17/08/2008
En nombre de Europa
Texto de Salvador Enguix
Fotos de Roser Villalonga
La comisión de Exteriores de la Unión Europea acostumbra a tener una apretada y compleja agenda de trabajo. Los temas son de lo más diverso, y otro tanto puede decirse de los interlocutores. Al frente del departamento está la austriaca Benita Ferrero-Waldner, con quien el Magazine ha compartido dos días de trabajo y vida familiar.

La comisaria de Exteriores repasa la agenda del día con su secretaria, Nicole Schmitt. Debe recibir al viceministro de Asuntos Exteriores de la República Popular Democrática de Corea, Sok Ung Kung, y asistir a una sesión sobre asuntos exteriores en el Parlamento, donde comparte estrado con el polaco Jacek Saryusz-Wolski (izquierda), presidente de la comisión de Asuntos Exteriores, y con Vicent Guerend, uno de sus colaboradores.
Y ella, uno tras otro, en una escena que parece interminable y que sólo dura una hora y media, contesta, ofrece datos, argumentos, ideas, hechos, advertencias –como la necesidad de que la UE amplíe la ayuda económica al pueblo palestino para librarlo de una hambruna que califica de “segura”–; siempre, eso sí, con esa sonrisa que ya forma parte de su personalidad política. Responde, además, a cada uno en su idioma, dado que ella domina a la perfección el alemán, el francés, el inglés y el español y también habla el italiano. E incluso, cuando el presidente de la mesa, el eurodiputado polaco Saryusz-Wolski, miembro del Partido Popular Europeo y presidente de la comisión de Exteriores de la Eurocámara, le conmina a no responder a algunas cuestiones planteadas por los eurodiputados “porque no son de su plena competencia”, ella, bien al contrario, atiende a quien le plantea la cuestión, orientando la inquietud y ofreciendo datos del papel que desarrolla la UE en ese asunto concreto.
Es una tarde de principios de mayo. Bruselas no parece ese día Bruselas, siempre tan gris y llorona. Con un cielo plenamente despejado, azul; con unas temperaturas casi veraniegas, con los funcionarios buscando en los parques esa luz intensa del sol que suele negarse a esta ciudad la mayoría de los días del año. Benita Ferrero-Waldner ha iniciado el día con nosotros y nos ha autorizado a seguirla, en todos los ámbitos de su vida, durante 48 horas. Pacto que cumple hasta la intimidad; cuando ya de noche, en el ático de su vivienda, ofrezca la posibilidad de conocer de cerca a un hombre clave en su vida durante los últimos veinte años: su marido, el valenciano Francisco Ferrero, director del Instituto Cervantes de Viena. Un tipo culto, labrado, experto y amante de la literatura (en su vivienda hay miles de libros). Y, lo más importante, entrañable.
Es una tarde de principios de mayo. Bruselas no parece ese día Bruselas, siempre tan gris y llorona. Con un cielo plenamente despejado, azul; con unas temperaturas casi veraniegas, con los funcionarios buscando en los parques esa luz intensa del sol que suele negarse a esta ciudad la mayoría de los días del año. Benita Ferrero-Waldner ha iniciado el día con nosotros y nos ha autorizado a seguirla, en todos los ámbitos de su vida, durante 48 horas. Pacto que cumple hasta la intimidad; cuando ya de noche, en el ático de su vivienda, ofrezca la posibilidad de conocer de cerca a un hombre clave en su vida durante los últimos veinte años: su marido, el valenciano Francisco Ferrero, director del Instituto Cervantes de Viena. Un tipo culto, labrado, experto y amante de la literatura (en su vivienda hay miles de libros). Y, lo más importante, entrañable.
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