08/03/2009
Agua a vida o muerte
Texto de Lourdes Segade y Pilirani Semu-Banda
Fotos de Lourdes Segade
Para la mayoría de las mujeres en África, el agua es una cuestión de vida o muerte. Desde que tienen unos cinco años, la tradición impone que sean ellas quienes provean a la familia. Pero algunas mueren en la tarea. Para otras, es un freno a su escolarización. Y son muchas las que enferman. El agua, una bendición para muchos, se convierte para ellas en una especie de castigo

Agnes Wilson se dirige al agujero de donde saca agua tres veces al día, en Chinduzi, una zona rural de Machinga, en Malaui. Agnes camina cada vez un kilómetro y medio desde su casa al agujero, y vuelta. Un total de nueve kilómetros al día como mínimo.
ARRIESGAR LA VIDA POR EL AGUA.
En su mirada perdida se adivina el miedo mientras su padre, Simbwani, le pide con dulzura que enseñe las heridas. Ester deja que su madre le levante el vestido y, aún en el limbo, se resigna a tener que recordar. Sus heridas son la evidencia de que ser mujer en las zonas rurales de Malaui no resulta fácil. Y la prueba de que el río es a la vez fuente de vida, de dolor y de muerte. El 22 de marzo del 2008, día mundial del Agua, irónicamente, Ester Faison, de ocho años, se bañaba en el río Zambezi mientras su madre lavaba ropa en la orilla. Era una escena cotidiana, y sólo fue alterada por uno de los muchos cocodrilos que pueblan algunos ríos del país. Mientras jugaba, Ester sintió un dolor agudo en el cuerpo. Chilló. Su madre vio la cola de un cocodrilo alzarse sobre el agua y se dio cuenta de la gravedad del asunto. Alertado por los gritos, el animal soltó a su presa. Ester estuvo hospitalizada sólo una semana. Podría haber sido mortal: las heridas muestran que el animal le atenazó la pierna pocos centímetros por debajo de la arteria femoral en la ingle y a escasos milímetros de la entrada de la vagina. “Estamos asustados –dice Simbwani–, porque tenemos que regresar al río. En la zona no hay pozos, y el Zambezi es la única fuente de agua.”
En su mirada perdida se adivina el miedo mientras su padre, Simbwani, le pide con dulzura que enseñe las heridas. Ester deja que su madre le levante el vestido y, aún en el limbo, se resigna a tener que recordar. Sus heridas son la evidencia de que ser mujer en las zonas rurales de Malaui no resulta fácil. Y la prueba de que el río es a la vez fuente de vida, de dolor y de muerte. El 22 de marzo del 2008, día mundial del Agua, irónicamente, Ester Faison, de ocho años, se bañaba en el río Zambezi mientras su madre lavaba ropa en la orilla. Era una escena cotidiana, y sólo fue alterada por uno de los muchos cocodrilos que pueblan algunos ríos del país. Mientras jugaba, Ester sintió un dolor agudo en el cuerpo. Chilló. Su madre vio la cola de un cocodrilo alzarse sobre el agua y se dio cuenta de la gravedad del asunto. Alertado por los gritos, el animal soltó a su presa. Ester estuvo hospitalizada sólo una semana. Podría haber sido mortal: las heridas muestran que el animal le atenazó la pierna pocos centímetros por debajo de la arteria femoral en la ingle y a escasos milímetros de la entrada de la vagina. “Estamos asustados –dice Simbwani–, porque tenemos que regresar al río. En la zona no hay pozos, y el Zambezi es la única fuente de agua.”

Acompañantes de los pacientes cocinan en el hospital comunitario Nuestra Señora del Monte Carmelo. El 95% son mujeres.
El agua es un lujo escaso para las comunidades rurales de Malaui, que suman el 80% del total de 13 millones de habitantes. En este pequeño país, donde el 15% de la superficie está cubierto por el lago Malaui, se repite una situación común en todo África: en las zonas rurales, las niñas y las mujeres llegan a caminar 15 kilómetros hasta una fuente cercana y en cada viaje cargan unos 20 litros. El agua recogida se usa para el baño y las tareas domésticas. Agnes Wilson es una mujer de 50 años que vive en Chinduzi, una zona rural del distrito de Machinga. Agnes camina cada día al menos nueve kilómetros para ir a por agua y llevarla a su hogar. La saca de un agujero cavado en la tierra y el primer viaje lo hace antes del amanecer. La zona de Chinduzi está bañada por el río Shire, el más largo del país, con 402 kilómetros de longitud. La mayoría de la gente de sus riberas tiene en él su fuente de vida: pescadores, transportistas fluviales, agricultores y las mujeres que usan su agua. Muchas ya no lo hacen por miedo, como Agnes. En 1999, mientras sacaba agua del río, un cocodrilo le mordió el brazo y sentenció su vida. Sufrió tres operaciones hasta que pudieron fijarle la mano. Desde entonces es discapacitada. Y lo mismo cuenta Cecilia Stefano, de 52 años, que pasó tres años en un hospital tras ser atacada por un cocodrilo en el río Likweno cuando tenía 13 años. Un cirujano salvó su dignidad al decidir reconstruir su pie con carne de su nalga en vez de amputárselo.
El jefe Sifa Kado, que gobierna la aldea de su mismo nombre, nos conduce al cementerio y nos muestra la tumba de Stelia Nkumba, enterrada en el 2006, víctima a los 28 años del ataque de un cocodrilo en el Shire. No hay cifras oficiales, pero sólo en la zona de Chinduzi, en el 2006, hubo diez casos de ataques a mujeres, según explica el señor Alanyanga, miembro del comité del Programa de Agua Alimentada por la Gravedad. Este programa, puesto en marcha por Water Aid, ha distribuido en Chinduzi 34 grifos para unas 20.000 personas. Pero el sistema utilizado, que recoge agua de un río a 30 kilómetros, no garantiza el suministro continuo de agua potable, por falta de presión o porque las lluvias estropean las tuberías. Queda mucho por hacer. Todavía hay mujeres que van al río o que cavan agujeros en el suelo para sacar agua. Saben que estas alternativas no garantizan su salud. El programa conjunto de Monitorización para el
Suministro de Agua y Saneamiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef estima que más de 1.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a una fuente fiable de agua (una de cada seis personas), y más de 2.500 millones no pueden acceder a saneamientos mejorados. De estos últimos, aproximadamente el 27% son africanos.
El jefe Sifa Kado, que gobierna la aldea de su mismo nombre, nos conduce al cementerio y nos muestra la tumba de Stelia Nkumba, enterrada en el 2006, víctima a los 28 años del ataque de un cocodrilo en el Shire. No hay cifras oficiales, pero sólo en la zona de Chinduzi, en el 2006, hubo diez casos de ataques a mujeres, según explica el señor Alanyanga, miembro del comité del Programa de Agua Alimentada por la Gravedad. Este programa, puesto en marcha por Water Aid, ha distribuido en Chinduzi 34 grifos para unas 20.000 personas. Pero el sistema utilizado, que recoge agua de un río a 30 kilómetros, no garantiza el suministro continuo de agua potable, por falta de presión o porque las lluvias estropean las tuberías. Queda mucho por hacer. Todavía hay mujeres que van al río o que cavan agujeros en el suelo para sacar agua. Saben que estas alternativas no garantizan su salud. El programa conjunto de Monitorización para el
Suministro de Agua y Saneamiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef estima que más de 1.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a una fuente fiable de agua (una de cada seis personas), y más de 2.500 millones no pueden acceder a saneamientos mejorados. De estos últimos, aproximadamente el 27% son africanos.

Loda Gundula, de 14 años, friega los platos delante de su casa. Loda combina sus tareas domésticas con los estudios.
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