17/08/2008

En nombre de Europa

Texto de Salvador Enguix
Fotos de Roser Villalonga
La comisión de Exteriores de la Unión Europea acostumbra a tener una apretada y compleja agenda de trabajo. Los temas son de lo más diverso, y otro tanto puede decirse de los interlocutores. Al frente del departamento está la austriaca Benita Ferrero-Waldner, con quien el Magazine ha compartido dos días de trabajo y vida familiar.
La comisaria de Exteriores, en el salón de su casa mientras hojea un libro de arte.
Es miércoles, son las ocho de la mañana, y la comisaria ha acudido puntual al desayuno con el resto de los comisarios. Camina rápido. Lleva, como el día anterior, un traje con falda de colores vivos, el pelo suelto. “Ella lo tiene muy claro; ser dura, política y luchadora no está reñido con ser femenina”, apunta una de sus asesoras. Poco a poco van apareciendo todos los comisarios. El español Joaquín Almunia, titular de Asuntos Económicos, acude también entre los primeros y saluda con respeto a su homóloga austriaca. Uno de los últimos en aparecer es el presidente, José Manuel Durão Barroso, que la abraza. El debate, nos anuncia antes de entrar, “va a ser duro”. De hecho, los comisarios permanecen toda la mañana en la sala donde desayunan y no se trasladan al salón de la Comisión Europea; de esta manera, sus conversaciones no son grabadas y las discusiones quedan en la más estricta intimidad. El tema del día: la posición de la UE sobre los organismos genéticamente modificados (OGM).
La jornada se presenta como una cascada de actuaciones. Porque tras la reunión con la comisión mantendrá otra, larga y pesada, con su equipo para preparar la sesión de control del Parlamento Europeo sobre Georgia. Insiste a su gente en una prioridad que le obsesiona: los derechos humanos. “Ahí hemos de insistir”, subraya. Son las cinco de la tarde; por el Berleymont ya no se ve a nadie. El día es precioso, y parece que todo el mundo haya decidido descalzarse en los parques, incluidos muchos funcionarios. Pero en la sala de plenos de la Cámara europea, un reducido grupo de eurodiputados, apenas una decena, mantiene un vivo debate sobre las relaciones entre Georgia y Rusia, y la posición que debe adoptar la UE. Y Benita Ferrero-Waldner atiende uno a uno a sus señorías.
Es tarde, muy tarde, y sólo un grupo de mujeres ataviadas con trajes regionales helvéticos acude a una sesión que finalizará tal vez cuando ya haya oscurecido. “Ahora, si me dejan, me iré a cenar con mi marido, que habrá comprado algo bueno para esta noche; eso es lo que más me apetece”, dice la comisaria antes de despedirse.
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