toda lógica desde el punto de vista de la nutrición, aunque no dé beneficios, ya que –según explica Paul Roberts en su nuevo libro The End of Food– se necesitan veinte toneladas de cereales para producir una tonelada de carne de vaca. “La vaca es tan ineficiente como un todoterreno Hummer chupagasolinas”, sostiene.
Junto al cultivo de biocombustibles, la expansión del consumo de carne en países como China y el aumento correspondiente de la demanda de cereales en forma de piensos para el ganado es una de las causas principales de las enormes subidas de precios de los alimentos que se registran actualmente y que, a su vez, obliga a más campesinos en América Latina, África y Asia a emigrar. Inmigrantes como Juan, nacido hace 50 años en un ejido colectivo en Guanajuato, donde su padre cultivaba maíz, y que ahora descuartiza en la kill zone de un matadero de Omaha. “Una vaca se me cayó encima una vez y pensé que estaba muerto”, dice. En México, los ejidos –las granjas colectivas creadas tras la revolución mexicana para garantizar la seguridad alimentaria campesina– casi han desaparecido bajo las presiones del Tratado de Libre Comercio con EE.UU. y Canadá. Y, ahora, el precio disparado del precio de la tortilla de maíz empuja a más gente hacia el norte para matar más vacas alimentadas a base de cereales.
Pero no hace falta irse tan lejos para comprobar las paradojas grotescas de la industria. La llegada interminable de inmigrantes indocumentados desde Senegal a Canarias en los cayucos anteriormente usados por pescadores senegaleses es un ejemplo muy ilustrativo. Hasta mediados de los noventa, Senegal mantenía ciertos niveles de empleo en el campo con subvenciones al sector del tomate y la avicultura. Pero cuando el gobierno rebajó los aranceles, entró una avalancha de tomates europeos subvencionados –muchos, procedentes de España–. Asimismo, las subvenciones a los piensos
–soja y trigo– de los pollos europeos facilitaron la entrada de aves europeas de bajo coste, lo que supuso la quiebra del 70% de las granjas de pollos de Senegal.
Miles de campesinos empobrecidos emigraron a la costa para tratar de ganarse la vida en la pesca, en un mar de abundantes bancos de peces, desde atunes a rape. Pero pronto, tras un acuerdo con la Unión Europea, llegaron los grandes buques de pesca españoles y franceses –dotados de las últimas tecnologías–, que han torpedeado la pesca preindustrial de los viejos cayucos. Según explica Felicity Lawrence, autor de Eat Your Heart Out, “ante esta competencia, los pescadores senegaleses más emprendedores han adaptado sus barcas a un comercio más lucrativo: el tráfico de personas”.
Paradójicamente, muchos de los senegaleses expulsados sucesivamente de la economía campesina en el campo y la pesca tradicional en la costa, acaban cortando tomates en España o enlatándolos en Italia.
Mientras tanto, en las megalópolis desérticas de Dubai y Abu Dabi, una ola de etíopes se suma al casi millón de inmigrantes indios, pakistaníes y bengalíes que huyen de la crisis agrícola en sus respectivos países y proporciona mano de obra barata en los reinos del petrodólar. El precio del arroz se duplicó a primeros de año, lo que empujó a millones de asiáticos hacia el borde del hambre. En África los precios de cereales se duplican y el hambre se extiende desde Adis Abeba hasta El Cairo.
Los optimistas decían que el encarecimiento del arroz y otros cereales ayudaría a campesinos que son productores de alimentos. Pero las subidas disparadas del precio de fertilizantes y pesticidas dificultan la siembra a todos, menos a los grandes productores. Miles de campesinos indios se han suicidado en los últimos años utilizando los tóxicos pesticidas emparejados con semillas genéticamente modificadas por multinacionales.
En Etiopía y otros países del África subsahariana también el hambre aprieta y expulsa a la gente. “No importamos cereales, pero el precio de todos los alimentos sube; llega un momento en el que ya no puedes más”, dice Alex Assaye, de Adis Abeba, que ha ido a buscarse la vida a Dubai.
Y en el Amazonas brasileño, el rival del maíz como materia elemental de la gran industria, la soja, gana cada día más metros de terreno a la selva tropical. La soja se encuentra en el 60% de todas las comidas elaboradas vendidas en Europa. Es el otro material con el que se elaboran piensos para ganado, cerdos y pollos y ahora biocombustibles. Las calorías de cada McNugget de pollo en un restaurante McDonalds provienen de las plantaciones de soja en la Amazonía brasileña, donde las condiciones laborales recuerdan siglos de colonización portuguesa y la esclavitud. “En el Amazonas brasileño puedes ver el espantoso coste medioambiental y social del sistema actual de alimentos. Las condiciones para la vuelta de la esclavitud en las plantaciones de soja en Brasil y en Europa, donde terribles abusos laborales son normales para migrantes que procesan los productos finales”, escribe Lawrence.
¿Quién domina la industria mundial de la soja? ¡Quién iba a ser!: Cargill, ADM y Bunge, con el 60% de las exportaciones de Brasil y el monopolio del mercado mundial.

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de: Maximo Seligmann | 13/07/2008
No hay ya dudas de las siniestras ambiciones del Tio Sam en los TLC que perjudican a tantas familias latinoamericanas o vuestra nota sobre lo que sucede en Africa y el porque de la masiva llegada de pateras a España.Todo va sobre lo mismo y las ambiciones de los países ricos,con el consiguiente desabastecimiento de alimentos a nivel mundial, y su encarecimiento sin límites, si se continua con esta política por el biodiesel y como dice en suplemento Salud, no se usa la alternativa de las olas del mar.
30 de noviembre
30 de noviembre
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