23/11/2008

Así nació la era Obama

Por Francisco Goldman
Traducción Gemma Deza para T&S
Cuando Barack Obama suba al poder el 20 de enero del 2009,se enfrentará al conjunto de circunstancias más adversas que haya afrontado ningún presidente estadounidense en los últimos
ochenta años. ¿Conseguirá sobreponerse con grandeza como ha hecho hasta ahora o se verá sobrepasado por los desafíos? ¿Encontrará un camino para hacer realidad su promesa
de lograr un nuevo tipo de política, que trascienda la dicotomía de la derecha frente a la izquierda? Su campaña electoral, al menos, resultó innovadora en tantos sentidos que sin duda ha cambiado para siempre la manera de hacer política en Estados Unidos.

Obama en Omaha, Nebraska, en febrero pasado, en uno de los momentos cruciales de las primarias demócratas

A las doce y cuatro minutos del 5 de noviembre, millones de estadounidenses recibieron un correo de Obama: “Acabamos de hacer historia”


Por supuesto, todos saben qué ocurrió el 4 de noviembre. Obama arrasó en Pensilvania. Y luego lo hizo en Ohio, en Virginia y en Florida, estados que habían apoyado a Bush en las pasadas elecciones y donde la victoria aplastante de los demócratas hizo historia. Obama se anotó el 67% del voto hispano, mejorando con ello en unos 15 puntos el resultado que Kerry había logrado en las elecciones anteriores; obtuvo el 78% del voto judío, incrementando también la cifra de Kerry; el 62% del voto asiático, y el 44% del voto masculino blanco, un resultado superior al obtenido por ningún demócrata entre ese grupo demográfico desde Jimmy Carter.
Se trata de una noche especial se mire por donde se mire, una noche en la que un país cumplió por fin una promesa efectuada a sus ciudadanos hace 232 años y consagrada por vez primera en su carta fundacional.

A las doce y cuatro minutos de la madrugada del día 5 de noviembre recibí un correo electrónico en mi Blackberry, como hicieron otros muchos millones de personas. Era de Barack Obama y decía lo siguiente: “Francisco: Estoy a punto de dirigirme al Grant Park para hablar con quienes se han congregado allí, pero antes quería escribirte. Acabamos de hacer historia.”

Una de las imágenes inolvidables de esa noche, mientras Barack, su bella esposa y sus niñas salían al escenario, la ofreció el reverendo Jesse Jackson, el viejo caballo de batalla de los derechos civiles y antiguo candidato presidencial, llorando a lágrima viva en el Grant Park.
Recordé otra noche en la que había visto a Jackson en la televisión, la del 13 de diciembre del 2000, la noche en que Al Gore finalmente concedió la polémica presidencia a George W. Bush. Yo estaba en una mansión en la Quinta Avenida aquel día. Era la primera vez que me veía rodeado de tanto lujo. Una amiga, una anciana baronesa europea que dirige una residencia de escritores en la que me había hospedado aquel mismo otoño, me había solicitado que la acompañara a una fiesta para celebrar las Navidades. Los asistentes a aquella reunión eran en su mayoría personas de la clase privilegiada, blancos, anglosajones y protestantes, los llamados WASP, hombres de aspecto campechano, la mayoría vestidos con camisas a rayas y corbatas y chalecos navideños, sus esposas y un puñado de aristócratas europeos. Excepto por mí mismo, no parecía que hubiera ningún votante de Al Gore en aquella estancia. Cuando Jesse Jackson apareció en pantalla para decir algo, me desconcertaron los abucheos y los insultos despectivos que aquellos hombres multimillonarios dirigieron a la pantalla de la televisión contra el portavoz más destacado de los afroamericanos pobres que este país ha tenido desde Martin Luther King. 

Ocho años después, la noche de las elecciones vi imágenes de un niño afroamericano de unos diez años llorando de alegría. Me sobrecogieron. ¿Se imaginan lo que significa que un niño de diez años llore por unas elecciones presidenciales? ¿Cuán doloroso, temible y profundo debía ser el dolor que albergaba en su interior y que la victoria de Obama permitía aflorar ahora y desvanecerse? Imaginen la belleza del orgullo que lo debía estar llenando. Mi amigo Junot Díaz y otros han escrito sobre el odio de los negros hacia sí mismos, sobre sus dudas personales y la autodestrucción de la juventud como el legado más pernicioso del racismo. El escolar de hoy crece en un país distinto a aquel en el que había vivido hasta ahora. Esa extraordinaria sensación de lágrimas liberadoras derramadas es suya. Pero el país de la promesa redescubierta y renovada también es nuestro.

“Entramos por sorpresa, y es nuestro”, había aconsejado el general Colin Powell a Bush y sus asesores cuando planeaban la invasión de Iraq. Si conseguimos arreglar este país, también será nuestro. No es una ecuación fácil, pues hay que saldar las deudas del pasado, hacer frente a un complejísimo presente y preparar el futuro. Aún no sabemos qué significará todo esto y probablemente no lo sepamos en años. Cuando Barack Obama suba al poder el 20 de enero del 2009, se enfrentará al conjunto de circunstancias más adversas que haya afrontado ningún presidente estadounidense desde Franklin D. Roosevelt. ¿Conseguirá sobreponerse con grandeza como ha hecho hasta ahora o se verá sobrepasado por los desafíos? ¿Encontrará un camino para hacer realidad su promesa de adentrarnos en un nuevo tipo de política, un New Deal como hizo Roosevelt, una política que rechace y trascienda la dicotomía obsoleta e intelectualmente agotada de la derecha frente a la izquierda?

“Feliz año nuevo”, escuché gritar a la venerable rockera Patti Smith en el 2007 en su espectáculo en el Bowery Ballroom. “Pero, seamos sinceros, va a ser un año terrible”, añadió, antes de lanzarse en una enérgica diatriba contra Bush, y efectivamente, resultó ser un año nefasto.
Apuesto a que este Año Nuevo tendrá un motivo más para celebrarlo.

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