23/11/2008

Así nació la era Obama

Por Francisco Goldman
Traducción Gemma Deza para T&S
Cuando Barack Obama suba al poder el 20 de enero del 2009,se enfrentará al conjunto de circunstancias más adversas que haya afrontado ningún presidente estadounidense en los últimos
ochenta años. ¿Conseguirá sobreponerse con grandeza como ha hecho hasta ahora o se verá sobrepasado por los desafíos? ¿Encontrará un camino para hacer realidad su promesa
de lograr un nuevo tipo de política, que trascienda la dicotomía de la derecha frente a la izquierda? Su campaña electoral, al menos, resultó innovadora en tantos sentidos que sin duda ha cambiado para siempre la manera de hacer política en Estados Unidos.

Un seguidor de Obama con una camiseta en la que el nuevo presidente está caracterizado como Superman

Siete años más tarde, en el 2004, fue elegido senador de Estados Unidos. El segundo libro de Obama, La audacia de la esperanza, esbozaba su visión de una nueva política centrista (un tipo de centrismo radicalmente novedoso) basada en el rechazo a una política estadounidense descrita sempiternamente en términos de estados azules y estados rojos, es decir: en atención a la antigua dicotomía de la derecha y la izquierda y a la guerra de aniquilación recíproca librada entre ambos extremos. ¿Por qué no podía Estados Unidos plantear una política que buscara el bien común y soluciones comunes, soluciones que no necesariamente se definían de la manera más inteligente o práctica en términos de izquierda o derecha, de azul o rojo? ¿Por qué no apostar por una política construida desde las bases o incluso por una organización comunitaria a escala nacional? ¿Qué hay de intrínsecamente izquierdista o derechista en preparar a los estadounidenses para competir en una nueva economía global mediante el refuerzo del sistema educativo? ¿O en abordar el problema del recalentamiento del planeta o la necesidad de hallar fuentes energéticas alternativas? ¿Acaso resolver problemas como éstos no es beneficioso para los negocios (la derecha, supuestamente) y para los trabajadores (la izquierda, supuestamente), además de para el planeta en sí (todo el mundo)? ¿Qué hay, por poner un ejemplo, de intrínsecamente izquierdista o derechista en impugnar el desafío de la Administración Bush a los acuerdos de la Convención de Ginebra relativos a la tortura?

Barack Obama se opuso a la guerra de Iraq y, aunque pueda concederse que ello es indicio de una postura de la izquierda ortodoxa, al poco tiempo muchos dirigentes republicanos lamentaban públicamente el curso de los acontecimientos e incluso los hubo que se manifestaron en contra del conflicto. “Yo no me opongo a todas las guerras”, declaró Obama, “sólo a las guerras estúpidas”. Unos cuantos demócratas veteranos e influyentes, algunos de ellos viejos aliados de Kennedy a quienes se acusa automáticamente de estar sedientos de reavivar sus ideales juveniles y hartos del nepotismo de Washington, empezaron a encomiar a Barack Obama como posible contendiente a las elecciones presidenciales. Todo el mundo hablaba de aquel joven apuesto y de una inteligencia excepcional dotado con el don de la oratoria y una capacidad extraordinaria para comunicar ideas y creencias complejas en sus libros y conmovedores discursos.

No obstante, nos hallábamos en un país que había elegido por dos veces consecutivas, aunque fuera por los pelos, a un presidente célebre por su incultura y su extremismo ideológico que afirmaba gobernar “con las tripas” en lugar de con el cerebro y destrozaba el lenguaje sin disculparse por ello, un presidente cuyos portavoces gubernamentales vendían ficciones por verdades de manera rutinaria y describían burlonamente a sus contrincantes como pertenecientes a “la comunidad anclada en la realidad”.

Al poco, algunos de aquellos idealistas del Partido Demócrata se pusieron en contacto con el joven senador de Chicago para proponerle que se presentara a las elecciones presidenciales. Obama, por su parte, ya había sopesado esa posibilidad; le gustaba explicar que creía realmente en lo que escribía. En un principio, y comprensiblemente, Michelle Obama se mostró reacia a la propuesta: es peligroso entrar en el terreno de la política nacional siendo negro e instigador del cambio. Además, tenían dos hijas pequeñas. ¿Estaban dispuestos a exponer a su familia a la despiadada ruindad de una campaña electoral estadounidense? Pero Barack Obama percibía que algo estaba pasando en EE.UU., algo que nadie más había visto, o por lo menos no con tanta clarividencia.
Con la excepción de ocho años, el Partido Republicano ha ocupado el poder los últimos 28 años y ha sido la voz de Estados Unidos. Ha sido el partido de los valores familiares, y todos hemos descubierto que esos valores consistían en el odio a los otros: a los homosexuales y los laicistas, a los negros de las zonas urbanas deprimidas y a las mujeres que habían abortado, aunque a veces también han manifestado su odio hacia las madres solteras que no lo habían hecho, sobre todo si eran jóvenes adolescentes de zonas marginales o inmigrantes sin papeles. Ha sido el partido de la democracia, en cuyo honor lanzaron una política paranoica de democracia exportada mediante métodos violentos y una doctrina de guerras preventivas contra países que nos atemorizaban porque pensábamos que podían atacarnos primero. La palabra justicia ha equivalido a desafío a la Convención de Ginebra en materia de tortura y a la supresión del habeas corpus para los presos políticos de Guantánamo. La libertad de opinión ha consistido inexorablemente en tildar a los oponentes políticos de antipatrióticos e incluso de traidores, lo cual ha degenerado en un aumento del espionaje interno. La igualdad económica ha implicado un ensanchamiento brutal del abismo entre las rentas de ricos y pobres, recortes impositivos permanentes para las clases más favorecidas y las empresas, y el cuento de la lechera del capitalismo sin restricciones y la filtración de la economía de Reagan, todo lo cual ha desembocado en la catástrofe económica en la que nos hallamos sumidos actualmente.

A lo largo de estas décadas, los republicanos han convencido en repetidas ocasiones a los estadounidenses de clase media y obrera para que votaran en contra de sus mejores intereses. ¿Cómo lo han conseguido? Principalmente mediante la manipulación de feos sentimientos: infundiendo el miedo a los terroristas y a los otros, realizando llamamientos demagógicos al patriotismo y contando mentiras y más mentiras que los aquiescentes medios de comunicación rara vez han puesto en tela de juicio. En resumidas cuentas, Estados Unidos siempre había poseído instituciones e ideales por los que merecía la pena luchar, pero, en el transcurso de los últimos ocho años, tal como le escuché expresar al escritor Paul Auster hace sólo unos días, hemos contemplado como “todo eso se iba derritiendo como cubitos de hielo sobre un fogón encendido”.

Lo que Barack Obama vio, creo, fue a nosotros empezando a cuajar como nación. Ciertamente, el bajo índice de aprobación de Bush en las encuestas demostraba que los norteamericanos estaban hartos y preparados para algún tipo de cambio, listos para darse un agradable y cálido baño nacional. El 2008 iba a ser el año, aventuraba todo el mundo, en el que cualquier hombre demócrata y blanco podría barrer fácilmente en los comicios. Pero daba la sensación de que los votantes, al menos los registrados para las elecciones primarias de los demócratas, los independientes e incluso algunos republicanos, estaban ávidos de algo más.

El hecho de que Hillary Clinton se presentara como líder probada y experimentada para hacer frente a tiempos difíciles la convertía en la probable ganadora de las elecciones primarias de los demócratas. La mayoría de los expertos preveían que Barack Obama se convertiría en el Howard Dean de este año, el extravagante segundón, el candidato antiestablishment que sabía cómo solicitar donaciones por internet y suscitar el entusiasmo entre los jóvenes antibelicistas, pero que nunca sería capaz de hacer extensivo su atractivo a otras capas de la sociedad.

Y entonces Obama ganó los caucus de Iowa, las primeras primarias, y se consagró como un contrincante serio. Perdió New Hampshire y ganó el Supermartes, pero la campaña de las primarias resultó ser más larga, extenuante y, en ciertos aspectos, preocupante de lo previsto. Obama consiguió un gran número de adhesiones entre los delegados, pero parecía incapaz de remachar su candidatura. Y seguía ganando primarias demócratas en estados como Carolina del Sur donde se suponía que vencerían los republicanos en las elecciones generales, mientras que Clinton se encumbraba en los grandes campos de batalla decisivos en cualquier elección ajustada.

Clinton hizo una campaña despiadada y efectiva. Fue la primera en exagerar la tenue asociación de Obama, en una junta directiva de Chicago, con Bill Ayers, antiguo integrante del grupo terrorista Weather Underground y hoy profesor universitario y considerado tan rehabilitado que ha sido nombrado hombre del año en Chicago.
Presionó a Obama para que cometiera su único error grave en los casi dos años de campaña presidencial y proporcionara munición a quienes pretendían retratarlo como un esnob y un elitista intelectual: en un encuentro con donantes en San Francisco, Obama achacó su fracaso en los estados del Medio Oeste al hecho de que los votantes del ámbito rural y la clase obrera eran partidarios de las armas y religiosos, y sentían temor de lo diferente mientras su modo de vida tradicional de clase obrera se desmoronaba en torno a ellos. 

Pero Obama también tuvo momentos triunfales, entre los cuales destacó su respuesta a la polémica suscitada por su asociación con el reverendo Jeremiah Wright, de cuya iglesia en Chicago había sido parroquiano durante largo tiempo y cuyos exaltados discursos, llenos de frases chirriantes como “¡Dios maldiga América!”, parecían suscribir el peor de los estereotipos de la militancia negra vengativa. El mayor temor de Barack Obama era verse caricaturizado como el típico político negro que daba voz al comprensible resentimiento de los afroamericanos al tiempo que alienaba a los votantes blancos. Tenía que caminar por la cuerda floja sin desatender las sensibilidades de ninguno de ambos grupos, pero llevaba haciendo equilibrismos toda su vida, decidido a transformar las ambigüedades de esa dicotomía en un ideal unificador y una fortaleza, en lugar de una debilidad.
El 18 de marzo, Obama pronunció el que probablemente sea el discurso más importante de su carrera hasta la fecha. Se dirigió al electorado estadounidense para hablarle del difícil papel que la raza había desempeñado en la historia del país y en la de su propia vida. Aquella noche habló con madurez, con claridad moral y con generosidad hacia blancos y negros, tanto que logró desembarazarse de toda la controversia suscitada por el caso del reverendo Wright.
Al final, la campaña de las primarias contra Hillary Clinton demostró ser mucho más dura que la presidencial contra John McCain. Clinton preparó a Obama para el turbulento mundo de los ataques políticos tal y como los habían perpetrado los republicanos en las últimas décadas, y con enorme éxito. Clinton encabezó una campaña ardua e implacable, si bien no realmente deshonesta, como finalmente sí demostró ser la de John McCain, más efectiva pero deshonrosa hasta la ridiculez.

No consigo dejar de pensar en algunos momentos trascendentales, en esos cambios singulares y sorprendentes que se producen en la cultura y que posiblemente no se identifiquen como tales en el momento de suceder, pero que señalan lo que está por venir. Sin duda, en esta campaña hubo muchos de esos momentos, pero para mí hay dos fundamentales.

El primero aconteció el 11 de agosto del 2006 en la rural Virginia, un estado sureño considerado un bastión republicano de confianza. En un acto de la campaña organizado ese día, el candidato republicano al Senado Richard Allen, a menudo mencionado como posible futuro presidente, detectó a S.R. Sidarth, un asesor de 20 años de su oponente demócrata, en medio de la multitud filmando el mitin en vídeo. Desde el estrado, Allen se burló de Sidarth, un amerindio, empleando un apelativo racial, macaca (macaco), que aparentemente le había enseñado su madre, nacida en la colonia francesa de Túnez. Haciendo alarde de la demagogia más típicamente americana, Allen espetó un: “Demos la bienvenida al macaca. Bienvenido a América y al mundo real de Virginia”.

El racismo displicente de Allen, filmado en vídeo, se convirtió en uno de los éxitos de internet a través de YouTube. No obstante, en el pasado un único comentario cretino probablemente no habría bastado para poner fin a la carrera estelar de un político, y mucho menos en el mundo real de Virginia al que se dirigía Allen. Lo que ocurrió es que Virginia ya había cambiado. Gran parte de la población estatal vive ahora hacinada en las zonas residenciales del norte de Washington, DC. Cientos de miles de profesionales blancos moderados se han trasladado a esta zona, como también lo han hecho muchos ciudadanos de trasfondo inmigrante diverso y reciente, léase latinos, coreanos, vietnamitas y surasiáticos como Sidarth, quienes, junto con la población afroamericana largamente afincada en el estado, formaban parte de la Virginia real del momento. El senador Allen perdió su escaño en el Senado y, en las elecciones presidenciales del 2008, Barack Obama se convertiría en el primer demócrata en arrasar en Virginia desde que Lyndon Johnson lo hiciera en 1964.

Otro de estos momentos proféticos, también ocurrido en el 2006, fue la aparición del cómico Steven Colbert en la cena que la Casa Blanca organiza para la prensa, un acontecimiento en el que los medios afines al establishment y las eminencias de Washington DC, incluido el presidente, se reúnen para rendirse un homenaje a sí mismos. Cada año se invita a un cómico para que haga bromas blandas al presidente y le ofrezca la oportunidad de demostrar que es capaz de reírse de sí mismo. Colbert presenta un programa televisivo titulado The Colbert Report, que, junto con The Daily Show de su colega Jon Stuart, se emiten consecutivamente las noches de lunes a viernes en el canal por cable Comedy Central.

Durante años, a los demócratas venía inquietándolos la influencia preponderante de los expertos y presentadores de los programas de debate radiofónicos y televisivos, en su mayoría de derechas, maestros todos de una retórica divisiva e incendiaria, y, sobre todo, capaces de avivar el resentimiento entre los votantes blancos del género masculino. ¿Cómo podía ser que los progresistas nunca encontraran personajes mediáticos afines que soflamaran a las multitudes? Resultó que la respuesta largamente ansiada llegó en forma de comedia televisiva a última hora de la noche y que, en lugar de indignación con rostros coléricos y puños apretados, respondió a las calamidades de los años de Bush con carcajadas, ingenio y una concepción implacable del absurdo, y encontró y configuró una amplia audiencia, nueva y leal, entre los jóvenes. Tanto The Colbert Report como The Daily Show fingen ser programas de noticias y emiten crónicas y reportajes presentados con semblante serio que en realidad encierran un contenido satírico e hilarante, al tiempo que terriblemente perspicaz en términos políticos. En su programa, Colbert imita a un presentador furibundo y derechista de la Fox News, al estilo de Bill O’Reilly, y ése fue precisamente el personaje que se presentó en la cena con los corresponsales celebrada en la Casa Blanca:
“¡Caramba! ¡Qué gran honor!”, empezó diciendo Colbert. “Me siento terriblemente honrado de compartir mesa con mi héroe, George W. Bush… Lo mejor de este hombre es que es firme. Uno siempre sabe qué opina. Cree lo mismo el miércoles que creía el lunes, al margen de lo que haya ocurrido el martes.”

Colbert continuó en la misma línea durante cerca de media hora, con su obsequiosa sonrisa y sus gracias, ensartando despiadadamente al presidente, que se vio obligado a permanecer sentado y al principio soltó alguna que otra risotada incómoda, pero acabó con un semblante frío como el témpano y mirada feroz.

Colbert también dirigió su brillante sarcasmo hacia los medios de comunicación del establishment: “Durante los pasados cinco años os habéis portado muy bien todos… con los recortes impositivos, los informes secretos sobre las armas de destrucción masiva, los efectos del recalentamiento del globo terráqueo… Los estadounidenses no teníamos ningunas ganas de saber la verdad, y vosotros habéis tenido la cortesía de no buscarla. ¡Ah! ¡Aquéllos sí que eran buenos tiempos!”.
La cobertura en la televisión del acto mostraba a un público con los rostros más serios imaginables, pero de vez en cuando era posible atisbar a alguien que, con los ojos como platos por el asombro, volvía la cara y se tapaba la boca para ahogar una carcajada. Cuando el acto hubo concluido, prácticamente todos los asistentes, republicanos, demócratas y miembros de los medios de comunicación por igual, coincidían en algo: Colbert había suspendido. Su mala educación era vergonzosa, y peores aún eran sus chistes, si es que eran chistes, porque no tenían ni pizca de gracia.

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