23/11/2008

Así nació la era Obama

Por Francisco Goldman
Traducción Gemma Deza para T&S
Cuando Barack Obama suba al poder el 20 de enero del 2009,se enfrentará al conjunto de circunstancias más adversas que haya afrontado ningún presidente estadounidense en los últimos
ochenta años. ¿Conseguirá sobreponerse con grandeza como ha hecho hasta ahora o se verá sobrepasado por los desafíos? ¿Encontrará un camino para hacer realidad su promesa
de lograr un nuevo tipo de política, que trascienda la dicotomía de la derecha frente a la izquierda? Su campaña electoral, al menos, resultó innovadora en tantos sentidos que sin duda ha cambiado para siempre la manera de hacer política en Estados Unidos.

Seguidores de Barack Obama celebran la victoria en Harlem, Nueva York

El tercer debate presidencial, celebrado el 15 de octubre, supuso la última oportunidad de McCain para inclinar la balanza de las elecciones a su favor. Lanzó toda la artillería contra Obama, con una furia agitada y encolerizada. Pero Obama resistió sus ataques con el mismo aplomo elegante e imperturbable que había desplegado durante toda la campaña; se limitó a ofrecer respuestas sosegadas y, sí, incluso profesionales a las preguntas políticas. Ahora bien, en este debate había también un nuevo elemento: Obama no dejaba de sonreír divertido, casi como un niño, como si esperara que en cualquier momento McCain admitiera su propio juego y exclamara: “¿No es una tontería estar aquí despotricando sobre Joe el Fontanero y si usted es o no socialista con todos los problemas reales que afronta el país?”.

Creo que fue esa noche cuando el país finalmente se volcó en masa a favor de Obama, como enormes placas tectónicas moviéndose bajo la corteza terrestre, orgulloso de su inteligencia, de su resistencia y de su temperamento, y agradecido por la alta consideración en la que nos tiene a todos, incluso por su amor hacia nosotros. “Te quiero”, habían gritado algunas personas a Obama mientras pronunciaba sus discursos en las elecciones primarias. Y él había contestado: “¡Y yo os quiero a vosotros!” antes de llegar a la parte en que aseguraba que nosotros éramos el cambio que habíamos estado esperando, momento en el cual la efervescencia se apoderaba ya de todos los presentes.

A la conclusión del debate, los expertos en televisión de la nación proclamaron de forma casi unánime la victoria de McCain. Perplejo, cambié de canal en canal, y en todos escuché lo mismo: McCain había sido quien había lanzado los ataques, Obama no. Obama incluso había desaprovechado una oportunidad fácil de desmontar a Sarah Palin, respondiendo a la pregunta del moderador con palabras educadas sobre la capacidad de ésta como gobernadora y el hecho de que eran los votantes quienes decidirían. ¿Cómo podía haber dejado pasar tal oportunidad? Sencillamente, porque la propia Sarah Palin ya se encargaba de irse desmontando un poco más cada día, y Estados Unidos lo sabía; no necesitaba que Obama se lo dijera, y los estadounidenses le agradecimos su educación y circunspección. ¿Es que atacar es el único modo de ganar un debate?

La primera ronda de encuestas y todas las realizadas entre los espectadores demostraban que los que habían visto el debate esa noche creían por una mayoría aplastante que Obama había vencido.

Durante los últimos 28 años de gobierno mayoritariamente republicano, esas voces en nuestros televisores y medios de comunicación más difundidos siempre estaban listas para frenar los debates del público en caso de que se volvieran demasiado serios o elevados; ellas eran quienes ponían la música de fondo. Y durante las últimas tres semanas de campaña, como era de prever, subieron el volumen de su coro. ¡La carrera era apretada! Los latinos no votarían a Obama porque no les gustan los negros. Los judíos no votarían a Obama por el regusto islámico de su nombre y porque temían que retirara su apoyo a Israel. Joe el Fontanero y Sarah Palin arrasarían con los votantes indecisos, sobre todo en los estados clave de Pensilvania y Ohio. También nos dijeron que debíamos preocuparnos por el llamado efecto Bradley, consistente, según parece, pues no se aportaron pruebas empíricas que lo demostraran, en que los votantes blancos normalmente aseguran a los entrevistadores que votarán a un candidato negro para no parecer racistas y luego votan lo contrario. A medida que el día de las elecciones se avecinaba, el país descubrió que las habituales campañas de difamación e intimidación, esas campañas destinadas a los votantes inmigrantes y normalmente efectuadas a través de llamadas automatizadas, habían regresado como una plaga.

Todos estábamos hechos un manojo de nervios y comprobábamos los datos de las encuestas publicados en internet al menos diez veces al día. Parecía que la mitad de la población de Nueva York estaba yendo a Pensilvania para transportar en sus coches a las ancianitas que querían votar a Obama hasta los colegios electorales. Yo recibí una lista que me enviaron desde la página web de Obama y telefoneé a votantes latinos de Colorado. “Soy ciudadana legal”, me gritó María al auricular, malinterpretando el cometido de mi llamada, “y tengo el derecho de votar y nadie me puede decir que no”. Es probable que hubiera recibido una de esas llamadas robotizadas que amenazan a los inmigrantes con deportarlos si votan.

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