03/08/2008
China el cambio oculto
Texto de Rafael Poch
Fotos de Bernardo de Niz
China vive desde hace años una revolución social silenciosa. Bajo las apariencias se producen cambios de dimensiones telúricas, y a menudo incomprensibles a los ojos de Occidente. Los Juegos pueden mostrar al mundo este rostro oculto de China y, a la vez, pueden acelerar las transformaciones en marcha. De momento, la arquitectura ya es un símbolo de los nuevos tiempos.

Vista nocturna del nuevo teatro de la Ópera, en el corazón de Pekín, a un lado de la plaza de Tiananmen y del Gran Palacio del pueblo, que se vislumbra a la izquierda
Una mañana del 2006, el arquitecto francés François Tamissier me mostraba desde lo alto de los andamios de la obra del Teatro Nacional de China lo que consideraba como “lo más interesante” de todo aquel trajín. A nuestros pies hormigueaban miles de diligentes operarios y se empleaban centenares de millones de euros en una obra vanguardista. Pero no era eso lo que el francés me señalaba. En efecto, desde el lugar se divisa perfectamente el interior del complejo de Zhonanhai, el recinto adjunto a la Ciudad Prohibida en el que viven algunos de los más altos dirigentes de China. Aquella visión estaba “cargada de significado”, decía Tamissier.
Zhonanhai es un austero y modesto conjunto de edificios y zonas ajardinadas junto a un lago. Que los dirigentes hayan consentido esta intrusión en su privacidad dice mucho. También dice mucho la propia obra del Teatro Nacional de China, un ultramoderno ovni de titanio diseñado por el francés Paul Andreu, el jefe de Tamissier, que linda con el Gran Palacio del Pueblo, el más emblemático de los edificios oficiales del clasicismo comunistoide, de inspiración, podríamos decir, soviético-egipcia, pues sus columnas recuerdan al templo de Karnak. Enfrente del Gran Palacio del Pueblo, al otro lado de la plaza Tiananmen, el Museo Nacional se encuentra en plena remodelación y ampliación, a costa de la sede del Ministerio de Seguridad Pública, la policía de Estado. La propia plaza, espacio de Estado por antonomasia, sigue bajo la maldición del 4 de junio de 1989, el movimiento social aplastado en sangre. En ella casi no se puede ni toser, sin que un policía vestido de civil te observe con sospecha, pero a su alrededor pasan todas esas cosas curiosas.
Dicen que los edificios de Rem Koolhas (la extraordinaria sede de la televisión china) y Norman Foster (la terminal 3 del aeropuerto), las nuevas redes de metro y la gigantesca zona olímpica, el Olympic Green, surgido de la nada, han transformado Pekín. Ciertamente, China se ha gastado 42.000 millones de dólares –frente a los 15.000 millones de Atenas– en instalaciones, infraestructuras y programas vinculados a estos Juegos. Algunos han escrito con grandilocuencia que, en su conjunto, se trata de la mayor obra china desde la construcción de la Gran Muralla. Sin embargo, la verdadera transformación de Pekín no es esta, la que está en boca de todos, sino otra, mucho más profunda, que tiene que ver con las mentalidades, y sin la cual todo ese decorado sería una mera carcasa vacía. Se trata de algo tan simple como la constatación del nacimiento de una nueva sociedad, en la que los dirigentes han dejado de ser dioses y pregonan el imperio de la ley (fazhi), en la que la cultura gana terreno a la policía de Estado, donde las obras más vanguardistas de arquitectos extranjeros se han abierto paso muchas veces gracias a el apoyo expreso de los más altos mandarines del Politburó, contra resistencias corporativas y conservadoras de todo tipo. Una sociedad en la que la autonomía social se abre paso a un ritmo extraordinario, con la ineludible perspectiva de que el ciudadano, un sujeto nuevo y desconocido, está moldeando cada vez más las ciudades, las instituciones y las relaciones sociales.
Zhonanhai es un austero y modesto conjunto de edificios y zonas ajardinadas junto a un lago. Que los dirigentes hayan consentido esta intrusión en su privacidad dice mucho. También dice mucho la propia obra del Teatro Nacional de China, un ultramoderno ovni de titanio diseñado por el francés Paul Andreu, el jefe de Tamissier, que linda con el Gran Palacio del Pueblo, el más emblemático de los edificios oficiales del clasicismo comunistoide, de inspiración, podríamos decir, soviético-egipcia, pues sus columnas recuerdan al templo de Karnak. Enfrente del Gran Palacio del Pueblo, al otro lado de la plaza Tiananmen, el Museo Nacional se encuentra en plena remodelación y ampliación, a costa de la sede del Ministerio de Seguridad Pública, la policía de Estado. La propia plaza, espacio de Estado por antonomasia, sigue bajo la maldición del 4 de junio de 1989, el movimiento social aplastado en sangre. En ella casi no se puede ni toser, sin que un policía vestido de civil te observe con sospecha, pero a su alrededor pasan todas esas cosas curiosas.
Dicen que los edificios de Rem Koolhas (la extraordinaria sede de la televisión china) y Norman Foster (la terminal 3 del aeropuerto), las nuevas redes de metro y la gigantesca zona olímpica, el Olympic Green, surgido de la nada, han transformado Pekín. Ciertamente, China se ha gastado 42.000 millones de dólares –frente a los 15.000 millones de Atenas– en instalaciones, infraestructuras y programas vinculados a estos Juegos. Algunos han escrito con grandilocuencia que, en su conjunto, se trata de la mayor obra china desde la construcción de la Gran Muralla. Sin embargo, la verdadera transformación de Pekín no es esta, la que está en boca de todos, sino otra, mucho más profunda, que tiene que ver con las mentalidades, y sin la cual todo ese decorado sería una mera carcasa vacía. Se trata de algo tan simple como la constatación del nacimiento de una nueva sociedad, en la que los dirigentes han dejado de ser dioses y pregonan el imperio de la ley (fazhi), en la que la cultura gana terreno a la policía de Estado, donde las obras más vanguardistas de arquitectos extranjeros se han abierto paso muchas veces gracias a el apoyo expreso de los más altos mandarines del Politburó, contra resistencias corporativas y conservadoras de todo tipo. Una sociedad en la que la autonomía social se abre paso a un ritmo extraordinario, con la ineludible perspectiva de que el ciudadano, un sujeto nuevo y desconocido, está moldeando cada vez más las ciudades, las instituciones y las relaciones sociales.
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